De Ucrania al Cáucaso: el ajedrez entre Trump y Putin - por Chistian CirillI
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De Ucrania al Cáucaso: el ajedrez entre Trump y Putin
Chistian CirillI
LA VISIÓN
Un refrán argentino dice “el que se quema con leche, ve una vaca y llora”. Es simple y hasta gracioso, pero ilustra bien el hecho de que la desconfianza puede nacer de la experiencia y disparar, incluso, recordatorios rebuscados.
No implica vivir siempre a la defensiva, encerrado o renuente, pero sí tomar recaudos, exigir garantías y evitar recorrer los viejos caminos de la desilusión. Porque a veces, ese aprendizaje es el mejor antídoto para no tropezar dos veces con la misma piedra.
La negativa del Kremlin en evitar un alto el fuego en Ucrania, insistiendo en cambio en un acuerdo de paz concreto y definitivo, no es un capricho pasajero. Es fruto de múltiples desengaños en negociaciones con Occidente, cuyas decisiones y acciones suelen regirse por la aplicación de su particular “orden basado en reglas”.
Congelar el conflicto para “ir viendo qué pasa” implicaría para Moscú un fortalecimiento de la posición ucraniana, con el objetivo de prepararla para una próxima vez. La idea no es degollar las cabezas de la hidra mitológica, para que se regeneren y multipliquen indefinidamente, sino cortarlas y cauterizarlas con fuego, como hizo Heracles, para detener el ciclo de una vez por todas.
El Kremlin no tiene que remontarse a la Guerra Fría ni bucear en los albores de la Historia. El antecedente es reciente y se dio poco después del fatídico Golpe del Euromaidán. Está en los fallidos Protocolos de Minsk. Ellos son la vaca trashumante que recuerda la quemadura con leche.
Los acuerdos, diseñados para frenar el conflicto en el Donbás y encontrar soluciones intermedias, en realidad empoderaron a Kiev, que no dudó en reprimir con fuerza los levantamientos prorrusos.
Recordaremos que «Minsk I» tuvo lugar el 5 de septiembre de 2014, con el objetivo de lograr un alto el fuego inmediato y medidas de desescalada. Tuvieron como partícipes a Ucrania, Rusia, los separatistas de Donetsk y Lugansk, y la OSCE, bajo la obvia mediación bielorrusa. Y si bien se lograron ciertos puntos de confluencia —fundamentalmente en cuanto a no seguir el camino de la violencia—, lo cierto es que fue violado sistemáticamente desde el mismo momento de la firma, fundamentalmente, por parte de la cúpula banderista.
El acuerdo de Minsk I tuvo como función específica la desescalada. Lograba zonas de amortiguación de 15 km de ancho a cada lado de la línea de control, para evitar los ataques de artillería, también limitada en el milimetraje de sus calibres. Pero este acuerdo nació muerto…
Esto dio paso a un nuevo intento en «Minsk II», el 12 de febrero de 2015, con la incorporación de Alemania y Francia como “garantes” dentro del llamado “Formato Normandía”. El eje central del acuerdo fue la promesa de Ucrania de otorgar una autonomía especial a las regiones rebeldes mediante una reforma constitucional, dado que Rusia insistía que la salida al conflicto era que Lugansk y Donetsk recibieran un estatus especial que garantizara un amplio grado de autogobierno. Dicha autonomía daba control local sobre sus propias políticas internas, derecho a usar el idioma ruso y capacidad para organizar elecciones locales, además de manejo de los ingresos fiscales y recursos naturales. Ucrania terminó aceptando y firmando, pero siempre entendió que estaba accediendo a una secesión de facto y jamás respetó el acuerdo.
El 12 de febrero de 2015, en Minsk, Bielorrusia, se reunieron los presidentes de Rusia, Vladimir Putin, y de Ucrania, Petró Poroshenko. Como garantes del acuerdo estuvieron presentes el presidente de Francia, François Hollande, y la canciller alemana, Angela Merkel, bajo la mediación del presidente bielorruso, Alexander Lukashenko. El acuerdo alcanzado abrió la posibilidad de un futuro en el que Ucrania conservaría la soberanía formal sobre sus territorios del Donbás, otorgándoles, sin embargo, una autonomía amplia.
