Guerra en Irán: una señal para Europa - por Gianni Petrosillo
Guerra en Irán: una señal para Europa.
Gianni Petrosillo
SOVEREIGNTY
Traduccción de Carlos X. Blanco
Empecemos con una primera consideración esencial: ¿cómo podríamos resumir en pocas palabras la agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán? Por ejemplo, quos vult Iuppiter perder, dementat prius. Los latinos decían que Dios ciega a quienes quiere perder. Sin embargo, no podemos creer que los estadounidenses e israelíes ignoraran que Irán ya no es el país que fue hace tanto tiempo, ciertamente valiente y resistente incluso en la época del conflicto con Irak, pero entonces incapaz de hacer frente a la principal superpotencia mundial y su principal aliado en Oriente Medio. En aquellos días, de hecho, pero hoy lo parece.
Sin embargo, quienes hemos estudiado los libros de la gran escuela realista italiana, desde Maquiavelo hasta Mosca, Pareto y Michels, no caemos en la trampa de la locura o la imprudencia al hablar de Trump (EE. UU.) e Israel (Netanyahu), que no solo cuentan con ejércitos preparados, sino también con eficientes sistemas de inteligencia. Al menos, no aceptamos esta idea, porque el poder, o la falta de él, se basa en individuos y sus decisiones, pero siempre es un proceso que se desarrolla independientemente de sus sujetos subjetivos, y ciertas decisiones no dependen del estado de ánimo de unos pocos individuos, aunque se trate de pequeños grupos que se responsabilizan de las elecciones.
Una posible razón podría ser lo que Maquiavelo describe: las batallas suelen iniciarse para poner a prueba el verdadero potencial de los enemigos y prepararse para la guerra real, aunque no sea inminente. Si bien existía cierta perplejidad sobre la verdadera magnitud de Irán, ahora Estados Unidos e Israel saben que se trata de una potencia regional capaz de defenderse eficazmente, hasta el punto de haber atacado bases estadounidenses en el Golfo.
Irán está plantando cara a los israelíes y estadounidenses, casi con toda seguridad con la ayuda de los chinos y los rusos, de hecho, diría que sin duda alguna, y ahora los agresores saben que tendrán que cambiar su estrategia para preservar su hegemonía en Oriente Medio. El enfoque estadounidense también tendrá que cambiar, tanto hacia Israel, porque un solo ejército ya no basta para mantener el control de la zona, como hacia las petromonarquías, que sentirán el peso de la inseguridad tras los ataques sufridos.
Ni siquiera ingenuamente crean que Estados Unidos se embarcó en lo que ahora puede definirse como una desventura bélica porque fue arrastrado por los israelíes. Esto también es un cliché: nunca es la cola la que mueve al perro, aunque el perro puede seguir la cola si le interesa. Digamos que las presiones de los grupos de presión israelíes influyeron, pero esto sin duda está subordinado a los objetivos de los estadounidenses, quienes consideran esencial contener la zona y disputar la hegemonía con potencias que están alcanzando su nivel. Esto refleja, en este momento, la escalada de la multipolaridad debido al relativo declive estadounidense, que deja al descubierto algunos frentes sensibles.
A medida que las llamadas potencias revisionistas, los principales polos que por el momento señalamos en China y Rusia (pero detrás de estas también crece India junto con otras naciones en busca de protagonismo en otras áreas), continúen fortaleciéndose en detrimento de los estadounidenses, incluso cuando les convenga alcanzar pactos temporales, estos conflictos crecerán sobre todo para los países interpuestos y en los cuadrantes geopolíticos donde Estados Unidos tiene mayor presencia, mientras que el continente americano seguirá siendo un espacio estratégicamente más protegido y difícil de penetrar por los rivales, como si se tratara del puente dorado que se dejará al enemigo que algún día se retirará del mundo.
La inestabilidad en Oriente Medio pronto podría extenderse a los países mediterráneos que hoy se sienten seguros, algunos por ser miembros de la UE, y persistirá hasta que estas potencias, tras consolidar su posición y acumular proyección estratégica, lleguen a un enfrentamiento directo. Pero esto aún llevará tiempo.
