La Unión Europea y el euro: ¿supervivencia, resurgimiento o suicidio? - por Alessandro Scassellati
La Unión Europea y el euro: ¿supervivencia, resurgimiento o suicidio?
Alessandro Scassellati
TRANSFORM! ITALIA
Traducción: Carlos X. Blanco
La cuestión de si la Unión Europea y el euro pueden sobrevivir en el nuevo contexto político y económico internacional se plantea cada vez más. Durante décadas, Europa ha experimentado una multicrisis —demográfica, económica, social y política— que parece imparable y definitiva. La guerra en Ucrania y el genocidio en Gaza han puesto de manifiesto su insignificancia internacional, su incapacidad para defender un interés específicamente europeo y su total apatía ante el colapso de su tan cacareado modelo productivo y social. La Unión Europea se presenta como una región modesta y mercantilista, ahora privada de un modelo productivo funcional y excluida de las nuevas cadenas de valor del proceso de acumulación capitalista.
En Eurosuicidio. Cómo la Unión Europea asfixió a Italia y cómo podemos salvarnos (Fazi Editore, Roma 2025), el economista, filósofo, poeta y activista Gabriele Guzzi (nacido en 1993) lanza una dura crítica al euro y a la arquitectura de la Unión Europea, describiéndolos como parte de un proyecto que, por su propia naturaleza institucional, regulatoria y monetaria, está llevando al continente a una marginación irreversible. Guzzi argumenta que el declive de Europa no es un accidente histórico, sino el resultado deliberado de un modelo económico —el del ordoliberalismo alemán— que ha priorizado la estabilidad de precios y la disciplina fiscal en detrimento del crecimiento económico, la soberanía democrática y la cohesión social.
«Europa no está en crisis: es la crisis» (p. 3). Así se resume la tesis de este libro. Un diagnóstico lúcido e implacable del fracaso estructural de la Unión Europea, tal como fue concebida desde su creación (con el Tratado de Maastricht, firmado el 7 de febrero de 1992) y aplicada durante los últimos 34 años. El término «suicidio» se refiere a la incapacidad de las élites europeas para abandonar los dogmas económicos neoliberales, que ahora han fracasado claramente ante un mundo en transformación radical. La de Guzzi es, por tanto, una de las críticas más sistemáticas y actualizadas de los fallos y debilidades estructurales de la UE.
Guzzi se ha propuesto proponer una interpretación de la UE que aborde directamente la realidad de los hechos, desafiando así un discurso público «aún en gran medida atrapado en una retórica que considera la moneda única indescriptible» (p. 5). Y así, crear una nueva conciencia pública, abandonando mitos consoladores: la ideología de la generación Erasmus (que en realidad está mucho peor que la generación pre-Maastricht), los buenos sentimientos y el europeísmo superficial. «La necesidad de esta nueva conciencia se hace cada vez más urgente a medida que la situación internacional se vuelve más extrema. De hecho, es evidente que la UE es hoy una institución completamente incapaz de representar adecuadamente las necesidades de seguridad y paz de los principales países europeos» (p. 4).
El texto demuestra cómo la Unión Europea es una institución supranacional verticalista, jerárquica y tecnocrática, un «hircocervo –una quimera- de tipo jurídico», una «monstruosidad institucional», superpuesta a los Estados-nación democráticos, completamente desprovista de verdadera legitimidad democrática (ni siquiera la clásica separación entre poderes legislativo, ejecutivo y judicial enunciada por Montesquieu, característica fundamental de las democracias liberales), y que opera con procesos de toma de decisiones en gran medida oscurecidos por las dinámicas transaccionales intergubernamentales y la presión de los países más fuertes y los grandes operadores financieros e industriales transnacionales. Este sesgo no fue resultado de un error, sino de una elección ideológica. «Desde el principio, se pretendió crear la brecha de soberanía deseada y estructural: los Estados-nación la perderían, pero las instituciones europeas no la recuperarían por completo. El aparato cultural de la época buscaba este resultado, ya que se basaba en una concepción apolítica, antiestatal y elitista de la relación entre democracia y capitalismo» (p. 61). Por lo tanto, cualquier hipótesis de un mayor fortalecimiento del poder de esta estructura debe considerarse con gran preocupación. «Justo cuando la UE pretende asumir nuevas competencias militares y geopolíticas, con planes de rearme, sin abordar sus deficiencias de legitimidad institucional y democrática, se necesita un cambio de rumbo claro. El fracaso de una moneda sin Estado debería hacernos abordar con terror la posibilidad misma de crear un ejército sin Estado y, por lo tanto, sin democracia» (p. 8).