Es importante señalar que el Acuerdo de Minsk II no fue formalmente homologado por la ONU, sino que constituyó un acuerdo político multilateral basado en compromisos entre las partes involucradas, lo cual, en algún punto, debilita la posición rusa desde el punto de vista del Derecho Internacional.
No obstante, es preciso señalar que la Carta de la ONU (Artículos 1 y 55) contempla el derecho a la autodeterminación de los pueblos —generalmente expresado mediante plebiscitos—; un derecho que puede verse reforzado por el principio de protección de poblaciones en peligro, como efectivamente ocurría con el Donbás. De hecho, entre 2014 y 2022, murieron alrededor de 14.000 personas en lo que fue denunciado como una limpieza étnica encubierta. Estos argumentos son especialmente atendibles aunque contradigan el principio de integridad territorial de los Estados.
Mijaíl Tolstij, alias Givi (a la izquierda, a cara descubierta) y Arsen Pavlov, alias Motorola (de boina y barba pelirroja) fueron dos carismáticos comandantes militares separatistas de Donbás. Ambos fueron asesinados por el SBU a través de atentados con bombas, marcando una senda metodológica que luego sería replicada en la guerra abierta contra los rusos.
De hecho, fueron justamente esas las razones esgrimidas por Occidente Colectivo para promover la independencia de Kosovo (escindida de Serbia) y de Timor Oriental (escindida de Indonesia), e incluso lo son para hacer la vista gorda ante la política colonial israelí en los territorios palestinos, o la usurpación británica de las Malvinas, aunque todavía no promuevan a viva voz la “usucapión” legal. Sin embargo, en el caso del Donbás o Crimea, para los ojos de Occidente no hubo ni habrá plebiscito, ni peligro existencial para los habitantes, que vulnere el sacrosanto fundamento de los límites “internacionalmente reconocidos” de Ucrania.
Ni siquiera Occidente consideró debatir la cláusula de «Responsabilidad para Proteger» (R2P, Responsability to Protect), básicamente, porque la misma fue adoptada por la ONU en 2005 para llevar a cabo “remodelaciones” geográficas… en su único y peculiar provecho.
Esta cláusula establece la obligación de los Estados y la comunidad internacional de proteger a las poblaciones civiles de eventos penales atroces como genocidio, crímenes de guerra, limpieza étnica y crímenes de lesa humanidad. La evidente inacción internacional ante las 14,000 muertes resultantes del conflicto en Donbás parece indicar que esa cifra no era evidencia suficiente para que el Consejo de Seguridad autorice una intervención humanitaria. Esto revela una aplicación selectiva de la R2P, que a menudo parece activarse solo cuando favorece los intereses occidentales.
Un claro ejemplo es la “crisis” de Libia en 2011, que dio lugar a la infame Resolución 1973. Esta intervención no solo derrocó al gobierno de Muammar Khaddafi —quien fue asesinado por linchamiento 1 —, sino que también resultó en la partición del país para la explotación de sus recursos naturales. De manera similar, la “crisis” en Sudán ese mismo año culminó, curiosamente, con la independencia de Sudán del Sur, la región más rica del país. En este caso, el referéndum de autodeterminación fue bienvenido y apoyado por la comunidad internacional.
La imagen del cuerpo de Muammar Khaddafi, entonces Jefe de Estado de una nación soberana, es un testimonio brutal de su asesinato. Fue capturado, sodomizado y linchado por milicias irregulares respaldadas por la OTAN. Pese a que no existían acusaciones consistentes en su contra que justificaran su ejecución, se le negó la oportunidad de un juicio. La entonces Secretaria de Estado, Hillary Clinton, celebró el evento con una efusividad que dejó en claro quiénes estaban detrás de esta acción. Irónicamente, el asesinato de Khaddafi se produjo bajo el amparo de la cláusula Responsabilidad de Proteger (R2P), un principio diseñado para evitar crímenes atroces. Este acto no solo contradijo la misión de la R2P, sino que constituyó un crimen atroz en sí mismo, al violar el derecho humanitario internacional. Específicamente, contravino las Convenciones de Ginebra, que prohíben la ejecución de una persona ya bajo custodia o hors de combat (fuera de combate).
