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jueves, 04 de junio de 2026 00:14h.

La hora más oscura de Europa - por Pino Arlacchi

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Carlos X. Blanco destaca y traduce este artículo 

La hora más oscura de Europa

por Pino Arlacchi

Traducción de Carlos X. Blanco *

Nos debatimos en el fango de una Europa que ha recaído en la incivilidad y la barbarie, donde en labios de sus élites, después de 80 años de paz, reaparecen palabras de guerra y agresión. Bruselas, París, Londres y Berlín parecen ignorar las lecciones de dos guerras mundiales que llevaron al continente al borde de la autodestrucción. Los dirigentes europeos parecen estar atrapados en un delirio antirruso completamente gratuito, no compartido por Estados Unidos y observado con consternación por el resto del planeta, y que no cesará antes de haber causado daños considerables.

En esta hora oscura es importante reflexionar sobre las herramientas de contraste, sobre las fuerzas de paz que aún están en el campo. Empezando por el derecho internacional que Von der Leyen y sus asociados están pisoteando impunemente. El plan de rearme europeo, acompañado de una retórica apocalíptica que presenta a Rusia como una amenaza existencial, representa una clara violación de los principios fundamentales que rigen la comunidad internacional. El artículo 2(4) de la Carta de las Naciones Unidas no deja lugar a interpretaciones ambiguas: “Los Miembros se abstendrán, en sus relaciones internacionales, de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”. Esta norma imperativa del derecho global está siendo hoy ultrajada por las instituciones europeas con una indiferencia que debería alarmar a todo ciudadano consciente.

La Rusia postcomunista ha regresado a la escena de la política exterior después de 36 años con un programa de cooperación multilateral silenciosa. Ha demostrado ampliamente su deseo de amistad y cooperación con Europa Occidental y ha normalizado efectivamente sus relaciones con los Estados Unidos hasta hace unos años. Se ha adherido a los Acuerdos de Helsinki, ha respetado el Tratado de No Proliferación Nuclear y ha concluido numerosos pactos sobre limitación de armamentos. Estos no eran gestos simbólicos. La Rusia de Yeltsin y Putin desmanteló el Ejército Rojo, reduciendo en lugar de aumentar el gasto militar hasta el estallido de la guerra en Ucrania. ¿Cuál fue la respuesta occidental a estos esfuerzos? Un cerco estratégico progresivo, la expansión de la OTAN –una reliquia de la Guerra Fría, un muerto viviente en las fronteras de Rusia– y ahora, como culminación de esta estrategia, un programa de rearme justificado por la narrativa paranoica de una Rusia decidida a invadir Europa occidental.

Un elemento revelador de la naturaleza agresiva de este plan es su propia existencia en paralelo con la OTAN. Si la amenaza rusa fuera real y la intención del plan puramente defensiva, ¿por qué no utilizar los mecanismos existentes de la Alianza Atlántica? La mayoría de los Estados miembros de la UE ya pertenecen a la OTAN, cuya razón de ser es precisamente la defensa colectiva, consagrada en el artículo 5 de su Tratado fundacional. Esta redundancia de herramientas militares delata la intención no de proteger sino de proyectar poder, no de defenderse de amenazas tangibles sino de atacar. Un arsenal defensivo no necesita una muleta adicional cuando existe precisamente para este propósito. Lo cierto es que este plan es un giro militarista disfrazado de prudencia estratégica. Esta campaña belicista no sólo es manifiestamente infundada, sino que constituye en sí misma una amenaza para el uso de la fuerza. Presentar a un país como agresor inminente, en ausencia de pruebas, sólo sirve para provocar, para alimentar una espiral de tensión que podría salirse de control para las partes. Y se convierte en una profecía autocumplida, donde el enemigo imaginario se ve obligado a transformarse en el enemigo real. Lo cual en este caso coincide, miren ustedes, con la mayor potencia atómica del planeta.

El concepto de “defensa preventiva” que se cuela en los documentos estratégicos europeos es particularmente insidioso. El derecho internacional reconoce la legítima defensa sólo frente a amenazas concretas e inminentes, no sobre la base de escenarios futuros hipotéticos o, peor aún, de falsos prejuicios. Cuando una entidad política como la Unión Europea empieza a justificar su rearme con la necesidad de prevenir ataques de los que no hay pruebas, no está haciendo más que amenazar con el uso de la fuerza, violando flagrantemente el artículo 2(4) de la Carta de las Naciones Unidas.

Existen varias vías que se pueden seguir para sancionar esta ilegalidad. Existe la posibilidad de interponer un recurso ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea por parte de una persona física o jurídica o de un tribunal nacional de la UE denunciando la violación del artículo 21 del Tratado de la Unión Europea, que establece que la acción internacional de la Unión debe respetar la Carta de las Naciones Unidas. Existe la posibilidad de que Rusia denuncie a estados individuales de la UE (que, como tal, no está en la ONU) ante la más alta institución del derecho mundial, la Corte Internacional de Justicia, el organismo de la ONU que es el guardián de los tratados interestatales y de la propia Carta. Pero también existe la posibilidad de que el Consejo de Seguridad o, mejor, la Asamblea General de la ONU solicite a la Corte Internacional de Justicia una opinión sobre el tema. La opinión no sería vinculante, pero su contenido –si estuviera en consonancia con el espíritu y la letra de la Carta– tendría un fuerte impacto en la reivindicación de liderazgo de la UE en el respeto del derecho internacional. Sería una advertencia para abandonar la retórica belicista y volver a los principios básicos, pacíficos y progresistas de la integración europea.

Il Fatto Quotidiano | 27 aprile 2025

 

Gracias a Pino Arlacchi, SINISTRA IN RETE y a la colaboración de Carlos X. Blanco

 

https://www.sinistrainrete.info/articoli-brevi/30389-pino-arlacchi-l-ora-piu-buia-dell-europa.html

 

 

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