Todos los países árabes deberían desconfiar de Israel - por Joaquín Rábago
Todos los países árabes deberían desconfiar de Israel
Joaquín Rábago
Los países árabes, aunque sean de mayoría suní y no shií como el pueblo persa, harían bien en desconfiar profundamente de Israel.
El Estado sionista no descansará hasta lograr establecer el Gran Israel, que prometió, según la Biblia, Jehová al pueblo judío con el llamado pacto de Abraham.
Territorio que se extiende, no “desde el rio (Jordán) hasta el mar”, como el que reclaman inútilmente los palestinos, sino desde el Nilo hasta el Éufrates, es decir desde tierras egipcias hasta Irak, país considerado cuna de nuestra civilización.
Es el sueño que persigue desde hace décadas el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu y que parece estar realizando poco a poco con las guerras en las que se ha embarcado del brazo de Washington.
El profesor estadounidense Jeffrey Sachs habla de un documento del Pentágono revelado por el general Wesley Clark, quien fue comandante supremo de la OTAN, según el cual EEUU ayudaría a Israel a conseguir ese objetivo.
El documento habla de siete países que serían uno tras otro víctimas de la política expansionista israelí: Irak, Siria, Líbano, Somalia, Sudán y finalmente Irán.
Según el profesor de la Universidad de Columbia y asesor de la ONU, el objetivo de Tel Aviv no sería otro que destruir aquellos países que se opusiesen a la dominación por el Estado sionista de toda la región.
La primera víctima fue el Irak de Sadam Husein, cuya invasión en 2003 por Estados Unidos y algunos de sus aliados, entre ellos el inevitable Reino Unido, fue el pistoletazo de salida para ese plan profundamente criminal.
Después de la guerra de Siria, que acabó en el derrocamiento del presidente Bashar al-Ásad y su sustitución por un ex terrorista de Al Qaeda, sólo quedaba Irán, y eso es lo que Israel trata de conseguir junto a EEUU con la operación Furia Épica.
Según Sachs, el inspirador de ese plan no es otro que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que ya habló de fomentar esas guerras en su libro “Fighting Terrorism” (“La lucha contra el terrorismo”).
“Terrorista” es para Netanyahu todo grupo nacionalista que oponga resistencia a las ambiciones de Israel, como Hamás, en Gaza, o Hezbolá, en el caso del Líbano, a los que aquél acusa de estar armados y manejados por Irán.
Y su archienemigo Irán es al que trata finalmente de destruir con ayuda, de su cómplice en genocidios.
Pero Irán, un país tan extenso como España, Francia, Gran Bretaña e Italia juntas y con cerca de 100 millones de habitantes, no es la pequeña Siria ni el tan diminuto como profundamente dividido país de los cedros.
No importa. Israel intenta convertir Irán en tierra quemada con la inestimable ayuda de Estados Unidos aunque arda de paso toda la región, incluidos los aliados árabes de Washington, como está ya ocurriendo.
Es por ciento que los gobiernos títeres de algunos de esos países hayan aceptado unos acuerdos de normalización de relaciones con el Estado sionista que llevan el nombre de “acuerdos de Abraham”.
¿No saben acaso lo que significa el Pacto Abrahámico al que se remiten hoy los sionistas israelíes en su desvarío expansionista?