El estilo de Guzzi es apasionado y polémico. Al reconstruir el "proyecto Unión Europea/Euro", no se limita a las cifras, sino que entrelaza el análisis económico con una crítica filosófica de la modernidad neoliberal, a la que acusa de haber vaciado de sentido y futuro a las naciones europeas (y a Italia en particular). Quienes concibieron e implementaron el Tratado de Maastricht —un tratado sobre la Unión Europea destinado a crear la "moneda única" que conduciría a la fusión de los estados-nación europeos—, como tantos Dr. Frankenstein, eran conscientes de que estaban llevando a cabo un experimento antropológico (político-tecnocrático) destinado a generar una nueva especie humana: el homo europeaeus. El euro fue la frontera más avanzada de este experimento y, según Guzzi, el acto fundacional del eurosuicidio. Reunir a diferentes países, con diferentes economías, diferentes mundos laborales, diferentes tasas de inflación, diferentes políticas industriales y diferentes relaciones sociales en una única unión monetaria, sin prever simultáneamente una verdadera unión política [con transferencias fiscales masivas], significó preparar todas las condiciones previas para la autoaniquilación económica, tecnológica, geopolítica y social. Y esto es exactamente lo que ocurrió (p. 4). Un problema que no hizo más que agravarse con las ampliaciones posteriores, hasta el punto de incluir a 27 países. En consecuencia, se incumplieron los tres objetivos principales que, según las élites políticas y económicas que lo impusieron, se suponía que debía lograr el euro: promover el crecimiento económico del continente (en 1992, el PIB de la UE representaba más del 27 % del mundial, ahora solo el 16 %), reducir las divergencias entre países (que han aumentado) y representar un competidor creíble del dólar como moneda de reserva internacional (solo el 20,5 %, frente al 58,4 % del dólar).
En este proceso, Guzzi demuestra por qué Italia pagó el precio más alto (capítulos 1 y 2). De hecho, como habían argumentado destacados economistas internacionales de todas las corrientes de pensamiento, Italia era el país menos apto para el modelo ordoliberal que sustentaba la UE (sostenían que Italia seguiría prosperando con "devaluaciones competitivas" de la lira). La decisión de Italia fue diseñada y guiada por una tecnocracia de centroizquierda, estrecha y politizada (entre ellos, Giuliano Amato, Beniamino Andreatta, Piero Barucci, Sabino Cassese, Carlo Azelio Ciampi, Lamberto Dini, Antonio Maccanico, Mario Monti, Mario Draghi, Romano Prodi, Tommaso Padoa-Schioppa y Paolo Savona), que pretendió apoyar acrítica, dogmática y religiosamente esta integración europea, sin percatarse de las dramáticas consecuencias materiales que se estaban desatando. Una élite que (desde finales de la década de 1970; Guzzi centra su atención en cuatro años del punto de inflexión: de 1978 a 1981) ha cultivado la idea de la "restricción externa" (lúcidamente teorizada por Guido Carli y luego transformada en el obsesivo y omnipresente "Europa nos pide") como una necesidad existencial (para "reformular la constitución material del país sin pasar por el laborioso, lento e impredecible proceso democrático" y "mantener a raya los impulsos primitivos"), fundada en la confianza en un "modelo nórdico considerado ontológicamente mejor". Para Guzzi, se trataba de una élite dedicada al "mantra suicida de las reformas" (un "reformismo neoliberal desde arriba" que supuestamente corregiría una "educación mediterránea en la pereza") con un "enfoque pararreligioso que rozaba la expectativa milenarista... El italiano tenía que morir, el alemán que llevamos dentro tenía que nacer" (p. 30). Según este plan palingenético, Italia debía ser "salvada de sí misma" y obligada a "modernizarse", haciendo incompatibles "el Estado multiclasista, la sanidad y la educación gratuitas, el pleno empleo y, por ende, la resolución laboral de los conflictos sociales" (p. 151). Era necesario diluir el "diafragma de protección" (el Estado de bienestar previsto por la Constitución), como lo definió Padoa-Schioppa, entre el individuo y la crudeza de la realidad.