Como se aprecia, la R2P, en lugar de ser un principio universal y humanitario como se proclama, se ha instrumentalizado como una herramienta geopolítica que legitima intervenciones en favor de agendas económicas y políticas específicas. ¿Por qué no se aplica ahora ante el escandaloso genocidio palestino?
Incluso, si profundizamos en el análisis, deberíamos cuestionar qué entendemos realmente por soberanía estatal cuando se impulsa un golpe de Estado que altera radicalmente la matriz ideológica de un país y lo subordina a organizaciones supranacionales como la Unión Europea o la OTAN (e incluso financieras, como el FMI).
De hecho, en una entrevista reciente, el vocero de presidencia, Dimitri Peskov, sostuvo que Rusia tendrá en cuenta el “déficit de soberanía” de Ucrania, indicando que “el período romántico se acabó” y “llegó la hora del pragmatismo… de basarnos en la experiencia de los años pasados”.
La opinión de Peskov refleja la postura de Rusia sobre los acuerdos, que considera que las violaciones e incumplimientos por parte de Ucrania y el fracaso de Alemania y Francia como mediadores demostraron la inviabilidad de una solución diplomática. Estas denuncias, hechas durante el período 2014-2022, indican que, para Rusia, la falta de resultados de los protocolos fue la justificación de sus acciones posteriores (Operación Militar Especial).
Desatada la respuesta técnico-militar rusa contra el ariete ucraniano, y ante la perspectiva inicial de una derrota rusa, tanto Hollande como Merkel admitieron burlonamente que su intervención como “garantes” tuvo como único objetivo “ganar tiempo” y militarizar Ucrania.
Esta confesión no fue solo un insulto y un acto de arrogancia occidental, sino que además evidenció que los acuerdos diplomáticos son vistos por Occidente como meras formalidades, fácilmente descartables.
El presidente ruso Vladimir Putin recibe la visita de la canciller alemana Angela Merkel y del presidente francés François Hollande, el 6 de febrero de 2015 en el Kremlin, con el objeto de buscar soluciones para la situación ucraniana. Estas conversaciones fueron fundamentales para alcanzar el Acuerdo que se firmaría en Minsk, el 12 de febrero. No obstante, ambos dirigentes europeos sabían que el Protocolo no sería adoptado y solamente buscaban una forma de “congelar el conflicto” para fortalecer militarmente a Kiev.
Actualmente, Rusia enfrenta un nuevo dilema. Las señales de “buena voluntad” de Washington para poner fin al conflicto en Ucrania, a través de una reunión bilateral, parecen tener un propósito: forzar un (inaceptable) alto el fuego. Esta movida se produce en un contexto de tensiones crecientes, donde Estados Unidos acaba de insertarse en la estratégica región del Cáucaso mediante el Tratado de Paz entre Azerbaiyán y Armenia. Esta zona, que conecta el mar Caspio con el mar Negro, siempre ha sido considerada un punto débil para Rusia. Al mismo tiempo, Washington impulsa una guerra comercial de sanciones y aranceles contra socios clave de los BRICS, como Brasil, India y China.
Pese a los discursos humanitarios y los llamados a la “paz”, la presión de Washington y sus aliados europeos sobre Moscú para alcanzar un alto el fuego parece tener una motivación estratégica clara: evitar la derrota del régimen de Kiev, permitiendo que su ejército se rearme y se prepare para retomar la guerra en un futuro más conveniente.
Sin embargo, es claro que Rusia no cederá hasta alcanzar sus principales objetivos de guerra: la neutralidad permanente de Ucrania (impidiendo su adhesión a la OTAN o a cualquier alianza de defensa) y su desmilitarización para que deje de ser una amenaza existencial. Detrás de estos, se encuentran objetivos secundarios como la anexión de los territorios de Donbás y Crimea, el levantamiento de las sanciones, la devolución de los activos rusos congelados por Occidente y la renuncia a pagar compensaciones de guerra.
