Europa se lava las manos - por Joaquín Rábago
Europa se lava las manos
Joaquín Rábago
“Homo sum: humani nihil a me alienum puto”
Publio Terencio Africano
“Esta no es la guerra de Europa”, dice la Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y vicepresidenta de la Comisión, Kaja Kallas. “Esta no es nuestra guerra”, repiten uno tras otro los líderes europeos.
Alguno como el laborista Keir Starmer, cuyo país no forma parte de la UE, sin duda presionado por Donald Trump, ha querido, no obstante, desmarcarse y autoriza a Estados Unidos utilizar dos de sus bases para su operación militar ilegal contra Irán.
Los demás se lavan las manos como Poncio Pilato. Pero ¿es cierto que esa criminal operación lanzada por los sionistas a ambos lados del Atlántico no tiene nada que ver con Europa?
¿Quién si no los europeos -británicos y franceses- se repartieron mediante un pacto secreto en 1916 – el llamado acuerdo Sykes-Picot- los territorios árabes del colapsado Imperio Otomano para establecer allí sus respectivas zonas de influencia sin tener en cuenta para nada a los pueblos que allí vivían?
¿Quién si no Lawrence de Arabia había traicionado antes a los árabes, fingiendo luchar por su libertad frente a los turcos, para luego dejarlos caer como una patata caliente por el interés estratégico del país al que había servido lealmente como coronel y espía?
Lo contó él mismo en su famosa obra autobiográfica “Los Siete Pilares de la Sabiduría”, y aquella traición iba a remorderle al parecer el resto de su vida, como él mismo reconoció en un capítulo del libro que, aconsejado por el dramaturgo irlandés George Bernard Shaw, terminó eliminando.
¿Quién si no aquellas potencias coloniales fragmentaron artificialmente el mundo árabe y nombraron para que gobernaran a sus pueblos a los líderes locales de los que sabían que iban a servir mejor a sus intereses tanto económicos como geopolíticos?
¿Quién si no el Reino Unido decidió ofrecer Palestina, que seguía bajo su mandato, para que, como si fuera aquélla una tierra sin pueblo, como si allí no hubieran estado viviendo los árabes desde tiempos ancestrales, establecer en 1948 mediante una resolución de la ONU el primer Estado sionista, hogar común de todos los judíos del mundo?
¿Quiénes si no los europeos y más tarde también los estadounidenses, el nuevo imperio, han mantenido en el poder a unos regímenes feudales y despóticos mientras financiaban golpes de Estado contra líderes nacionalistas como el primer ministro iraní Mohammad Mosadeqq para reemplazarlos por sus títeres?
¿Quiénes si no unos y otros han tolerado durante décadas el genocidio por los sucesivos gobiernos israelíes del pueblo palestino o sus continuos bombardeos e incursiones en los países vecinos como el Líbano?
No, imposible lavarse las manos como hace también Alemania, sin cuyo plan criminal de exterminio de los judíos europeos durante los años treinta del siglo pasado, hoy tal vez no tendríamos la pesadilla israelí.
Pero al margen de todos esos antecedentes históricos, que nos hace responsables como europeos, hay algo que nos concierne en lo más profundo como seres morales, como humanos.
Como escribió el comediógrafo romano Publio Terencio Afro, “soy humano y nada de lo humano me es ajeno”.
Con independencia de que no esté lógicamente en nuestro poder parar militarmente a Estados Unidos, no bastan ya simples y tantas veces hipócritas condenas verbales.
¿Para qué se crearon precisamente en Europa organismos como el Tribunal Penal Internacional? ¿Sólo para juzgar a tiranuelos africanos o algún genocida de los Balcanes?
Sí, está la decisión de La Haya de emitir una orden de detención contra el genocida primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, por crímenes de guerra y de la que éste por cierto continuamente se burla.
Pero, aunque un gesto así tuviese por desgracia solo carácter simbólico, ¿por qué no pedir lo mismo para Donald Trump y el jefe del Pentágono, Pete Hegseth, responsables de tantos crímenes de guerra y lesa humanidad en esa y otras partes del mundo?