Pero al final, los alemanes demostraron ser similares a la imagen que tenían de nosotros, mientras que nuestro país se vio arrastrado a una progresiva desertificación productiva, al abandono del Sur y de las llamadas "zonas internas" (alrededor del 60% del territorio), y al desastre social (la creciente desigualdad económica y la "zombificación de la sociedad italiana"). "El alarmante declive que nuestro país viene experimentando desde mediados de la década de 1990, cuando el proceso de integración entró en pleno apogeo, con un estancamiento en prácticamente todas las variables económicas significativas, encuentra su causa institucional más significativa en la UE" (p. 4). Las cifras que presenta Guzzi, relativas a la evolución del PIB (+5% entre 1999 y 2022), el poder adquisitivo, la producción media por hora trabajada, la productividad total, los salarios reales (que cayeron un 3,5% debido a la flexibilización, la precariedad laboral, la "devaluación del trabajo" y la derrota de los sindicatos), la participación de los salarios en el ingreso nacional y la parte de la riqueza neta y del ingreso del 1% más rico (que aumentó un 120% entre 1983 y 2023), son claras e ilustran el carácter dramático de nuestro persistente estancamiento económico, que no muestra señales de terminar. En esencia, Italia ha cometido uno de los mayores actos de autodestrucción de la historia económica moderna. Un país desarrollado, con empresas innovadoras, salarios en aumento, tasas de desigualdad en descenso, una posición relativamente sólida en las cadenas de valor y un dinamismo geopolítico quizás superior a sus capacidades, que deja de crecer debido a una adhesión acrítica a una moneda ineficiente: esta es la gran pregunta que la experiencia de Italia con el euro dejará a las futuras generaciones de académicos (p. 29).
Por otro lado, la generación de Maastricht (los nacidos en la era de la integración) "experimentó el desmantelamiento de la industria pública, la reducción de la inversión en salud y educación, la austeridad, las liberalizaciones, las privatizaciones, el predominio de pequeños grupos financieros en detrimento de los trabajadores, la deriva tecnocrática de la política, la pérdida de poder de los poderes públicos, la deflación salarial y el desempleo" (p. 16). Guzzi concluye que "en esencia, el euro ha eliminado cuarenta años de desarrollo económico de nuestro país en relación con otras naciones, devolviéndonos a la situación que teníamos al final del milagro económico" (p. 25). Al respecto, véanse también nuestras reseñas de los dos últimos informes del Censis sobre la situación social del país ( aquí y aquí ), así como nuestro análisis de la pobreza en Italia .
