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jueves, 04 de junio de 2026 00:14h.

El punto debil de España - por Fernando Paz, con dos aclaraciones de Luis Portillo Pasqual del Riquelme

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Dos aclaraciones de Luis Portillo Pasqual del Riquelme:

LUIS PORTILLO PASQUAL DEL RIQUELME
LUIS PORTILLO PASQUAL DEL RIQUELME

El FRENTE POLISARIO no lo creó Argelia y Marruecos no fue el primer país en reconocer la independencia de EEUU. Simplemente, el sultán, en una coyuntura de graves problemas económicos, permitió la entrada en los puertos marroquíes de los barcos de los rebeldes USA, igual que hizo con otros países europeos con los que no tenía convenio o tratados.

Por lo demás, este artículo pone de manifiesto la necesidad de desclasificar los documentos sobre el Sáhara ¡YA!

El punto debil de España

Fernando Paz

IDEAS

La encrucijada histórica e internacional en el Sáhara, a los 50 años de la retirada española

Decía Mark Twain que el pasado no se repite, pero rima. Pues bien: en los años 70, Estados Unidos era la única potencia en Occidente. Enfrente, la Unión Soviética y el bloque de estados comunistas satélites se erigían como una torva sombra, enemiga de la libertad y de la civilización.

Consecuencia de esta situación, los países al oeste del telón de acero inevitablemente referían a Washington su política exterior. Algunos –pocos– tenían la potencia suficiente como para permitirse ciertos desaires al gigante norteamericano, pero la mayoría competía a fin de ganar en su favor la buena voluntad de los estadounidenses.

Tal cosa sucedía entre España y Marruecos. Además de la cuestión del control del estrecho –siempre relevante– existía una pugna nada soterrada entre ambos países debido a la pretensión marroquí de apropiarse de la España africana. Cinco eran sus objetivos: Ceuta, Melilla, los peñones, las islas Canarias y el territorio del Sahara occidental. Evidentemente, Rabat no se había contentado con la salida de España del protectorado en 1956, y tenía ambiciones expansionistas.

El punto débil de España era el Sahara.

Un poco de historia

El Sahara occidental (antiguo Sahara español) es una región desoladoramente desértica situada entre Marruecos y Mauritania, y entre Argelia y el océano Atlántico, en la que apenas hay algo más que areniscas, dunas y cielos azules. Su población es hoy de medio millón, para una superficie que viene a ser la mitad de la península ibérica, pero no llegaba a los 70.000 en 1975, de modo que su densidad estaba en torno a 0,2 habitantes por kilómetro cuadrado. Apenas contaba –y cuenta– con dos ciudades de alguna importancia, llamadas en tiempos de la colonización El Aaiún y Villa Cisneros.

La ocupación española databa de aquel Congreso de Berlín convocado por Bismarck y celebrado en 1884-1885, por el que se establecieron las reglas que rigieron el reparto de África entre las potencias europeas. La idea era evitar que África se convirtiera en fuente de conflictos, asignándole a cada cual aquello que le correspondiese de acuerdo a su poderío, a su prestigio, y a lo que hubiera ocupado hasta ese momento.

A España se le reconoció la posesión de una región selvática y un puñado de islas ecuatoriales en la que ya se había establecido, algunos enclaves en Marruecos y aquel estéril país desértico y pedregoso en el Sahara (hasta que en 1949 se descubrieron algunas de las minas de fosfatos más ricas del mundo).

La ocupación efectiva del territorio no se completó hasta los años veinte del siglo pasado. El proceso fue lento y, de hecho, no fue sino en 1900 cuando se llegó a un acuerdo con Francia acerca de la delimitación en su franja norte. La creación del Sahara como una zona más o menos homogénea se completó en 1958, con la unión de los territorios de Río de Oro y Saguia el Hamra. Desde entonces, el Sahara español se convirtió en una provincia a todos los efectos.