El objetivo principal y definitivo de Rusia con respecto a Ucrania es que esta deje de ser utilizada como un instrumento ofensivo contra su seguridad. Moscú busca neutralizar la amenaza que representa Ucrania como una herramienta de la OTAN, una Alianza que, por cierto, ha evitado implicarse directamente en el conflicto, optando en su lugar por una guerra subsidiaria.
Las intenciones rusas respecto de Ucrania han quedado de manifiesto en las afirmaciones del primer representante permanente adjunto de la Federación ante el Consejo de Seguridad de la ONU, Dimitri Polianski. El Kremlin pretende tener un vecino “normal”, no un Estado diseñado como una “Anti-Rusia”.
La muy buscada por Washington reunión bilateral entre Donald Trump y Vladimir Putin, que en un inicio se sondeó para desarrollarse en Abu Dabi, Emiratos Árabes Unidos —aprovechando la sintonía especial del jeque Mohamed bin Zayed Al Nahyan con ambas figuras estelares, y en oportunidad de que casualmente visitó el Kremlin el jueves 7 de agosto —, dio lugar a una reunión que se desarrollará en Anchorage, Alaska, el 15 de agosto. 2
En presencia de presidente emiratí, Putin ha deslizado que podría reunirse con Donald Trump en Abu Dabi, atento a que ambos dirigentes consideran a Mohamed bin Zayed Al Nahyan como un “amigo en común”.
No obstante lo manifestado en su momento, Donald Trump ha anticipado a través de la red social Truth que habrá una reunión bilateral con Vladimir Putin el 15 de agosto de 2025 en Alaska.
Resulta sumamente revelador que, para “poner fin a la guerra ruso-ucraniana”, las negociaciones se planifiquen exclusivamente entre Rusia y Estados Unidos. La exclusión de Ucrania —que ha pagado un precio en sangre devastador—, del Reino Unido —el principal manipulador detrás de escena— y de los miembros de la Unión Europea —que cargarán con la reconstrucción y el sostenimiento de la OTAN—, demuestra la verdadera naturaleza de este conflicto, donde la autonomía de estos actores no tiene cabida en la mesa de negociaciones.
Donald Trump dándole muy pocas vueltas al asunto. La presencia de Volodimir Zelenski no es importante.
Nadie ignora las gestiones establecidas por el presidente emiratí para buscar algún tipo de acuerdo que finalice la carnicería a la que Rusia está sometiendo a Ucrania, pero probablemente fuera más contundente la gestión previa realizada por el emisario especial Steve Witkoff, quien visitó Moscú por quinta vez este 6 de agosto, para entrevistarse personalmente con Putin y su asesor internacional, Yuri Ushakov.
El enviado especial de Donald Trump, Steve Witkoff, en su última reunión con Vladimir Putin, el 6 de agosto de 2025, en el Kremlin. Detrás, parado, se encuentra Yuri Ushakov.
Existen algunos indicios auspiciosos respecto de este encuentro y otros que permanecen como zonas grises.
En primer lugar, la aceptación de Putin, incluso, de ir al encuentro “de visitante” en territorio estadounidense, implica que existe un pre-acuerdo ventajoso para ambas partes. Para Rusia ello consiste en poner sobre el tapete, y en potencia desactivar, las “causas fundamentales” del conflicto, que como todos saben, rondan sobre la expansión atlantista hacia el este. Para Estados Unidos, implicaría una retirada honorable del conflicto, con un aprovechamiento geoeconómico por “la inversión de todos estos años”.
Si analizamos las medidas de Trump respecto a Ucrania, se evidencia una política que desafía el enfoque de la administración Biden. Los puntos clave de sus acciones incluyen:
- Acercamiento a Rusia: Trump autorizó la primera reunión diplomática entre Estados Unidos y Rusia en Riad —que tuvo lugar el 18 de febrero—, rompiendo la política de incomunicación de Biden y buscando soluciones económicas y diplomáticas para el conflicto. [Ampliar con «La derrota definitiva de Ucrania»]
- Presión sobre Ucrania y sus aliados:
- Cuestionó a Zelenski, acusándolo de provocar una Tercera Guerra Mundial (28 de febrero) y ninguneó los esfuerzos de escalada de líderes como Macron y Starmer (24 y 27 de febrero).
