Europa dio un respiro con la derrota de la “mosca cojonera” del Danubio - por Joaquín Rábago
Europa dio un respiro con la derrota de la “mosca cojonera” del Danubio
Joaquín Rábago
La Europa que presume de “liberal” dio el pasado domingo un profundo respiro con la derrota de su particular “mosca cojonera”, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, tras dieciséis años ininterrumpidos en el poder.
Habrá que esperar a ver si ese cambio al frente del Gobierno representa una nueva política de Budapest en relación con Rusia pues la aproximación de Orbán a Vladimir Putin parecía preocupar en Bruselas al menos tanto como la rampante corrupción y su clara deriva autocrática.
El triunfador de las elecciones y favorito de Bruselas, Péter Magyar, fue durante años colaborador de Orbán en su ultranacionalista y populista Unión Cívica Húngara (Fidesz) hasta separarse de él y fundar su propio grupo político, el Partido Respeto y Libertad (Tisza).
Con su triunfo arrollador del domingo, sólo hay en el Parlamento de Budapest partidos de centroderecha, el ahora mayoritario Tisza, derecha autoritaria y populista, Fidesz, y de extrema derecha, el minúsculo MHM, Movimiento Húngaro Nuestra Patria.
La izquierda renunció a presentar candidato propio y llamó al voto contra Orbán.
No deja de ser en cualquier caso significativo, al menos observado desde Berlín, que la pérdida del poder del autócrata Orbán la interpreten los siempre rusófobos políticos y medios germanos sobre todo como una bofetada al Kremlin.
Tanto el canciller federal, el cristianodemócrata Friedrich Merz, como el vicecanciller socialdemócrata, Lars Klingbeil, coincidieron en que los resultados electorales representan una clara derrota para Putin y cuantos, en la palabras del segundo, “quieren destruir la democracia en Europa”.
Y ello sin que a ninguno de los dos se le ocurriese mencionar el hecho de que quien más se inmiscuyó sobre todo en el último momento en la campaña electoral húngara a favor de Orbán fue el Gobierno de Donald Trump.
El vicepresidente DJ Vance incluso viajó a Budapest para participar en un acto de apoyo a Orbán en el momento por cierto más inoportuno, dada la impopularidad en toda Europa de la guerra ilegal de Estados Unidos e Israel contra Irán.
El dueño de Tesla, SpaceX y hombre más rico del mundo, Elon Musk, escribió en la red social X a propósito del resultado electoral que habían ganado los millones de George Soros, en clara alusiòn al apoyo de las oenegés del multimillonario húngaro-estadounidense al partido de Péter Magyar.
Lo que ha indignado siempre en Bruselas, al margen de su secuestro de las instituciones o el control creciente de los medios, ha sido el deseo de Orbán de acabar con el aislamiento diplomático y comercial de Rusia, en el que el político húngaro veía la causa principal del suicidio industrial del continente.
Su insistente bloqueo del crédito de 90.000 millones de euros prometidos a Ucrania para que este país pueda continuar al menos dos años más su guerra con Rusia provocaba auténtica irritación en la capital comunitaria y hacía que muchos hablaran de sustituir el actual sistema de toma decisiones por unanimidad por uno nuevo de mayoría cualificada.
Que el veto de Orbán a ese crédito fuese sobre todo una reacción a la negativa de Kiev a reparar el oleoducto Druzhba por el que el petróleo barato ruso llegaba antes libremente a Hungría y Eslovaquia no parecía importar en Bruselas.
En la capital comunitaria se espera ahora de Magyar una clara señal a favor del fin de esa política obstruccionista, lo que será oportunamente recompensado con el desbloqueo de los fondos europeos para Hungría, hasta ahora retenidos por Bruselas.
Lo que es difícil que cambie es lo que un diario alemán de izquierdas califica de “situación neocolonial” en ese país centroeuropeo de menos de diez millones de habitantes, de los que unos 150.000 trabajan para el sector del automóvil, incluido el de sus componentes, sobre todo para la industria alemana.
Lo cual se explica por el bajo coste de la mano de obra: el salario mínimo equivale a menos de 900 euros mientras que el salario medio es de en torno a los 1.500 euros.
Un país pues de bajos salarios en comparaciòn con Alemania, que además prácticamente no han subido en los dieciséis años que llevaba Orbán en el poder, y donde los jóvenes no pueden permitirse el acceso a una vivienda porque los precios se han disparado en cambio en un 360 por ciento en ese mismo período.