La reivindicación marroquí

Mediados los años setenta, la distancia entre Marruecos y España era grande. El reino alauí –recién independizado y ocupado durante décadas por Francia y España

— disponía de una capacidad económica, militar y demográfica que quedaba muy lejos de la española. Competía con su vecino, y por tanto enemigo, Argelia, por la hegemonía en la región magrebí y saheliana, quien sostenía las acciones del Frente Polisario, la organización saharaui que combatía la presencia española en el Sahara. Marruecos, por su parte, simulaba favorecer la independencia de este, cuando en realidad, como ha demostrado el tiempo, codiciaba la simple y pura anexión.

Sin embargo, durante años, el Polisario se tragó tan absurdo anzuelo. No fue hasta octubre de 1975 que Hassan II mostró sus cartas a las claras, al recurrir al arbitraje del Tribunal de la Haya para que le fueran reconocidas sus aspiraciones sobre el Sahara; en ese momento, la situación de España era crítica, en paralelo a la del jefe del Estado, Francisco Franco, que enfrentaba las semanas finales de su vida. La reclamación misma tensionó la situación en el norte de África, que era de lo que se trataba; lo de menos era la resolución judicial (que le sería finalmente adversa).

Porque Hassan podía maniobrar con un amplio margen de tranquilidad. Sabía que Estados Unidos estaba de su lado.

Washington y Marruecos

EEUU. no escondía sus intenciones de privilegiar a Marruecos en la pugna con España. En noviembre de 1974, Kissinger se había reunido con Carlos Arias Navarro –presidente del gobierno– y con el titular de Exteriores, Pedro Cortina, en Torrejón, y les había advertido sobre la necesidad de entregar el Sahara: “Qué más les da a ustedes. Hassan lo desea tanto…»

Y lo deseaba por distintas razones, pero sobre todo para afianzarse en el trono. En 1971 y 1972 había sufrido dos atentados, en cada uno de los cuales escapó de la muerte por muy poco, y ambos los habían protagonizado militares. La anexión del Sahara le proporcionaría prestigio y unificaría el país en torno a una empresa exterior.

Desde la perspectiva estadounidense era muy importante asentar el poder de Hassan II. Existía una larga tradición de amistad entre ambos países: Marruecos fue el primer estado en reconocer la independencia de Estados Unidos mientras se libraba su guerra de Independencia, en 1777; durante la Segunda Guerra Mundial, los norteamericanos habían sido cálidamente acogidos cuando desembarcaron (noviembre de 1942) en el territorio marroquí, y en enero de 1943 allí tuvo lugar la Conferencia de Casablanca, donde se decidió la “Rendición Incondicional” como fórmula en la guerra contra los países del Eje.

El príncipe Hasán, detrás del sultán Mohamed V, Roosevelt y Churchill en la Conferencia de Casablanca de 1943

Pero, más allá de cuestiones sentimentales –que tan escaso papel juegan en la política internacional–, para Washington lo esencial era que Marruecos constituía el único aliado en el norte de África. En el contexto de la guerra fría, Argelia era decididamente pro soviética, Libia abiertamente anti-imperialista (lo que hay que entender como contraria a Estados Unidos) y Egipto comenzaba a girar con cautela hacia la “infitah”, comprendiendo que la URSS era un actor secundario en Oriente Próximo, aunque el proceso todavía era lento. La única alianza posible la constituía Marruecos, un Marruecos en manos de la monarquía alauí, porque el eventual ascenso al poder de los militares añadiría una innecesaria y peligrosa incertidumbre; y los militares ya habían intentado matar al rey. Por eso, el propio Kissinger había dejado clara su postura ante el presidente argelino Boumedienne: «no nos interesa que España esté en África».

Desde el punto de vista de Washington, entre Marruecos y España, la estrategia estaba clara.

Washington y España

Los marroquíes sabían que la estrategia estadounidense les priorizaba ante España. En el juego de intereses de la región, Marruecos era un aliado seguro en oposición a los argelinos, amigos de la Unión Soviética; Argel, a su vez, sostenía al Polisario como socio frente a Marruecos, quedando España aislada y reducida al papel de pariente pobre.