- Retiró el apoyo militar y de inteligencia a Kiev en un momento crítico de la reconquista rusa en Kursk. [«La reconquista rusa de Kursk»]
- Decisiones económicas favorables a Rusia:
- Exceptuó a Rusia de los aranceles que impuso el 2 de abril, mientras que a Ucrania le aplicó una tarifa del 10%. [«Curva y contracurva para la paz en Ucrania»]
- Independencia de la política europea:
- Se negó a coordinar posiciones con los aliados europeos en la «Mesa de Convergencia» organizada por Macron los días 17 y 18 de abril, mostrando una falta de interés en consolidar un frente unido contra Rusia. [«Ucrania al confesionario»]
- Negociaciones directas e independientes:
- Firmó un acuerdo de minerales con Ucrania sin exigir garantías de seguridad el 30 de abril.
- Tuvo una conversación telefónica con Putin y luego declaró que la guerra “no es mi guerra” y que Estados Unidos se había “enredado” en ella. Esta declaración se produjo poco después de que Putin anunciara la decisión de lograr “áreas de amortiguación” y justo antes de la Cumbre OTAN de La Haya, lo que subraya su postura de distancia del conflicto.
Se podrá decir que Estados Unidos no dejó de proporcionar información y armamento a Ucrania, o que la Operación Spiderweb tuvo que contar necesariamente con la complicidad estadounidense. Es verdad. Pero el mismo Kremlin hizo notables esfuerzos para seguir la vía de la “negación plausible”, creyendo de buena fe que Trump no estaba al tanto de esas operaciones y que posiblemente haya sido el Deep State operando autónomamente.
Las recientes bravuconadas de Trump, anunciando una fecha límite y cuentas regresivas para que Moscú acepte un alto el fuego bajo amenazas de “sanciones infernales” han caído en saco roto. El mismo Trump terminó confesando que:
Si llega la fecha límite y Rusia no ha aceptado un alto el fuego, habrá sanciones. Pero (Moscú) parece bastante bueno para evitarlas. Son personas astutas y bastante hábiles para eludirlas.
Los intentos de extorsionar a China, India y Brasil [ver «Detrás de todo, la ideología» y «El vasallaje es el costo de salvar la unidad europea»] para que dejen de comprar barato petróleo ruso han fracasado. China, en particular, ha contraatacado con un golpe estratégico: prohibió la exportación de tierras raras a Estados Unidos. Esta medida encarece significativamente la producción de componentes clave para el Complejo Militar-Industrial estadounidense, como microelectrónica, motores, sistemas de misiles y satélites.
Por el contrario, Rusia parece decirles a los Estados Unidos que tiene asegurados los insumos para la fabricación de sus misiles: y no se trata de chips de lavadoras y neveras —como afirmara con estupidizante soberbia Ursula von der Leyen en 2022—, sino de los minerales críticos, muchos de los cuáles provienen de China. Rusia ha declarado que los misiles hipersónicos balísticos Oreshnik ya están en producción en serie y que no se considera atada por el Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), lo que le da vía libre para desplegar misiles balísticos y de crucero de corto y medio alcance.
La cuestión adquiere mayor sentido cuando recordamos que el Tratado INF —firmado por Reagan y Gorbachov en 1987—, fue desconocido en 2019 por el mismísimo Donald Trump, sacando ventaja del Escudo Antimisiles desplegado en arco contra las fronteras rusas.
El presidente Donald Trump, flanqueado por el entonces asesor de Seguridad Nacional, el hiper-belicista rusófobo John Bolton, se refiere a la posible retirada de Estados Unidos del Tratado INF. Fue en la Cumbre OTAN de Bruselas, acaecida los días 11 y 12 de julio de 2018. El 20 de octubre de ese año, Trump terminó anunciando su intención de retirarse del tratado, acusando a Rusia de haberlo violado con el desarrollo y despliegue del misil de crucero SSC-8 (9M729 Novator, según la terminología rusa).
