Mientras China socializa la IA, en USA Palantir crea una herramienta cara y con el objetivo de dominar y controlar a los pueblos - por Carlos Martínez
Mientras China socializa la IA, en USA Palantir crea una herramienta cara y con el objetivo de dominar y controlar a los pueblos
Carlos Martínez
politólogo y presidente de Soberanía y Trabajo
La inteligencia artificial se ha convertido en el campo de batalla decisivo del siglo XXI. Pero no se trata de una mera carrera tecnológica entre potencias: es la lucha por determinar si esta herramienta servirá a la emancipación colectiva o a la opresión imperialista. Mientras desde Pekín se impulsa un modelo abierto, accesible y orientado al bien común, aunque lógicamente también en busca un beneficio propio y adelantar a los EEUU en esta materia, desde Silicon Valley —con Palantir como punta de lanza— se nos ofrece una IA cara, secreta y diseñada para vigilar, deportar y matar. Esto no es un cuento de buenos y malos, pero constata una realidad. Al menos la plataforma china es gratuita.
La divergencia estratégica: código abierto contra capitalismo de vigilancia
En julio de 2025, dos visiones antagónicas chocaron en el escenario global. Estados Unidos presentó Winning the Race: America's AI Action Plan, que enmarca la inteligencia artificial como una competencia de suma cero donde Washington debe alcanzar “un dominio tecnológico global incuestionable”. Días después, China dio a conocer su Plan de Acción para la Gobernanza Global de la IA, posicionando esta tecnología como “un bien público internacional que beneficie a la humanidad” y exigiendo un desarrollo inclusivo que apoye al Sur Global.
La práctica china está demostrando que ese discurso no es retórica vacía. DeepSeek —el modelo de inteligencia artificial de Hangzhou— es gratuito, de código abierto y puede ejecutarse localmente sin depender de la nube ni de servidores centralizados. Su entrenamiento costó aproximadamente 5,5 millones de dólares utilizando 2.000 unidades de procesamiento gráfico, lo que supone una centésima parte del costo de los esfuerzos estadounidenses comparables. En diciembre de 2025, un estudio del MIT y Hugging Face reveló que los modelos chinos de código abierto superaron por primera vez en descargas a los estadounidenses en el mercado global, alcanzando el 17% del total frente al 15,8% de Estados Unidos.
Estados Unidos, en cambio, ha optado por un camino de acumulación privada, vigilancia masiva y restricciones tecnológicas. Mientras Pekín fomenta ecosistemas abiertos donde “la participación de todas las naciones, la gobernanza que impide la captura por parte de unos pocos y las aplicaciones que benefician a toda la sociedad” son la norma, Washington apuesta por el hermetismo y el control.
Palantir: la máquina de opresión del nuevo orden mundial
Fundada en 2003 por Peter Thiel y Alex Karp con financiación inicial de in-Q-tel —el fondo de inversión de la CIA—, Palantir ha estado vinculada a las agencias de inteligencia desde su nacimiento. Ha prestado sus herramientas al Pentágono para el desarrollo de armamento asistido por inteligencia artificial, al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) para redadas migratorias y deportaciones masivas, y a los departamentos de policía de decenas de ciudades estadounidenses para perfilar objetivos a partir de correos electrónicos, matrículas, características físicas e historiales de viajes. En agosto de 2025, Palantir firmó un contrato de 10.000 millones de dólares con el Pentágono, el mayor de su historia. Su valoración en bolsa supera ya los 380.000 millones de dólares, habiéndose multiplicado prácticamente por diez desde principios de 2024.
Pero su radio de acción no se limita a Estados Unidos. En España, el Ministerio de Defensa adjudicó a Palantir en 2023 un contrato de 16,5 millones de euros —20 millones con impuestos incluidos— para el uso de su sistema de inteligencia militar Gotham. El contrato se negoció sin concurso público, bajo el amparo de la confidencialidad. Un total de 45 empresas españolas, entre ellas Mutua Madrileña, Mahou, Valoriza y Airbus, utilizan la plataforma Foundry de Palantir para el análisis de datos de sus negocios, convirtiendo a España en un eslabón más de la cadena global del capitalismo de vigilancia.
Lo más alarmante es el papel de Palantir en el genocidio contra el pueblo palestino. Amnistía Internacional ha documentado que Palantir provee tecnología de vigilancia y “policialmente predictivo automatizado” a las fuerzas de ocupación israelíes en el contexto de la masacre de Gaza. Sus sistemas están integrados en la arquitectura que rastrea la entrada de ayuda humanitaria, mientras el ejército israelí utiliza inteligencia artificial para generar listas de objetivos. Organizaciones de derechos humanos han alertado sobre posibles violaciones del derecho internacional humanitario y crímenes de guerra. Palantir, en definitiva, es la mano tecnológica del imperialismo.
