Franquista, machista, infiel, ególatra y defraudador: las memorias de un rey no tan campechano - por Juan Oliver
Antonio Aguado, coherente veterano socialista, exmilitante del PSOE, destaca este artículo
Franquista, machista, infiel, ególatra y defraudador: las memorias de un rey no tan campechano
Juan Oliver
PÚBLICO
En 1954, cuando tenía 16 años y llevaba casi seis viviendo al amparo de Franco para ganarse su favor, Juan Carlos de Borbón asistió a una feria de tecnología organizada por el antiguo Instituto Nacional de Industria. Un amigo íntimo y él se quedaron embobados ante un modelo prodigioso de la marca Pegaso que presumía de alcanzar los 200 kilómetros por hora. Informado de la identidad del joven visitante y de su proximidad al dictador, el director de la empresa se apresuró a ofrecérselo de inmediato como regalo. "Yo estaba loco de alegría y agradecimiento. La conducción y la velocidad son una de mis pasiones", cuenta en las memorias que acaba de publicar en español. "Por desgracia, el duque de la Torre [su tutor entonces] se opuso firmemente (...) Salí de la feria frustrado y resignado con un prototipo de máquina de escribir que el duque me animó a elegir (...) Nunca usé aquella máquina".
Que se sepa, desde aquella feria hasta ahora, siempre que el exmonarca ha podido elegir, ha preferido los coches a la escritura. Incluso en Abu Dabi, a donde se fugó hace más de cinco años huyendo de sus escándalos fiscales y de faldas, y donde sus memorias (Reconciliación, Editorial Planeta) las ha redactado la periodista Laurence Debray, su actual biógrafa. Allí, en una exclusiva villa frente al mar en una isla privada, Juan Carlos ya no conduce, pero sigue recibiendo regalos, como, según confiesa en el libro, ha hecho toda su vida. Y eso que se define como un hombre sencillo y natural, campechano; que huye del boato y del lujo; que añora a su familia, especialmente a su mujer; que ama a su patria, por la que daría la vida, y a la democracia, por la que también, y que se siente injustamente expatriado al final de su existencia por haber hecho lo que, según él, los reyes han hecho siempre: aceptar regalos.
En realidad, la supuesta confesión a la que Juan Carlos de Borbón se somete con Debray –hija de Regis Debrais, un filósofo de izquierdas– nos desvela a un franquista irredento, ególatra, machista y vividor empedernido, mentiroso, superficial y sobre todo muy, muy infiel. Con su familia y especialmente con su mujer, a la que confiesa haber engañado en repetidas ocasiones –"deslices sentimentales", en su lenguaje–; pero también con su país, con sus instituciones y con sus ciudadanos y ciudadanas, a las que ha intentado hurtar millones en impuestos y a las que escondió la existencia de una fortuna engordada mediante dádivas de dudoso origen. Ni para lo uno ni para lo otro muestra arrepentimiento alguno, ni ofrece explicaciones en estas memorias, en las que, al contrario, se atreve incluso a mostrarse ultrajado. Como pretendiendo que se puede ser a la vez franquista y demócrata; traidor y justiciero; solidario y defraudador; caballero y machirulo; austero y derrochador... A veces, recuerda a un señorito adinerado y malcriado que se enrabieta y monta una escena cuando no le compran el coche que acaba de ver en un escaparate.
Dos guepardos, dos Ferrari y un chimpancé
"Me crie en un mundo donde el dinero fluía de una forma más sencilla, donde las donaciones y los regalos para mantener a nuestra familia eran lo habitual", narra, admitiendo sin sonrojo que tenía fuera de España, en una cuenta en un banco suizo, 100 millones de dólares fruto de "una donación generosa, regalo del difunto rey de Arabia Saudí, Abdalá", que se le hizo no a él, sino a "la familia real española". La obtuvo justo en la época en que su mediación logró que un grupo de empresas construyera el AVE en ese país, pero asegura que no pudo negarse a recibirla porque en los países árabes "rechazar un regalo se consideraría una ofensa". Ya le había sucedido otras veces, asegura: "En 2011, el jeque Mohamed bin Zayed, de los Emiratos Árabes Unidos, nos regaló a mi hijo y a mí dos coches Ferrari (...) Patrimonio Nacional se opuso y los sacó a la venta prácticamente nuevos (...) El príncipe heredero emiratí vivió esa operación como una afrenta".
Juan Carlos ya aceptaba regalos de todo tipo desde joven, cuando se criaba a las órdenes de Franco y seguía su adiestramiento militar. "Un día, un piloto de Iberia que volaba a Senegal me regaló una cría de chimpancé que me seguía por la Academia del Aire". Jugó con el pobre animal hasta que se licenció y lo dejó en manos del médico de la escuela. Luego tuvo dos guepardos: uno, regalo del emperador de Etiopía, Haile Selassie, que "murió de una indigestión de pájaros (sic)", y otro, de una hermana del sha de Persia. "Un día que lo paseaba por los jardines de la Zarzuela, pasó mi hijo Felipe al volante de su kart y el guepardo saltó hacia él sin que yo pudiera hacer nada. Se quedó todo en un susto”, explica aliviado. Años después de sobrevivir a aquel ataque, y ya como Felipe VI, su hijo acabaría renunciando a su herencia. Entonces, él se fugó a Abu Dabi, donde no paga impuestos.
Juan Carlos de Borbón y su hijo Felipe, en 2007 en Madrid José Oliva / Europa Press
"No busco destinos lujosos", cuenta ahora desde su isla frente a la capital de Emiratos, en la casa que le buscaron sus anfitriones emiratíes y que considera un hogar digno pero austero, con su piscina, su gimnasio particular, sus tres olivos milenarios, un loro con los colores de España en la cresta y su tele de dos por tres metros "para ver los acontecimientos deportivos". "Yo la llamo the wall [el muro]", afirma jocoso, pero sin desvelar si se trató también de un regalo. Sí lo fue la mansión La Mareta, que le regaló Huséin de Jordania en 1989, y que acabó entregando a Patrimonio Nacional para saldar otra deuda: "Hacienda me pedía una cantidad de dinero para conservar la propiedad de la que yo no disponía", sostiene. "Quienes pasan hoy allí las vacaciones son los presidentes del Gobierno, algunos de los cuales no dejan de criticarme", se lamenta.
Gracias a Juan Oliver y PÚBLICO y a la colaboración de Antonio Aguado
