¿Una Europa alemana?, ¡Nein, danke! - por Joaquín Rábago


 

¿Una Europa alemana?, ¡Nein, danke!

Joaquín Rábago

Siempre fui un admirador de la lengua y la cultura alemanas. Estudié el idioma en el Instituto Alemán de Madrid, que era en mi juventud una institución más bien liberal en comparación con lo que había alrededor.

COLEGIO ALEMÁN MADRID, CIRCA 1930 Foto: Otto Wunderlich

Me interesó siempre la literatura en esa lengua, y no sólo la clásica o romántica de Goethe, Schiller, E.T.A. Hoffman, Novalis o los hermanos Grimm. 

También la del siglo XX, la de Thomas y Heinrich Mann, Döblin, Hermann Hesse, por supuesto Bertolt Brecht, del que traduje algunos poemas y relatos cortos para la editorial Alianza.

Y claro está,  la de otros escritores no alemanes pero que se expresaron en alemán, desde Kafka o Robert Musil hasta Thomas Bernhard o Peter Handke. Hay muchísimo donde elegir.

Por supuesto, admiré también a sus filósofos y científicos desde Alexander y Wilhelm von Humboldt, Kant, Hegel o Marx  hasta Einstein y los numerosos premios Nobel de física, medicina y química del siglo XX como Robert Koch  Heisenberg u Otto Hahn.

Alemania fue además el primer país en el que trabajé como corresponsal de la agencia EFE: iba a hacerlo para la agencia alemana DPA en Hamburgo, pero mi ex colega del semanario Triunfo Antonio Javaloyes me ofreció quedarme en Bonn, que era entonces la capital de la RFA.

TRIUNFO

Tuve ocasión de cubrir entonces las grandes  manifestaciones pacifistas contra el rearme de la OTAN en las que los Verdes de Petra Kelly y el ex general Gert Bastian tenían un papel protagonista.

GERT BASTIAN Y PETRA KELLY Y UNA MANIFESTACIÓN CONTRA OTAN EN BONN, AÑOS 80

Admiré la llamada “Erinnerungskultur” (cultura del recuerdo), especie de memoria colectiva por la que el pueblo alemán se consideraba responsable de los crímenes del Holocausto y de la represión de los disidentes y se comprometía a que no volviera a suceder. 

MEMORIAL DEL HOLOCAUSTO, BERLIN

Trabajé luego de corresponsal en otros países, desde Estados Unidos hasta Suiza, el Reino Unido, Austria  y los de Europa central y del Este,  y regresé años después a Berlín para encontrarme una Alemania que había cambiado profundamente.

Y no me refiero ya, por ejemplo, al aumento de la pobreza o al estado de algunas de sus infraestructuras o al hecho, por ejemplo, de que los trenes ya no llegasen siempre como antes  a su hora, sino sobre todo a su política.

Los socialdemócratas se habían derechizado a partir sobre todo del canciller Gerhard Schröder, compinche del británico Tony Blair, y los Verdes habían trocado el verde de la naturaleza por el caqui militar. 

Los alemanes parecían haberse olvidado ya del último presidente de la URSS, Mijail Gorbachov, a quien, sin embargo, debían la llamada “reunificación”, que fue más bien absorción de la parte más pobre, la comunista,  por la capitalista. 

Y como señala con sarcasmo el ex dirigente socialdemócrata de la vieja escuela Oskar Lafontaine, muchos de sus compatriotas parecen recordar a Gorbachov sólo como una marca de vodka.

VODKA GORBATSCHOW

Mientras tanto ha surgido con fuerza, alimentada por el incremento de la inmigración procedente de los países destruidos por las guerras de EEUU en Oriente Medio,  la ultraderecha populista de  Alternativa para Alemania.

Con la guerra “ilegal” de Ucrania,  como remachan diariamente todos los telediarios, la vieja rusofobia ha retornado si es que había desaparecido alguna vez.

 “Rusia será siempre nuestro enemigo”, ha dicho, por ejemplo, Johann Vadephul, ministro de Exteriores del Gobierno del cristianodemócrata Friedrich Merz.

Y la “cultura del recuerdo”, que muchos tanto habíamos admirado, sólo sirve ahora para defender y justificar al Gobierno genocida de Benjamín Netanyahu con el hipócrita argumento de que “la seguridad de Israel es razón de Estado alemana”.

Alemania ha aceptado mientras tanto sin rechistar que Estados Unidos o un comando ucraniano -su autoría sigue siendo secreto de Estado- destruyese el gasoducto por el que llegaba la energía barata rusa al país.

Agitando continuamente el espantajo del imperialismo ruso, el nuevo canciller cristianodemócrata quiere con ayuda de su ministro socialdemócrata de Defensa, Boris Pistorius, convertir otra vez al ejército alemán en el más poderoso de Europa, hasta con el arma atómica, a la que incluso aspira la derecha.

Una cristianodemócrata también  alemana, Ursula von der Leyen, está mientras tanto al frente de la Comisión Europea y abusando del cargo, acumula siempre más poder. Y un alemán, Manfred Weber, que no pudo en su día presidir la Comisión, lidera el Partido Popular Europeo.

A Von der Leyen se debe además sobre todo el nombramiento al frente de la Política Exterior y de Seguridad Europea  de la ex primer ministra de un pequeño país del Este, la estonia Kaja Kallas cuyo único mérito parece ser su profunda rusofobia.

Y mientras Berlín acusa a la Rusia de Putin de querer reconstruir el viejo imperio soviético y amenazar a toda Europa, uno sólo ve un movimiento en la dirección contraria en la ampliación de la OTAN a los países del antiguo Pacto de Varsovia.

OTAN

¿Tenemos pues por delante una nueva Europa bajo dirección alemana? ¡Nein Danke!

JOAQUÍN RÁBAGO