Sin embargo, estos son efectos destructivos que ahora se extienden por todo el continente. «Las deficiencias estructurales y originales de la UE, que han perjudicado a Italia durante treinta años, son ahora un obstáculo para todos los demás grandes países europeos. El eurosuicidio se está convirtiendo en un tema recurrente. Por lo tanto, este es el mejor momento para un replanteamiento radical» (p. 5). Las normas europeas (restricciones a las ayudas estatales, políticas de austeridad con drásticas medidas de contención fiscal, burocracia asfixiante) han impedido y siguen impidiendo la inversión en infraestructuras y sectores económicos innovadores, políticas industriales, así como el surgimiento de «campeones nacionales» capaces de competir en los campos de la inteligencia artificial y la transición energética (pensemos, por ejemplo, en los coches eléctricos). Mientras el resto del mundo —especialmente China y Estados Unidos— invierte masivamente, la UE se limita a regular sectores que no domina. Se ha convertido en un desierto de innovación debido a sus propias normas. El Pacto de Estabilidad y Crecimiento (un derivado del paquete de austeridad de Maastricht, incluso en su reforma post-Covid) es una soga al cuello que impide el pleno empleo y el desarrollo.
No es casualidad que incluso uno de los "sumos sacerdotes" de esta Unión Europea, Mario Draghi, pintara el futuro económico de la UE con colores sombríos (Europa se está "agonizando" porque está perdiendo el desafío tecnológico ante EE. UU. y China) en su informe ( aquí y aquí ) sobre una estrategia para el futuro de la competitividad europea (véase nuestro artículo aquí ). Desafortunadamente, Guzzi no aborda este tema en su libro, revelando una comprensión contradictoria del "rescate" de Europa. Si bien ambos coinciden en que Europa se encuentra en una crisis existencial, sus soluciones divergen radicalmente. Las propuestas de Draghi —más integración (más Europa) y deuda común (más integración financiera para financiar defensa, energía e IA) sin una verdadera reforma del tratado— son simplemente una obstinación terapéutica que no resuelve la contradicción fundamental que Guzzi destaca: una unión monetaria sin liderazgo político soberano. Guzzi argumenta que la deuda común, sin una verdadera soberanía política y monetaria, es simplemente una forma de mantener a flote un sistema enfermo. El problema no es solo la falta de recursos financieros, sino el marco regulatorio (los Tratados) que impide a los Estados implementar una política industrial eficaz. Para Guzzi, Europa debe dejar de ser un "regulador" y volver a ser un conjunto de Estados soberanos que invierten. Los Estados europeos no tienen control sobre la moneda en la que se endeudan, y el poder monetario ha asumido un peso desproporcionado en los equilibrios institucionales. Esto ha provocado una grave reducción de la sustancia democrática y ha exacerbado las crisis financieras. La idea implícita tras el orden político europeo era, de hecho, confiar cuestiones de segundo y tercer orden al funcionamiento democrático, mientras que las decisiones reales —las relativas a la economía, la moneda y, ahora, la geopolítica— debían dejarse en manos de expertos independientes. La historia nos ha demostrado que todo esto es un gran engaño. El sesgo tecnocrático produce un poder que es fundamentalmente político, pero no democrático. Hoy deberíamos ser más conscientes cuando hablamos de "más Europa", especialmente en contextos geopolíticos o militares, sin denunciar simultáneamente la naturaleza antidemocrática de la Unión. (págs. 74-75)
El análisis de Guzzi (capítulos 3 y 4) desmantela la narrativa dominante italiana y europea sobre una Italia indisciplinada y antieuropea, que vivió por encima de sus posibilidades y no hizo sus «deberes» (las «reformas estructurales»). «Italia no ha sido indisciplinada; al contrario, ha sido el país que más que ningún otro ha seguido las directrices europeas en prácticamente todas las cuestiones sociales, económicas, políticas, productivas, sanitarias, financieras e industriales. Su adaptación a los nuevos dogmas [neoliberales] ha sido incuestionable y se ha llevado a cabo con obstinación y terquedad. Pero es precisamente este conformismo, y no la supuesta rebelión, lo que ha constituido la principal causa de nuestro declive» (p. 6). Es precisamente a través de la continua y persistente “implementación” de “reformas estructurales” que “nos hemos transformado casi en una economía en desarrollo que, en lugar de centrarse en el mercado interno y en sectores de alto valor agregado, ha basado su modelo de crecimiento en las exportaciones, los bajos salarios y los sectores tradicionales de la industria del siglo XX” (p. 88).