India viene resistiendo los embates de Trump. Sin embargo, como gran parte de su aristocracia empresarial está ligada ideológicamente a Washington, Modi realmente enfrenta un dilema de gobierno: ceder a la agenda occidental que busca debilitar su autonomía o redefinir su política exterior para preservar su soberanía. Por ahora, India ha rehusado comprar los cazas furtivos Lockheed-Martin F-35A, elegidos por la IAF en una preselección.
Trump ha llevado los aranceles contra India al 50%, a los efectos de dañar la economía rusa basada en las exportaciones petroleras, y asimismo, dinamitar la cohesión de los BRICS.
Putin se ha entrevistado con el asesor de Seguridad Nacional, Ajit Doval, enviado específicamente por Narendra Modi, para hacer frente a esta ofensiva estadounidense a varias bandas y llevar la asociación estratégica a niveles superlativos.
El asesor de Seguridad Nacional de la India, Ajit Doval, es recibido por el presidente ruso Vladimir Putin en el Kremlin, el 7 de agosto de 2025.
Así las cosas, desde que Trump anunció sus aranceles contra China e India, ambos gobiernos no solamente han rechazado la apretada como una interferencia irresponsable en sus economías, sino que han prometido seguir comprando petróleo a Rusia. ¡E incluso hasta Beijing y Delhi han mantenido conversaciones! ¡Modi prometió visitar China en oportunidad de la Cumbre de la OCS, este 31 de agosto!
La próxima cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) se celebrará en Tianjin, China, del 31 de agosto al 1 de septiembre de 2025 y contará con la presencia del primer ministro indio Narendra Modi. Aquí, ambos mandatarios cuando tuvieron un encuentro bilateral durante la Cumbre BRICS de Kazán, Rusia, el 24 de octubre de 2024.
A Trump le queda, por supuesto, su posición fortalecida en el Cáucaso.
El 8 de agosto, Armenia y Azerbaiyán, con la mediación de Estados Unidos, firmaron un acuerdo para poner fin a su conflicto. En este acuerdo, Armenia cedió importantes territorios, un movimiento que algunos interpretan como una estrategia de Estados Unidos para debilitar a Rusia, similar a lo que hizo con Ucrania.
Esto lo he explicado de manera ultra-detallada en un artículo que me llevó tres episodios: El Cáucaso como amenaza [Parte 1], El Cáucaso como amenaza [Parte 2] y El Cáucaso como amenaza [Parte 3].
El momento en que el presidente azerbaiyano Ilham Aliyev y el primer ministro armenio Nikol Pashinián se dan la mano bajo la mediación de Donald Trump, que toma efusivamente la mano de ambos.
Si bien no está incluido en el acuerdo, es más que obvio que Armenia se retirará de la OTSC, la alianza de seguridad creada por Rusia para preservar el espacio post-soviético euroasiático. Hoy por hoy la OTSC la componen Armenia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Rusia y Tayikistán. Probablemente, esto se vea acompañado por la membresía OTAN de Armenia y Azerbaiyán —que pasarán de enemigos (entre sí) a socios conjuntos del Occidente Colectivo—, lo que significa que la OTAN accederá al mar Caspio vía corredor de Zangezur, que será administrado por… Estados Unidos.
Y aquí está el ardid: mientras Estados Unidos cierra el asunto ucraniano, donde ya no puede ganar, estaría abriendo el escenario caucásico. En otras palabras, en lugar de reducir las tensiones y la amenaza de la OTAN, Trump está firmando un plan para continuar el cerco de la OTAN a Rusia, por el flanco sur. La guerra podría estar simplemente mudándose de escenario…
Armenia, durante años bajo la protección de Moscú, ha decidido traicionar su propia tradición y venderse al enemigo. Hasta ha desconocido la sangre de sus muertos y pactado con (los proyectos de) Recep Tayyip Erdoğan. Panishián presionará por erradicar las bases rusas y se desentenderá de su centenaria relación con Teherán.