A modo de aclaración, el control de Oriente Medio no se reduce únicamente a los estrechos por donde transitan los barcos petroleros, ni a la economía en sí misma. A menudo, las cuestiones hegemónicas se interpretan de forma demasiado simplista, reduciéndolas a una mera cuestión de dinero y negocios. En este caso, la economía no es lo fundamental, aunque sigue siendo importante. Más bien, las crisis que se derivan y se derivarán de estos escenarios ocultan aspectos mucho más sustanciales. Es la pérdida de poder del centro regulador (EE. UU.) la que genera los efectos económicos negativos, y no al revés.
Olvidamos algunos episodios de la historia que conviene recordar. Aquí resumiré las tesis de mi maestro, el economista Gianfranco La Grassa, fallecido recientemente. Tomemos como ejemplo el llamado gran estancamiento de finales del siglo XIX. Aquella situación fue consecuencia de una descoordinación geopolítica que repercutió en la economía y que posteriormente desembocaría en los grandes conflictos del siglo XX. Incluso entonces, hubo países que crecieron económicamente a costa del declive de muchos otros, pero a un ritmo mucho menor que en los treinta años anteriores.
Y nos encontrábamos en plena segunda revolución industrial: la electricidad, la química, especialmente en Alemania, y, un poco más tarde, el motor de combustión interna que dio vida a ese sector que posteriormente formó parte de la llamada metalurgia, creadora de la mayoría de los vehículos de guerra utilizados en las guerras del siglo XX, en la que se desarrolló la organización del trabajo que pasó a la historia como taylorismo-fordismo, que algunos teóricos e historiadores consideraron, y es historia más reciente, la principal causa de la victoria de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.
Estas tesis, siempre simplistas, del tipo de las más recientes obsesionadas con la omnipotencia de las finanzas, confunden, entre otras cosas, lo que fue correctamente considerado, por ejemplo, hace un siglo por Hilferding y Lenin, el entrelazamiento, la "simbiosis" para Lenin, entre la banca y la industria, con el simple capital en forma líquida o fácilmente transformable de esta manera.
Volviendo a aquella crisis más lejana, recordemos que incluso entonces el intenso desarrollo tecnológico (hoy pensamos en las nuevas fronteras que abrió la IA, pero no solo en ellas) generó serias dificultades en el empleo de la mano de obra y dejó obsoletas muchas habilidades laborales, ya fuertemente invertidas e incluso aniquiladas por la primera revolución industrial (1760-1830/40), con la consiguiente destrucción del saber artesanal aún vigente en la manufactura, a pesar de que esta ya era capitalista. Las crisis económicas, típicas del modo de producción capitalista, tan distintas de las hambrunas de formas de sociedad anteriores, son siempre, de diversas maneras, síntoma y efecto de la eterna lucha, más o menos aguda, por las esferas de influencia.
La Grassa sugirió no olvidar esta información histórica fundamental, de lo contrario no entenderíamos la inevitabilidad del recrudecimiento de los conflictos, extremadamente confusos y con continuos cambios de alianzas, una consecuencia típica de la lenta afirmación de otras potencias que imposibilitan una regulación relativa del sistema global por parte de una potencia predominante.
Y concluyó que no habrá más regulación hasta el próximo enfrentamiento decisivo, aún no muy cercano, por una nueva supremacía. Y probablemente esto es lo que estamos presenciando, aunque todavía no en toda su magnitud. Si queremos establecer comparaciones, podríamos decir que hoy nos encontramos cerca de una situación similar a la de principios del siglo XX: ya hemos experimentado agudas crisis financieras como la de 2006-2008, que se descargaron sobre la economía real, luego fases de pequeñas recuperaciones y después más recaídas, sin haber salido nunca realmente de las dificultades económicas globales.