Italia ha sido el gran laboratorio político de Europa para la implementación de reformas estructurales en el sistema de pensiones, el sistema industrial, las instituciones financieras, las empresas públicas, la estructura laboral, el sistema educativo y la sanidad. «Siempre que estos remedios no funcionaban y el crecimiento seguía siendo decepcionante, el argumento oficial era que Italia aún no había implementado las reformas suficientes. La cura no era efectiva porque no habíamos tomado suficiente medicamento. Así pues, se promulgaron otras reformas que no impulsaron el crecimiento, y por lo tanto se impusieron otras que acabaron empeorando la situación, en un círculo vicioso de conformismo y pereza intelectual» (p. 79). Con el estribillo de «Europa nos lo pide», Italia ha sido testigo de una verdadera «revolución pasiva». Así, «de una economía mixta con amplia participación estatal, se produjo una rápida transición, sin un escrutinio democrático explícito, a una regulación [neoliberal] basada en la competencia, la privatización, la competitividad y la reducción del papel del sector público» (p. 79). En el momento de la firma del Tratado de Maastricht, el Estado italiano era el mayor empleador del país, aportando casi el 20 % del empleo nacional total. Controlaba el sector crediticio mediante la propiedad directa o indirecta del 80 % de los bancos. Era el único accionista de aerolíneas, trenes, transbordadores, autopistas y carreteras provinciales. Producía acero, aluminio y productos químicos, pero también panettone, helados, tomates pelados y chocolate, que vendía en supermercados y gasolineras. Construía aviones, tanques, buques de guerra y cruceros. Producía y distribuía combustibles y, a través de una densa red de servicios públicos, distribuía agua, electricidad y gas. Gestionaba las minas y el servicio telefónico. Fue la principal emisora de radio y televisión del país (RAI) 2 .
Además, Guzzi cree que, dada la "naturaleza abismal de la crisis europea", se requieren categorías más profundas, por lo que explora (capítulo 5) cómo la integración europea ha moldeado toda la identidad política y cultural. El apoyo total de Italia a la UE y al euro "fue un intento, ahora considerado un fracaso, de dar al país un nuevo rumbo en un momento de crisis trascendental" (p. 6), es decir, con el agotamiento de todo un ciclo político, el de las fuerzas políticas democristianas, liberales, socialistas y comunistas que redactaron la Constitución y dirigieron el país durante los "Treinta Años Gloriosos" (1945-1975), y que luego sobrevivieron hasta el final de la Guerra Fría (1989-1991) y la reunificación de Alemania. Una clase política, la italiana, finalmente abrumada "por el declive de las dimensiones escatológicas específicas de las que... había sacado fuerza, visión e impulso histórico" (p. 157). Y más concretamente, desde Tangenópolis, el colapso del "socialismo real", la especulación contra la lira y las masacres mafiosas. Así, la integración europea sirvió como sustituto ideológico, convirtiéndose en un fetiche político-religioso con una "teología política del euro" omnipresente y abarcadora, una "forma idólatra" que impregnaba la antropología nacional. No se consideraba "algo que abordar con la racionalidad de quienes sopesan costos y beneficios, en una visión de interés nacional que debía lograrse en compromiso con otros países, sino más bien un horizonte vital sin el cual la supervivencia misma de nuestro país se ponía en duda. Por lo tanto, era necesario adherirse a ella no con la equidistancia de los que toman las decisiones políticas, sino con el radicalismo dogmático de los neoconversos" (pp. 6-7). No es casualidad, señala Guzzi, que los herederos reformistas del PCI (pero también los epígonos democristianos) se convirtieran en «los referentes italianos más fiables de los procesos de liberalización y privatización de la década de 1990» (p. 160). La UE y el euro eran vistos por nuestra clase dirigente como «la gran narrativa del reemplazo... como un inmenso sustituto político-ideológico» (p. 161), la vía para resolver, sin tener que abordarlo realmente, la turbulencia estructural del orden político, económico, geopolítico, cultural y espiritual que Italia experimentaba a finales del siglo pasado .