El relanzamiento del atlantismo: el eje Windsor-Trump, la Doctrina Donroe y la ofensiva sobre Cuba - por José Manuel Rivero
El relanzamiento del atlantismo: el eje Windsor-Trump, la Doctrina Donroe y la ofensiva sobre Cuba
José Manuel Rivero
Abogado y Analista Político
SAN BORONDÓN
La reciente visita de Carlos III a Washington, coronada por su inusual comparecencia ante el Congreso estadounidense, no puede interpretarse bajo el prisma de la anécdota diplomática o el simple intercambio protocolario. Analizado desde el rigor del materialismo histórico, este encuentro representa la escenificación oficial de lo que el pensador Alexander Dugin ha definido certeramente como la entrada en una fase aguda de la "gran guerra de continentes". Estamos ante un relanzamiento descarado del atlantismo clásico. La imagen difundida por la propia Casa Blanca, bautizada como «Dos reyes» en una burla macabra al lema demócrata de «¡Ningún rey!», es la constatación hegemónica de un pacto inquebrantable entre la oligarquía financiera anglosajona y el complejo militar-industrial estadounidense. Es la caída definitiva de la máscara republicana burguesa para mostrar el verdadero rostro, crudo y elitista, del poder imperial en tiempos de crisis sistémica.

Mientras Trump saluda a Carlos, la Casa Blanca los llama "DOS REYES"
Jacob Bogage REUTERS
La arrogancia discursiva exhibida por el monarca británico fue sintomática de esta nueva fase de agresión. Carlos III no solo exigió la preservación incondicional de la OTAN y la continuidad del apoyo al régimen de Ucrania, instigando una guerra conjunta y frontal contra Rusia, sino que se permitió el lujo de humillar a sus anfitriones con el característico cinismo imperial inglés. Al bromear sobre el "error" de la guerra de independencia estadounidense y recordar con sorna la quema histórica de la Casa Blanca, el rey dejó claro quién se arroga la autoridad histórica en la continuidad del Estado profundo. Y el Congreso, dominado por el aplauso servil tanto de demócratas como de republicanos, claudicó. La conclusión para los analistas críticos es ineludible: cualquier vana ilusión de que el regreso de Donald Trump representaría un freno al belicismo atlantista ha quedado sepultada bajo el peso de los intereses de clase compartidos.
Sin embargo, el análisis debe descender inexorablemente de las superestructuras a la base material que determina estos movimientos. El blindaje de esta alianza responde a una necesidad acuciante de reordenamiento económico y control de recursos frente a la emergencia de un mundo multipolar, todo ello enmarcado en la aplicación de la nueva «Doctrina Donroe». La estrategia es meridiana: mientras Estados Unidos ejerce un bloqueo militar de facto en el Estrecho de Ormuz para asfixiar a Asia Occidental y cortar el suministro energético, la maquinaria angloamericana se lanza a cercar América Latina y el Caribe. Buscan apropiarse de las materias primas estratégicas y forzar el retorno del capital al hemisferio occidental, expulsando a China de la región mediante la coacción diplomática y el cerco marítimo. En esta reingeniería imperialista, la Corona británica, como mascarón de proa de la City londinense y de su vasta red de paraísos financieros, es un socio indispensable para garantizar el flujo y blanqueo del capital extraído del sur global.
Es exactamente en este contexto geoestratégico de rapiña donde encaja el anuncio de Donald Trump de redirigir su maquinaria bélica desde Irán hacia la invasión de Cuba. La arrogancia con la que ha declarado que «tomarán» la isla, jactándose de utilizar el inmenso portaaviones USS Abraham Lincoln para fondearlo frente a las costas cubanas y forzar una rendición, es el movimiento orgánico de un imperio que necesita consolidar su hegemonía absoluta en el Caribe para garantizar el saqueo ininterrumpido. Cuba, faro histórico de resistencia anticolonial, se convierte nuevamente en el objetivo a batir para cimentar esta fortaleza atlantista.
Para que este andamiaje militar y financiero funcione, la oligarquía necesita asegurar su retaguardia moral e institucional, y es aquí donde la superestructura mediática actúa para fabricar el consenso hegemónico. El blindaje del caso Epstein es el mejor ejemplo de ello. La implicación del príncipe Andrés exige un pacto de Estado entre Washington y Londres para evitar que la justicia penal fracture a la institución, pero la impunidad legal debe ir acompañada de un lavado de imagen público. Es en este punto donde rotativos como el Daily Mail —conocido altavoz oficioso e instrumento de la inteligencia británica (MI6)— entran en juego para operar el blanqueamiento. Las recientes publicaciones que muestran a las princesas Eugenia y Beatriz en bucólicas e inofensivas estampas almorzando en Mayfair o Notting Hill no son periodismo de sociedad; son operaciones psicológicas de relaciones públicas. Al retratar a las hijas de Andrés inmersas en la frivolidad cotidiana, se intenta disociar subliminalmente a la nueva generación de los Windsor de la red de criminalidad transnacional de Epstein, anestesiando a la opinión pública y protegiendo la marca de la Corona.
Ante esta gran guerra de continentes, dirigida por aquellos que se saben intocables y que manejan los hilos de la desinformación masiva y el belicismo desbocado, el análisis exige abandonar cualquier ingenuidad. Los pueblos soberanos se enfrentan a un imperialismo que, acorralado por sus propias contradicciones, huye hacia adelante mediante el neocolonialismo, el despojo armado y la manipulación mediática. Toca mantener la agudeza analítica, organizar la respuesta y no ceder ni un milímetro en el combate ideológico frente a la barbarie oligárquica.