La posición de España en 1975 era débil. La anterior política del almirante Luis Carrero Blanco había sido implacablemente realista y, convencido el almirante de que la descolonización era inevitable, trató de impulsarla en favor de los intereses de Madrid. Puso en marcha un proceso de paulatina autonomía que, guiado por España, hiciese de esta la potencia hegemónica en el Sahara, impidiendo la absorción por Marruecos y evitando que cayese bajo la influencia de Argelia. En 1974, muerto ya Carrero, Madrid anunció la convocatoria de un referéndum para que los saharauis se pronunciasen acerca de su futuro, que inequívocamente deseaban independiente y al margen de Marruecos. Sin embargo, la formación de un partido local pro español (PUNS) que defendiera este proceso fue neutralizada ventajosamente por Argelia mediante la creación del Frente Polisario con vistas a arrebatar el protagonismo a España y legitimar una postura independentista radical que redundase en su beneficio.

La idea de Carrero era que, una vez el Sahara independiente gracias a los buenos oficios españoles, el nuevo estado orbitase en torno a la política de Madrid, al estilo de lo que Francia hacía en sus antiguas posesiones del África ecuatorial y occidental. Había que mantener alejada a Argelia y, sobre todo, evitar la intromisión marroquí. Con ello se creaba a Rabat un problema en el sur que contrapesara las aspiraciones del sultán sobre Ceuta y Melilla, se protegía el archipiélago canario y se hacía del territorio una plataforma muy efectiva de negociación con Marruecos en materia pesquera, militar y de expansión territorial.

Pero en diciembre de 1973 Carrero fue asesinado, a lo que probablemente no fue ajena su posición sobre el Sahara. El régimen de Franco entró en su última y decadente fase, y la anterior política de firmeza y de visión estratégica se vio sustituida por la improvisación y la debilidad. La transición española, que daba sus primeros pasos, estaba precisada del apoyo estadounidense, y el Sahara sería parte de la factura a pagar.

Juan Carlos, rey

En lo que hacía a España, en el otoño de 1975 la apuesta de Washington era Juan Carlos de Borbón. Los estadounidenses tenían medios de presión para que este se plegase a sus demandas: podían apoyar las pretensiones de su padre –que no había renunciado a sus derechos– o favorecer un sistema republicano presidencialista. De cualquier modo, Juan Carlos estaba decidido a ganarse el favor de Henry Kissinger: en 1975 hacía tiempo que los estadounidenses se hallaban perfectamente informados por el príncipe de los movimientos de España en el Sahara y sabían lo que esperar.

Además, Juan Carlos no estaba dispuesto a protagonizar otra vez el papel que desempeñó cuando fue llamado para sustituir a Franco durante su anterior convalecencia –en el verano de 1974, a lo largo de mes y medio– al creer que el Caudillo no saldría de su enfermedad, por lo que había asumido gustoso unos poderes que, el 9 de septiembre de ese año, tuvo que devolver. De modo que el príncipe trató de que el embajador norteamericano, Wells Stabler, presionara a Arias Navarro para obtener de Franco una cesión del poder en su totalidad y la garantía de que, como quiera que evolucionase la enfermedad, el Generalísimo no recuperaría la jefatura del Estado. Aunque Juan Carlos se había convertido en un hombre de Washington a todos los efectos, los estadounidenses se negaron a hacer esa gestión, que encontraban fuera de lugar.

En La Paz, Franco agonizaba. Informado en las semanas anteriores de que la cuestión saharaui podía llevar a la guerra con Marruecos, Franco mostró su inequívoca determinación de aceptar el desafío, pues España había dado su palabra de que se celebraría el referéndum. Sin embargo, los políticos maniobraban a sus espaldas, y él ya no estaba en condiciones de imponerse. No ignoraba que Washington apoyaba a Marruecos, pero desconocía el papel que jugaba Juan Carlos.