“Era una forma de ocultar el polvo bajo la alfombra, con un relato milenarista sobre los destinos idílicos de una Unión sin política y una moneda sin Estado” (p. 7). Por lo tanto, el fracaso de la UE representa “el colapso de la respuesta de las clases dominantes a la crisis político-espiritual que Italia experimentaba a finales del milenio” (p. 164). Guzzi insiste en que, precisamente por esta razón, debe abrirse un gran debate cultural “para despertar la conciencia política italiana y considerar diferentes formas de colaboración europea” (p. 165). La protagonista de una verdadera “revolución cultural” (y esto requiere preparación y estudio: además de teoría económica, “debemos estudiar filosofía, historia, arte, antropología... como aspectos vivos de una tradición”) debería ser la “generación de Maastricht”, con el objetivo (a medio y largo plazo) de crear una nueva clase dominante y revertir el “empobrecimiento antropológico” (la “crisis espiritual de la cultura política italiana”) que hemos presenciado en las últimas décadas.
Finalmente, Guzzi analiza (capítulo 6) la hipótesis de una evolución "progresiva" de la UE, pero la considera irrealista e indeseable. Por lo tanto, pasa a considerar la cuestión de las alternativas a una integración que no ofrece ninguna posibilidad a Italia, ni ahora a todo el continente, de reorientarse no solo hacia el crecimiento económico, sino también hacia la seguridad y la paz. Desde esta perspectiva, Guzzi es conciso: «La disolución de la UE y la moneda única son... hoy los actos más proeuropeos que podemos imaginar. Solo más allá de esta Unión Europea es posible imaginar una nueva Europa que ya no se base en la desactivación estructural de la soberanía popular, sino en la cooperación igualitaria entre los Estados, en la justicia social y en la paz» (p. 8).
Por lo tanto, en la conclusión, Guzzi describe tres opciones principales. La primera es no hacer nada, resignarse a sufrir los acontecimientos: «Permanecer en nuestra zona de confort: aclimatarnos al estado de 'ranas cocidas', acostumbrarnos a nuestro declive dedicándonos al chismorreo político, al fútbol y a las disquisiciones culinarias. Hasta la fecha, este es el camino elegido por los políticos y el pueblo. No requiere ninguna conmoción. No implica ningún esfuerzo. El apocalipsis se gestiona dejando a las generaciones futuras la carga y el honor de vivir en un país compuesto de hostales, hallazgos arqueológicos y expertos en fútbol fantasy. Sin embargo, la presión por el cambio será cada vez mayor, también porque la riqueza producida por nuestros padres y abuelos, de la que nuestro país aún prospera, disminuye cada vez más, produciendo un empobrecimiento incluso entre la clase media-alta» (p. 176).
Entonces, existen dos opciones que contemplan romper la "jaula del euro", por iniciativa propia o ajena. Por un lado, Guzzi esboza lo que podría llamarse un plan para la salida unilateral de Italia (similar al "Plan B" que le costó el puesto ministerial a Paolo Savona). Afirma que su viabilidad presupone el acuerdo de tres instituciones clave —la Presidencia de la República, el gobierno y el Banco de Italia— que "deberían remar en la misma dirección" (p. 179), una hipótesis bastante problemática en sí misma. Por otro lado, precisamente debido a la ruptura política y cultural que conlleva esta solución, como enfatiza Guzzi, sería necesaria una nueva clase dirigente, algo que actualmente no parece vislumbrarse.