Tras la guerra de reconquista de Nagorno-Karabaj, el presidente Aliyev salió fortalecido al unificar su territorio. Sin embargo, más allá de los objetivos nacionalistas, su rol en un proyecto pan-turco lo convierte en una pieza clave de Ankara. Con ello, la expulsión de la influencia rusa e iraní en la región apenas comienza.
Bakú y Ereván llegaron a un acuerdo estratégico: ser amparados por el gran proyecto pan-otomano, y detrás de él, el «Gran Juego» angloestadounidense para seguir extendiendo y cercando a Rusia (e Irán). Aliyev tiene visión lejana (estratégica). Pashinián solo quiere inversiones occidentales y una paz a cualquier precio.
Para la Federación Rusa, este es un problema grave. Iguala, en cierta medida, a la polémica instalación de la base aérea estadounidense en Manas (Kirguistán), abierta en 2001 y cerrada bajo presión rusa ¡y china! en 2014.
Así las cosas, la reunión prevista el 15 de agosto en Alaska entre los presidente Trump y Putin —y a pesar de las reticencias europeas y del régimen banderista—, podría significar un principio de reconocimiento de la victoria rusa. Quizás no se trasluzca en un alto el fuego inmediato, sino en algunos puntos esenciales sobre los cuáles trabajar.
Trump no considera poner fin a la guerra en Ucrania por simpatía con Rusia, sino porque sabe perfectamente que Ucrania es irremontable. Si no la preserva ahora para los intereses estadounidenses, caerá como un castillo de naipes más pronto que tarde. Pero la estrategia a largo plazo de contrarrestar a Rusia persistirá.
Estados Unidos tiene “en el bolsillo” a la Unión Europea. La domina ideológica y económicamente. Ellos pagarán gran parte de los futuros esfuerzos de guerra (contra Rusia) —ya han accedido a comprometer hasta el 5% del PIB para la OTAN—, soportando incluso la carga financiera de la reconstrucción ucraniana. El sistema estatal profundo estadounidense tiene una estructura inercial que se resiste a dar concesiones en contra los intereses imperialistas estadounidenses, por lo que más allá de las palabras que diga Trump, una retirada parcial en una parte se compensará con una avanzadilla en otra.
Veremos qué posición adopta el Kremlin. Putin no se apartará de las condiciones que esbozó en junio para la resolución del conflicto: la retirada de las tropas ucranianas de Donbás y Novorrusia; el compromiso de Kiev de abstenerse de unirse a la OTAN; el levantamiento de todas las sanciones occidentales contra Rusia; y el establecimiento de una Ucrania no alineada y libre de armas nucleares.
Logrado esto, se enfocará en la defensa conjunta del Cáucaso, junto a Irán y (decididamente) junto a China, que no quiere un bloque pantúrquico en Asia Central que afecte a su región autónoma occidental de Sinkiang.
- La frase “We came, we saw, he died” (“Llegamos, observamos, murió”) fue dicha por Hillary Clinton en un reportaje en 2011. Fue una desafortunada versión irónica del famoso “Veni, vidi, vici” de Julio César. Marcaba el reconocimiento impúdico de que la idea no era proteger a ningún pueblo libio sino derrocar vía asesinato a Muammar Khaddafi, destruir el Estado libio y fraccionar el territorio para una utilización instrumental. ↩︎
- Posiblemente, la elección de Alaska tenga un significado simbólico. Nadie ignora que esos territorios fueron parte del Imperio Ruso hasta 1867, cuando el zar Alejandro II vendió esas tierras a Estados Unidos, entonces bajo la presidencia de Andrew Johnson. Estados Unidos pagó 7,2 millones de dólares en oro. ↩︎
Gracias a Chistian CirillI y LA VISIÓN y a la colaboración de Federico Aguilera Klink
https://chcirilli.wordpress.com/2025/08/10/de-ucrania-al-caucaso-el-ajedrez-entre-trump-y-putin/