La inteligencia artificial como arma de clase contra los trabajadores
El capitalismo de vigilancia no solo se ejerce contra los pueblos colonizados o controlar clase populares o migraciones, sino contra la clase trabajadora en su conjunto. El gobierno estadounidense compra masivamente datos de los ciudadanos a intermediarios comerciales —datos de geolocalización, comunicaciones, información de salud, hábitos de compra— y los alimenta con sistemas de inteligencia artificial para predecir y manipular comportamientos. En paralelo, las grandes tecnológicas utilizan la inteligencia artificial para reemplazar trabajadores con contratos ligados a la empresa y para precarizar el empleo, erosionando el poder de negociación sindical.
Se avecina un futuro sombrío si no nos enfrentamos de inmediato: sistemas automatizados de control horario basados en reconocimiento facial y geolocalización, algoritmos que deciden quién es despedido en función de patrones de comportamiento vigilados, y plataformas de laboral que impiden la organización colectiva. La inteligencia artificial, en manos del capital, se convertirá en el más eficaz instrumento de “disciplinamiento” y gestión para la represión de la fuerza de trabajo desde la invención de las fábricas.
El abandono de las izquierdas occidentales: woke, anticuadas e inútiles
Frente a esta ofensiva, las izquierdas occidentales han demostrado una incapacidad estructural para articular una respuesta. Atrapadas en las redes del identitarismo cultural —el llamado “wokismo”— han abandonado el análisis económico, la lucha de clases y la crítica al imperialismo. “El wokismo ha hecho de la susceptibilidad banal su arma política: una izquierda blandita, de sofá y smartphone, que confunde compromiso con postureo y revolución con trending topic”, resume un crítico lúcido. “Es el único movimiento que se imagina revolucionario que no tiene un análisis económico”, añade el historiador David Rieff.
Este triple abandono —del marxismo como herramienta de análisis, de la lucha de clases como eje central de la acción política y de los principios de solidaridad internacionalista— ha convertido a esas izquierdas en cómplices pasivas de la expansión del capitalismo tecnológico. Pretenden ser modernas porque sus discursos incorporan jergas multiculturales, pero son profundamente anticuadas: carecen de la más elemental comprensión de que el nuevo fascismo se viste de algoritmos, datos y contratos públicos. La batalla por la inteligencia artificial es una batalla por los medios de producción del siglo XXI, y no se ganará con gestos simbólicos sino con la recuperación colectiva de la tecnología.
Por una alianza antiimperialista y por la soberanía tecnológica de los pueblos
La lucha por la soberanía también requiere una inteligencia artificial al servicio de los pueblos. El problema no es la tecnología en sí, sino quién la controla y con qué fines. La experiencia china demuestra que es posible un modelo de desarrollo tecnológico basado en la apertura, la gratuidad y la orientación al bienestar colectivo. DeepSeek —gratuito, de código abierto y de libre uso y modificación por la comunidad— es un ejemplo de lo que podría ser una inteligencia artificial democratizada.
Pero no se trata de un artículo publicitario a favor de Pekín, sino de una constatación estratégica: existe una vía alternativa al capitalismo de vigilancia, y es urgente articular una alianza antiimperialista internacional y solidaria para hacerla realidad en nuestros territorios. La izquierda internacionalista debe promover en cada municipio, cada sindicato y cada centro de trabajo el desarrollo de infraestructuras tecnológicas comunes, basadas en el código abierto y el control público de los datos.
Porque Occidente —el que se autoproclama defensor de la “democracia liberal”— es precisamente donde la democracia entendida como poder popular está en mayor peligro. Sus gobiernos firman contratos multimillonarios con empresas como Palantir sin transparencia ni control ciudadano. Sus policías utilizan inteligencia artificial para perfilar barrios obreros. Sus ejércitos emplean algoritmos para legitimar el genocidio en Gaza. La democracia formal se ha convertido en una fachada para el despliegue de un fascismo tecnológico cara, muy caro, y mucho más peligroso que cualquier caricatura del siglo pasado.
Hay un futuro terrible esperándonos si no nos enfrentamos. Pero también hay una alternativa si nos organizamos. La inteligencia artificial debe nacionalizarse, ponerse bajo control democrático y orientarse a resolver las necesidades reales de las mayorías: salud, educación, vivienda, soberanía alimentaria. La batalla por la inteligencia artificial es la batalla por el futuro de la humanidad. Y no podemos permitir que la ganen los mismos que ya han convertido el mundo en un campo de concentración a escala planetaria. La lucha por la soberanía también requiere una inteligencia artificial al servicio de los pueblos.