La tercera opción es lo que él llama "espera vigilante": esperar el fin de la UE y del euro mediante el consumo, es decir, esperar a que otros Estados europeos, como Alemania y Francia, provoquen el colapso de este proyecto al haberse convertido en un obstáculo para la consecución de sus propios intereses (en cuestiones clave como las políticas monetarias del BCE, la estabilidad financiera nacional, el rearme, las relaciones con Estados Unidos, la supervivencia de la OTAN y las relaciones energéticas y comerciales con Rusia y China). En su prefacio, Lucio Caracciolo explica cómo "el euro [nació] bajo la presión franco-italiana como reparación por el abusivo resurgimiento de una 'Gran Alemania'", pero luego fue "reempaquetado al estilo alemán" (p. XII). Y fue precisamente gracias al euro que Alemania absorbió liquidez mediante un formidable superávit comercial y exportó deflación a sus socios europeos. Un mecanismo que ha agotado gradualmente su ciclo de vida porque, al empobrecer a otros países/mercados europeos (también con las duras políticas de austeridad impuestas a otros países desde 2011), ha terminado por bloquear la maquinaria hiperexportadora alemana, que luego se vio afectada y semihundida por las sanciones de guerra a la energía rusa, la pérdida de importantes cuotas de mercado en China y los aranceles de Trump. El capitalismo alemán busca recuperarse rompiendo el tabú de la deuda y relanzando la industria mediante el rearme. La mera perspectiva del rearme alemán podría contribuir a la desintegración de la UE, ya que esta nació precisamente de la idea de que los países continentales (o mejor dicho, Alemania) carecen de una fuerza militar significativa. «Si los alemanes decidieran perseguir no solo imperios monetarios, sino también imperios militares, quizás ocultos tras la coordinación continental, la posibilidad de desintegración de la UE aumentaría significativamente en las próximas décadas» (p. 148).
Notas
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La opción proeuropea de la clase política italiana implicó un cambio radical, que requería un compromiso consistente y sostenido para alterar drásticamente el rumbo de las políticas económicas (gasto público) y monetarias siguiendo líneas neoliberales. Guido Carli, ministro de Hacienda entre 1989 y 1992, quien representó a Italia en las negociaciones para definir el contenido del Tratado, era consciente de ello. El exgobernador del Banco de Italia creía que el Tratado de Maastricht impondría «a Europa la Constitución monetaria de la República Federal de Alemania», lo que supondría «un cambio constitucional sustancial y profundo». Pero lo valoraba precisamente por eso, porque finalmente implicaría «una redefinición de los métodos de composición del gasto, una redistribución de responsabilidades que restringiría el poder de las asambleas parlamentarias y aumentaría el de los gobiernos», y, posteriormente, «una profunda revisión de las leyes que crearon el llamado Estado de bienestar en Italia». Carli (Cinquant'anni di vita italiana, editado por Peluffo P., Laterza Roma-Bari 1993:436) describió de manera lúcida y brutal las principales implicaciones para un país como Italia, equiparando efectivamente la adhesión al Tratado a un verdadero "golpe de Estado" porque permitió eludir por completo al Parlamento soberano de la República para injertar en la sociedad italiana una serie de sistemas económico-políticos que no había sido capaz de darse: "La Unión Europea implica el concepto de 'Estado mínimo', el abandono de la economía mixta, el abandono de la planificación económica, la redefinición de los métodos de composición del gasto, una redistribución de responsabilidades que restringe el poder de las asambleas parlamentarias y aumenta el de los gobiernos, la autonomía fiscal de las autoridades locales, el repudio del principio de la asistencia sanitaria gratuita generalizada (con la consiguiente reforma del sistema de atención sanitaria y de seguridad social), la abolición de la escala móvil (con el repudio del principio de recuperación automática de la inflación real pasada y la vinculación de la dinámica salarial a la inflación programada), la drástica reducción de las zonas privilegiadas, la movilidad de los factores de producción, la reducción de la presencia del Estado en el sistema crediticio y en la industria, el abandono del comportamiento inflacionario no solo por parte de los trabajadores sino también de los productores de servicios, y la abolición de las regulaciones que establecían precios y tarifas administradas. En una palabra: un nuevo pacto entre el Estado y los ciudadanos, a favor de estos últimos [o, mejor dicho, de una parte de estos ]
