UNIÓN EUROPEA: ¿Defensa de la democracia o simplemente censura? - por Joaquín Rábago
UNIÓN EUROPEA:
¿Defensa de la democracia o simplemente censura?
Joaquín Rábago
Bruselas está cada vez más visiblemente preocupada por las dificultades de lo que llamaríamos “controlar el relato” y ha decidido montar un aparato que califica de “escudo de la democracia”.
No le basta al parecer con haber prohibido a los ciudadanos europeos el acceso a todos los medios rusos por supuestamente intoxicadores, sino que quiere controlar también lo que se difunde en las plataformas tecnológicas.
Lo disfraza oportunamente de combate contra la “desinformación” y las amenazas “híbridas” que proliferan, según la Comisión, en las redes sociales y que por el momento nadie controla.
Nadie pueda negar el uso y abuso que se hace de las redes para difundir, por ejemplo, lo que llaman “mensajes de odio”, ya sean homófobos, xenófobos o de otro tipo.
Algo que por supuesto hay que perseguir con la ley en la mano, pero es de muy de temer que no se trata sólo de eso, sino de impedir que se difundan ciertos contenidos que ponen en tela de juicio la versión de lo que sucede que interesa a Bruselas.
Me refiero sobre todo a la amenaza que parece ver la Comisión en los medios digitales que han surgido a ambos lados del Atlántico y en los que trabajan en muchos casos periodistas de investigación que se limitan a hacer lo que hizo siempre fue el buen periodismo: cuestionar al poder, no creerse siempre lo que a éste le interesa contar.
Es lo que ocurre, por ejemplo, con las informaciones relacionadas con la guerra de Ucrania y la necesidad urgente, que dice Bruselas, de armarnos frente a una Rusia que amenaza con atacarnos una vez se haya tragado, si se le deja, al país vecino.
La consigna de Bruselas, es decir de la Comisión que preside la alemana Ursula von der Leyen, es que hay que mentalizarse de que estamos en una nueva época, que exige un “cambio de chip”.
El papel de los medios es pues convencer a la opinión pública europea de que no podemos seguir cómodamente arropados en el Estado de bienestar de la larga posguerra, sino que hay que aceptar los sacrificios que exige el momento.
Sacrificios que incluyen aceptar recortes en los servicios públicos o en las pensiones porque no hay dinero para todo, y lo urgente es militarizar a nuestras sociedades a fin de que estén preparadas para un conflicto militar con Rusia al que incluso se ha puesto fecha.
Es por tanto molesto cuanto signifique poner en cuestión esa narrativa, preguntarse, por ejemplo, por qué hace tiempo que se abandonó algo que llamábamos “diplomacia” y que de pronto parece inservible.
Se niega a aceptar Bruselas que en medios digitales se recuerde que se desaprovecharon oportunidades como los acuerdos de Minsk o las negociaciones de Estambul y que fue en ambos casos Occidente, y no la Rusia de Putin, como sostiene la OTAN, quien rompió la baraja.
Ni se puede tampoco escribir, porque es “desinformación”, que el presidente ruso en ningún momento ha declarado que sea su plan ocupar toda Ucrania y mucho menos, atacar después a las Repúblicas Bálticas o a cualquier otro país de la OTAN, como afirma una y otra vez Bruselas y repiten acríticamente los medios.
Como no se puede ya hablar, como hace años, de los elementos ultranacionalistas y aun neonazis en las esferas de poder de Kiev o en sus Fuerzas Armadas ni de la corrupción allí existente o de la prohibición por el Gobierno de partidos y medios críticos, sino que hay que escribir siempre que los ucranianos defienden con su sangre “nuestros valores”.
Denunciar todo eso es simplemente “guerra híbrida”, “desinformación”, repetir la propaganda del Kremlin, algo que convierte automáticamente a quien lo hace en “putinófilo”. “Roma (Bruselas) locuta, causa finita”.