Recordemos que Hassan había solicitado el pronunciamiento de la Corte Internacional de Justicia de la Haya, y que ésta había resuelto que nunca habían existido “vínculos jurídicos de soberanía territorial entre el Sahara Occidental y el Estado marroquí”. De nada sirvió: Juan Carlos, aún príncipe, firmó los Acuerdos de Madrid el 14 de noviembre de 1975, por los que el Sahara pasaba a estar dirigido a través de una administración conjunta hispano-marroquí-mauritana, y de los que se excluía al Frente Polisario: los saharauis no tenían nada que decir acerca de su futuro. La ONU nunca reconoció la licitud de dichos acuerdos.

Carlos Arias Navarro, presidente del Gobierno, en los Acuerdos de Madrid

Unos acuerdos que incluían un protocolo secreto por el que se entregaba a Rabat el derecho de explotación del 65% de los fosfatos a cambio de una contrapartida de licencias de pesca durante veinte años para una flota de 800 barcos que, por supuesto, Hassan jamás cumplió.

La Marcha Verde, el rey y el ejército

La cesión española llegaba después de la organización de la Marcha Verde apenas seis días días antes –el 6 de noviembre– una maniobra de Hassan II que contó con el apoyo de Kissinger, consistente en lanzar a 350.000 civiles marroquíes sobre la frontera norte del Sahara mientras el ejército español se retiraba para evitar todo conflicto. A medio centenar de súbditos de Hassan, para hacer el episodio más humillante, se les permitió una simbólica entrada en El Aaiún.

Juan Carlos había prometido que el ejército “mantendría el honor intacto”, pero la situación se había tornado sonrojante. Al ejército se le había obligado a comportarse de forma escasamente heroica, traicionando el gobierno el compromiso contraído con los saharauis, con grave perjuicio de nuestros propios intereses. Ni contempló la posibilidad de un enfrentamiento armado con los marroquíes, que sin la menor duda hubiese favorecido al ejército español y habría modificado la posición de los distintos actores, incluyendo probablemente a Washington.

Conviene puntualizar que el sacrificio del ejército no se efectuó por miedo a un conflicto, sino por cálculo político: un cálculo en favor de la monarquía que estaba por venir, y que humillaba a las fuerzas armadas. De hecho, Hassan, creyendo que España opondría mayor resistencia, había llegado a ofrecer nada menos que la entrega de dos bases militares a Madrid (en El Aaiún y Villa Cisneros) por 99 años y al coste de una peseta, derechos sobre la explotación de los fosfatos de Bucraa y licencias de pesca en el banco sahariano. El general Gutiérrez Mellado se negó desdeñosamente a considerar tal oferta con una frase sentenciosa: “Cuando uno se va de un sitio, se va del todo”.

Era evidente que aquella solución sólo redundaba en beneficio de Marruecos y de su aliado estadounidense. Este no mostró interés alguno en moderar las apetencias del sultán; su único propósito era la renovación del acuerdo de las bases con España, al que, en la formulación que deseaba imponer Kissinger, en su día se había resistido Carrero. Ahora, la moneda de cambio era el apoyo a Juan Carlos en su ascenso a la jefatura del Estado: Madrid y Washington firmarían el Tratado de Amistad y Cooperación, por el que se aceptaba la presencia de las bases norteamericanas en la península bajo las condiciones más favorables para EEUU, apenas dos meses después del ascenso de Juan Carlos al trono, en enero de 1976.

Un año después de la firma de los Acuerdos de Madrid, el 14 de noviembre de 1976, el joven líder socialista, Felipe González, visitaba Tinduf –donde se concentraban los refugiados saharauis bajo la protección del Frente Polisario en Argelia– y prometió: “Quiero comprometerme ante la historia, mi partido estará con vosotros hasta la victoria final”. Los saharauis tienen, sin duda, muchos motivos para desconfiar de la palabra de cualquier autoridad española.

Para entonces, hacía casi ocho meses que no había rastro de nuestra presencia en el Sahara. La última bandera española en aquel territorio se arrió el 28 de febrero de 1976.

Acuartelamiento español en El Aaiún en 1972

 

 

Gracias a Fernando Paz e IDEAS y a la colaboración de Luis Portillo Pasqual del Riquelme

FERNANDO PAZ
FERNANDO PAZ

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IDEAS Republicado según los criterios generales de uso Justo
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