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El proceso de reforma de arriba hacia abajo para convertirse en "europeo" se logró mediante el uso habitual de decretos de emergencia y legislación delegada (que, en particular, reformaron las finanzas públicas y regionales e introdujeron reformas clave como las pensiones y el empleo) por parte de los gobiernos, y, por consiguiente, mediante el fortalecimiento del ejecutivo en detrimento del Parlamento. En 1992, se promulgaron 139 decretos-ley, cifra que aumentó a 259 en 1993, 327 en 1994, 294 en 1995 y 362 en 1996. Estas cifras, gracias también a una sentencia de censura del Tribunal de Casación (1996), nunca se han vuelto a alcanzar, pero marcan, sin embargo, un cambio estructural en el aparato estatal: fue durante estos años que el ejecutivo, mediante decretos-ley y decretos legislativos, superó a la legislación parlamentaria. Se trató de una redefinición del marco institucional democrático en la dirección de lo que Nikos Poulantzas (State, Power, Socialism, Verso, Londres 1978; Political Power and Social Classes, Verso, Londres 1978) definió como “estatismo autoritario”, caracterizado por una combinación de los poderes gerenciales del Estado keynesiano con una retirada estratégica de algunas de sus funciones económicas anteriores, en presencia de un drástico cambio de poder del parlamento al ejecutivo, un declive de los partidos políticos tradicionales y un creciente cambio de las funciones de gobernanza de las instituciones representativas a aparatos burocráticos permanentes controlados por el poder ejecutivo, las empresas y las organizaciones internacionales como la Unión Europea. Para describir esta evolución, Colin Crouch (Post-democracia, Laterza, Roma-Bari 2003) habló de “postdemocracia” y Giorgio Agamben (Estado de excepción. Homo sacer, Bollati Boringhieri, Turín 2003) de “democracia gubernamental”, entendida como una mera técnica de administración gubernamental que se apoya en encuestas, elecciones, la manipulación de la opinión pública, la gestión de los medios de comunicación, en detrimento de la democracia parlamentaria.
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Muchos ciudadanos creían que transferir el poder de Roma a Bruselas era la única manera de contar con un gobierno eficiente, honesto y responsable, atento a sus necesidades. Así, un pequeño grupo de tecnócratas de alto nivel y expertos económicos y financieros (que a menudo se habían formado en el Banco de Italia o el Tesoro) utilizaron el proceso de integración europea como una "limitación externa" para sortear las limitaciones de las culturas políticas italianas, recelosas de las clases dominantes tradicionales y del capitalismo, y para modificar el modelo social italiano, introduciendo también en Italia una sociedad de mercado regida por el neoliberalismo. Al menos hasta después de la crisis de la globalización neoliberal de 2007-2008 y la posterior crisis del euro de 2011, de hecho, a pesar de los enormes costes políticos, sociales y económicos sufridos por el país para perseguir este objetivo, las únicas fuerzas políticas que han propuesto abiertamente políticas antiliberales han sido la izquierda radical de origen comunista y la extrema derecha de origen neofascista, pero ambas han tenido poco seguimiento: la izquierda porque, después de los acontecimientos internacionales de 1989-1991, estaba ligada a un tipo de organización social y a discursos que olían a pasado, la derecha porque todavía apoyaba la prohibición ética sobre el fascismo nacida de la Segunda Guerra Mundial, de la resistencia partidista y de la Constitución
Gracias a Alessandro Scassellati, TRANSFORM! ITALIA y a la colaboración de Carlos X. Blanco
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Traducción: Carlos X. Blanco