Estas son las señales de que nos acercamos a problemas mucho más serios que podrían estallar en los próximos años a nivel militar y, por ende, geopolítico. Y no olvidemos que entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial también se produjo la Gran Depresión de 1929, consecuencia de un conflicto por la supremacía que no se había resuelto entre 1914 y 1918, y que requirió una segunda guerra, aún más trágica, entre 1939 y 1945 para que realmente se reactivara. Esto llevó a Churchill a hablar de una sola guerra en dos etapas, que culminaría con la victoria de solo dos potencias que dividieran el mundo: Estados Unidos y la URSS, con el ocaso de Inglaterra, que había sido el eje de los equilibrios anteriores.
Será la resolución de la situación actual la que dé lugar a un nuevo equilibrio mundial, pero solo después de que el verdadero equilibrio de fuerzas sobre el terreno se haya definido mediante una o varias guerras por la supremacía. Entonces podrá nacer un nuevo centro de estabilización que, además, instaurará el orden económico e impondrá nuevas normas para todos.
No olvidemos tampoco que Oriente Medio es una región clave entre Europa, Asia y África. Si en Asia abundan los potenciales competidores de Estados Unidos (aunque mantengan vínculos y buenas relaciones con Washington), si en África chinos y rusos siembran el caos y extienden sus tentáculos, Europa es, en cambio, la zona que Estados Unidos domina con mayor firmeza y que probablemente representa uno de los espacios decisivos en los que defenderá su hegemonía, por muy modificada que resulte tras las próximas guerras.
Y aquí llegamos a la OTAN, la estructura mediante la cual Estados Unidos ejerce su influencia militar en Europa. No se puede escapar de las jaulas desde dentro salvo derribándolas; las jaulas están cerradas, y el dueño las abre cuando necesita algo, sobre todo si se trata de exprimir recursos en tiempos de dificultad. La OTAN es esa jaula para Europa y, por lo tanto, no desaparecerá si no es por orden de Estados Unidos, o bien podría transformarse en algo que los estadounidenses consideren más útil en la presente coyuntura histórica. Europa, tal como está hoy, solo puede sufrir las consecuencias de cualquier decisión externa.
La gran mayoría de los miembros de la OTAN se encuentran en Europa. Una parte sustancial de los miembros de la UE pertenece a la OTAN. Como se desprende de la documentación histórica, la integración europea se desarrolló por impulso estadounidense en el marco de la estrategia de contención de la URSS, y tras el colapso de esta última, los objetivos geopolíticos estadounidenses cambiaron de forma y nombre, aunque sin desaparecer. El propósito de la OTAN, al igual que el de Estados Unidos, siempre es el mismo: «mantener a los estadounidenses dentro, a los rusos fuera y a los alemanes a raya».
Las bases de la OTAN en Europa, a las que se suman las bases estadounidenses, especialmente en Alemania y en mi país, Italia, forman parte de un entramado militar construido tras la Segunda Guerra Mundial y posteriormente ampliado, con nuevas instalaciones también en los países del antiguo Pacto de Varsovia y en los Balcanes, como Kosovo, entre otros, tras la desintegración de la Unión Soviética. De este modo, Estados Unidos ha consolidado una amplia presencia militar en el continente que denominamos alianza atlántica, pero que en realidad no es una alianza. Si quisiéramos llamar a las cosas por su nombre, tendríamos que hablar de una forma de ocupación amparada en la ideología.
Cuando Trump les dice a los europeos que deben hacer más por la OTAN, no les está pidiendo, les está ordenando que lo hagan y, en buen sentido, si no es solo una bravuconada al estilo Trump sino una petición real que viene del Estado estadounidense, los líderes europeos solo pueden ceder sin quejarse demasiado. La OTAN, en cierto modo, mutatis mutandis, no funciona de manera diferente a la mafia, no es fácil entrar y salir por su cuenta. Pensemos en Ucrania y el precio que está pagando por estar incluida. Salir de ella, hoy, sería aún peor. Un caso particular fue el de la Francia de De Gaulle, que en 1966 abandonó la estructura militar integrada, solo para reingresar décadas después con Sarkozy como presidente. Pero esa fue una historia completamente diferente y fue posible en un contexto de bipolaridad y el pie que Rusia ya tenía en Alemania Oriental, se trataba de no complicar un panorama ya difícil asegurándose de que París no se moviera hacia el este con algunas concesiones observadas muy de cerca.
