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jueves, 04 de junio de 2026 00:14h.

De los partidos obreros a la “Izquierda”: la gran traición y la necesidad de reconstruir la clase - por Carlos Martínez

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De los partidos obreros a la “Izquierda”: la gran traición y la necesidad de reconstruir la clase

Carlos Martínez

politólogo y miembro de Soberanía y Trabajo

Para entender la profunda crisis política que atraviesa Europa, y España en particular, es obligatorio detenerse en un fenómeno que rara vez se nombra con la claridad que merece: la desaparición del partido obrero como sujeto político transformador y su sustitución por una nebulosa denominada “la izquierda”. Esta metamorfosis, lejos de ser una cuestión nominal o de simple marketing electoral, supone el abandono de la esencia misma de la emancipación social.

Todo comienza a fraguarse en los años noventa del siglo pasado. La caída del Muro de Berlín no solo significó el colapso del llamado socialismo real, sino que actuó como un acelerador brutal de un proceso que ya venía gestándose en las entrañas de los partidos socialistas, socialdemócratas y comunistas. En un afán de supervivencia inmediata, estas organizaciones comenzaron a desechar el concepto —tanto teórico como práctico— de “partido obrero”. No fue una simple actualización de estatutos; fue un cambio ontológico.

El ejemplo más paradigmático en nuestro país es el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). A pesar de que su propia denominación lleva la palabra “obrero” como un lastre histórico, Felipe González y sus camarillas convirtieron la organización en un partido liberal y monárquico. Gobernaron para las élites financieras, sometieron la economía al dictado del capital financiero y vaciaron de contenido cualquier atisbo de socialismo. Paradójicamente, el PSOE mantiene una base de voto obrero y popular. No por su programa, sino por una combinación de memoria histórica, instinto de clase, medios y apoyos de todo tipo, y, sobre todo, por los fallos terribles de una supuesta izquierda que no supo ofrecer una alternativa verosímil.

Pero la deriva no se detuvo ahí. Con la eclosión del posmodernismo, el globalismo y, más recientemente, la ideología woke, se consumó la claudicación. Lo que comenzó como un abandono de la economía en favor de la “tercera vía” se transformó en un rechazo activo al núcleo del pensamiento emancipador: la lucha de clases. Hoy, en los salones de los partidos que se autodenominan de izquierdas, hablar de lucha de clases provoca sonrojo. Se ha instalado la idea de que es un concepto arcaico, superado por las luchas identitarias. No se trata solo de un olvido; es una renegación activa. Se niega la existencia de intereses antagónicos entre capital y trabajo porque hacerlo sería cuestionar el sistema de financiación de unos partidos que viven de las subvenciones y de las prebendas del establishment.

La usurpación del término “Izquierda”

Es un error común pensar que la etiqueta “izquierda” es sinónimo de movimiento obrero. La historia es tozuda y nos muestra que esta apropiación es relativamente reciente y profundamente problemática. La dicotomía izquierda-derecha nace en la Revolución Francesa, cuando los representantes del Tercer Estado (plebeyos y burgueses revolucionarios) se sentaban a la izquierda de la Asamblea Nacional, mientras que la nobleza y el alto clero ocupaban la derecha. En ese origen, la “izquierda” era una coalición entre la burguesía radical y el pueblo llano, no el germen del socialismo.

Cuando surge la Primera Internacional, y con ella el marxismo, las fuerzas del trabajo no se definían como “de izquierdas”. Eran socialistas, eran obreros. Creían en el socialismo científico y su herramienta teórica era la lucha de clases. El término “izquierda” quedaba reservado para los partidos radicales burgueses, las fuerzas liberales, laicas o reformistas que, en el mejor de los casos, buscaban humanizar el capitalismo, nunca superarlo. Anarquistas y socialistas compartían un mismo sustrato: el mundo del trabajo como eje de transformación.

No es hasta después de la Revolución Soviética de 1917 que comienza a surgir una “izquierda” disidente del comunismo ortodoxo, generalmente ligada al socialismo democrático o a corrientes heterodoxas que empezaron a usar ese término para diferenciarse. Sin embargo, durante la primera mitad del siglo XX, los grandes partidos socialistas y socialdemócratas europeos seguían considerándose, ante todo, partidos obreros o de la clase trabajadora. Fue hacia los años cincuenta cuando “izquierda” comenzó a popularizarse como un paraguas amplio que englobaba desde posiciones igualitarias hasta corrientes autónomas de extrema izquierda, diluyendo así el sustrato clasista. En realidad los “posmo” están más cerca de lo que fue la izquierda durante el siglo XIX y principios del XX (liberales, laicos, masones) que del movimiento del trabajo organizado en aquellos años.

