“Alimentando a la Hidra”, La Educación según el PP (versículo LOMCE) - por Adolfo Padrón Berriel
La Hidra de Lerna custodiaba las puertas del averno. Cada una de sus cabezas, de ser cortada, se reproducía en dos nuevas, igualmente sedientas de sangre. De entre todas las cabezas, una era la ancestral y la que dirigía todos los movimientos de la bestia; la que la mantenía imperecedera; pero su ponzoñoso aliento, mortífero de necesidad, junto a la frenética actividad de las restantes, hacían harto difícil siquiera acercarse, sin poner en riesgo la vida...

El argot popular canario, como el de todos los pueblos, ha sabido preservar múltiples expresiones que, de manera sabia y a la vez concisa, resultan perfectas para explicar acciones, rasgos y actitudes propios de la más profunda condición humana. Expresiones que son capaces de resistir el paso del tiempo, sin perder ni un ápice de sencilla, pero certera elocuencia, porque hay cosas que no cambian fácilmente y en muchas ocasiones, “no aprendemos ni a palos”.
Juan Miguel decidió quitarse de en medio. Llevó su cruz en silencio; ni su familia conocía su ahogo. Llegó el momento: tal vez lo había meditado durante meses, o quizás fue su desesperanza no compartida quien lo arrojó al abismo en el último instante: preparó la cuerda, la ató a su cuello, se dejó caer y, sencillamente, se apagó; sin ruidos, sin testigos. Ese día el banco lo echaba de casa –business is business-.