Abandonar la OTAN puede ser, por lo tanto, un gran riesgo, no porque te expongas a enemigos, sino porque Estados Unidos llevaría a cabo diversas maniobras para evitarlo, desde las más sutiles hasta las más coercitivas, incluyendo golpes de Estado, revoluciones de colores e incluso agresión militar. Así, la OTAN, firmemente liderada por los estadounidenses más allá del formalismo, impone opciones difíciles de rechazar para los aliados. Como diría Don Corleone, un consejo que no se puede rechazar. Una pauca inteligente.
Así pues, los europeos no harán lo que dice Trump, que es solo un presidente estadounidense que siempre puede cambiar y nadie sabe cuánto durará, sino lo que el poder estadounidense considere útil para sus intereses. Si la OTAN se disuelve, será únicamente porque los estadounidenses ya no la considerarán adecuada para sus objetivos y, sin duda, con ello no se desentenderán del escenario europeo, sino que cambiarán su modo de dominación.
Tienen bases y soldados en Europa; más allá de la retórica de la alianza, se trata de una presencia militar estructurada, y de guarniciones de este tipo solo se puede salir con cambios drásticos en el equilibrio de poder, con guerras o revoluciones (en el orden en que se menciona), por así decirlo.
Aquí vemos cuál puede ser el verdadero impacto de la guerra en Irán sobre Europa. El aumento de los costes energéticos es sin duda uno de ellos (aunque no el principal), pero tiene un peso considerable después de que la UE, a instancias de Estados Unidos, comenzara a armar a Ucrania y a imponer sanciones a Moscú, perjudicándose a sí misma también y sobre todo. Como ya he dicho, el verdadero impacto de la guerra en Irán, más allá de las consecuencias económicas, es tanto psicológico como militar.
Los iraníes han atacado bases estadounidenses en diversas zonas de Oriente Medio. Si Estados Unidos decidiera algún día atacar a otras potencias utilizando bases en Europa, en el viejo continente nos enfrentaríamos a consecuencias devastadoras. Las bases estadounidenses responden a los intereses estratégicos de Estados Unidos; no sirven para defender a quienes las albergan. Tras el caso de Irán, este aspecto se hace más evidente, y los líderes europeos se enfrentan a una creciente tensión entre la fantasía de sometimiento y la realidad del proceso histórico. Sobre todo, la opinión pública europea lo comprende y empieza a ver que el sueño americano puede convertirse en una pesadilla. Es el fin de una ideología que ha perdurado durante décadas.
En segundo lugar, desde el punto de vista militar, observamos que, en la producción de armamento avanzado, como los sistemas de misiles, Rusia y China han desarrollado capacidades competitivas y seguirán haciéndolo. Occidente no ostenta la supremacía en tecnología bélica. Por lo tanto, se abre una fase más compleja para Europa, incluso tras más de setenta años de relativa estabilidad.
Los peligros son internos al sistema europeo, que, una vez que se revele su verdadera estructura, forjada por Estados Unidos, podría desmoronarse. Con o sin OTAN, los estadounidenses no abandonarán Europa, incluso a costa de replantearse su postura respecto a la UE (podrían interferir para rediseñarla a su antojo) y, de hecho, podrían adoptar actitudes más firmes, descargando todos los costes de las tensiones internacionales sobre supuestos aliados que no son aliados, sino satélites insertados en una órbita hegemónica muy específica.
Entonces surgirá con mayor claridad la cuestión de la naturaleza de esta presencia, que en realidad es una ocupación prolongada de los países europeos, amparada por la arquitectura comunitaria denominada Unión Europea, construida por los estadounidenses no para el bienestar de los pueblos europeos, sino para satisfacer sus necesidades de dominación y control del Viejo Continente.
Gracias Gianni Petrosillo, SOVEREIGNTY y a la colaboración de Carlos X. Blanco
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