La falsa izquierda y el debate de la autenticidad

Esta confusión terminológica es la que ha permitido el fraude histórico que algunos partidos como Soberanía y Trabajo y otros o movimientos de izquierda soberanista diversos denuncian. Por eso lo fundamental para situar el debate en el terreno de la verdad es: ¿se es o no se es socialista? No vale con autodenominarse “izquierda” si se renuncia a la lucha de clases. No vale con colgarse la bandera de la diversidad si se abandona a la clase obrera a su suerte frente a la maquinaria del capital.

Para nosotros, las líneas rojas son claras: la afirmación de la lucha de clases como motor de la historia y la defensa de la soberanía popular frente al imperialismo. Cualquier corriente que niegue la primacía de la clase como sujeto político fundamental está condenada a ser correa de transmisión del sistema.

Aquí es donde entran en escena los posmodernos y los woke. Estos movimientos, que han colonizado los aparatos de los antiguos partidos obreros, han desarrollado una labor de demolición meticulosa. Al negar la lucha de clases, niegan la unidad de la clase obrera. Al fragmentar el sujeto colectivo en identidades infinitas, impiden la construcción de la solidaridad de clase. No analizan los cambios estructurales de la clase obrera del siglo XXI: esa masa de trabajadores precarizados, falsos autónomos, riders, repartidores y asalariados que además tienen que reparar sus propias herramientas de trabajo con su salario. En lugar de abordar esa alienación, estos “izquierdistas” de salón la desprecian. Hablan del “viejo comunismo” como un fantasma autoritario o acusan al socialismo de “vendido”, cuando ellos son los que han entregado las organizaciones sindicales y políticas a las fundaciones de las grandes corporaciones.

La necesidad de un Partido del Trabajo en el siglo XXI

Frente a este panorama, el auge de la extrema derecha en Europa y en España deja de ser una paradoja para convertirse en una consecuencia lógica. Mientras “las izquierdas” se entretenían con sus programas posmodernos, identitarios y su defensa de un capitalismo verde gestionado por la tecnocracia “unioneuropeísta”, las clases trabajadoras y populares eran abandonadas a su suerte. La extrema derecha, guiada hoy por el sionismo internacional y su afluente trumpismo, ha sabido ocupar ese vacío. No porque ofrezca soluciones reales, sino porque es la única que habla —aunque sea de manera distorsionada y reaccionaria— de soberanía, de protección frente a la deslocalización y de dignidad nacional a pesar de trabajar para potencias extranjeras. Se alimentan del odio y la frustración generados por unas élites que, financiando por un lado a las “izquierdas nuevas” a través de sus fundaciones, y por otro lado a las extremas derechas, nos conducen hacia la guerra y el caos para asegurar su triunfo mundial.

Ante esto, la pregunta es acuciante: ¿qué significa hoy ser socialista? No se trata de conservar un museo ideológico, sino de recuperar las raíces. Las raíces marxistas, la capacidad de leer la realidad material, la defensa de la soberanía frente al imperialismo y la reconstrucción de la unidad de la clase trabajadora. Ser hoy un partido obrero implica enfrentarse a una clase trabajadora profundamente segmentada, donde muchos sectores creen ser pequeños empresarios o autónomos cuando en realidad son esclavos de las corporaciones tecnológicas y financieras. Implica comprender las nuevas formas de explotación sin renunciar a la vieja verdad de que el capital y el trabajo son irreconciliables.

Pero los partidos obreros no solo fueron o deben ser partidos de la clase obrera industrial, sino de los asalariados, maestras y maestros, artesanos y en nuestros días autónomos y pequeños agricultores o cooperativistas, intelectuales comprometidos con el socialismo y personas que aman la justicia y la igualdad.

Por eso, el debate no es si somos más o menos “izquierdistas”. El debate es si somos o no socialistas. Si creemos en la lucha de clases, en la soberanía y en la necesidad de un partido del trabajo que no se avergüence de la clase obrera, sino que la organice en su diversidad. Frente a la extrema derecha que crece sobre las ruinas dejadas por una izquierda rendida, la única respuesta es reconstruir el movimiento obrero. No con nostalgia, sino con programa, con claridad y con la valentía de llamar a las cosas por su nombre. Esa es la necesidad histórica de nuestro tiempo.

 

CARLOS MARTÍNEZ * Gracias a CARLOS MARTÍNEZ
Gracias a CARLOS MARTÍNEZ

 

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