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jueves, 04 de junio de 2026 00:14h.

Economía y propaganda: de esfuerzo y crisis generacional - por Albert Recio Andreu

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Economía y propaganda: de esfuerzo y crisis generacional

Albert Recio Andreu

MIENTRAS TANTO

Los debates económicos presumen de tener una sólida base científica. Hace tiempo que sabemos que el estatus de la economía académica es más bien mediocre. Y que, en muchos razonamientos, se esconde mucha ganga ideológica. Nada sorprendente. Muchas de las políticas económicas tienen implicaciones distributivas o afectan a intereses específicos, y por ello es esperable que los agentes económicos, especialmente las empresas y las clases altas, abusen de su capacidad de influencia para hacernos pasar sus intereses o sus resistencias como una cuestión objetiva. Y que en los debates de política económica se prodigue la propaganda interesada. Al fin y al cabo, la gente aceptará mejor o peor algunas medidas si antes ha sido convenientemente bombardeada con ideas simples que ayuden a decantar su opinión.

La jornada de trabajo y la economía del esfuerzo

La reducción y la regulación de la jornada de trabajo ha sido uno de los ejes sobre los que ha girado el conflicto laboral. Una larga lucha en la que la población trabajadora ha conseguido limitar su disponibilidad al capital. Cada vez que se ha planteado una demanda de reducción, los empresarios y sus ideólogos han elaborado una variada gama de argumentos que, en su mayoría, caen en lo que Albert Hirschman llamó «retóricas de la reacción»: será contraproducente (generará paro), genera riesgos (las empresas y el país perderán competitividad), y será inocua. Es un debate muy viejo, que ya analizó Marx en El capital, y que se ha reproducido cada vez que se ha planteado una propuesta de reducción de jornada. También ahora frente a una propuesta de reducción ciertamente moderada, que de hecho solo afectaba a una fracción de empleos. La patronal y sus aliados han vuelto a levantar la voz con una lectura alarmista del impacto que podría tener una reducción de jornada de 1 hora y media a la semana. Una respuesta exagerada, dado lo modesto de la propuesta. Aunque, en este caso, lo que ha tumbado finalmente el proyecto ha sido una cuestión de equilibrio parlamentario en el que Junts per Catalunya ha vuelto a demostrar su verdadera cara. A nadie tendría que sorprender: en el pasado prefirió derribar al último Gobierno de Felipe González (y abrir la puerta al PP de Aznar) para evitar que se aprobara un proyecto de ley de huelga que consideraba demasiado favorable a las demandas sindicales, al igual que aprobó todas las reformas laborales neoliberales, incluida la del PP. Yolanda Díaz y los suyos se equivocaron pensando que ahora podía ser diferente.

Aunque la batalla está ganada, la patronal ha seguido presionando tras conocer la nueva propuesta de control de la jornada laboral, que pretende evitar abusos por parte de la empresa. En este caso, como el argumento del impacto de la reducción no juega, el presidente de la patronal ha esgrimido otro eslogan querido de la derecha, el de la «cultura del esfuerzo» enfrentado al del «trabajar menos para vivir mejor». El líder patronal ha hecho una mala elección al escoger a un tenista de élite como ejemplo a seguir. Ya ha sido objeto de buenas críticas periodísticas, que han destacado que los entrenos de los deportistas de élite están por debajo de la jornada laboral (entre otras cosas porque más horas de entreno pueden dañar su salud). Y esas críticas no han entrado en otra cuestión crucial: la gente que busca el éxito personal lo hace a nombre propio. Puede que en muchos casos haya algo de neurosis en la búsqueda de la excelencia profesional (bien alimentada por la cultura del éxito y por las presiones de patrocinadores y críticos) pero tiene poco que ver con el esfuerzo que se exige a personas que trabajan a cuenta de otros, en condiciones fijadas autoritariamente, y que nunca recibirán ni los parabienes ni los beneficios de sus empresarios. Es constatable que las jornadas laborales más largas, las que se iban a beneficiar de una reducción de jornada (y de un posible aumento de ingresos por horas extra), predominan entre los sectores con salarios más bajos, sometidos a duras condiciones laborales y ajenos a todo reconocimiento profesional.

Las sociedades capitalistas contemporáneas han generado estructuras profesionales y sociales más diversificadas que en sus etapas iniciales. En distintas direcciones. El crecimiento de las grandes burocracias empresariales, ligadas a su expansión territorial, a su complejidad organizativa, y al papel del cambio tecnológico, refuerza la necesidad empresarial de contar con una fuerza de trabajo dispuesta a aceptar largas jornadas (incluida la frecuencia de viajes), dedicación plena, fidelidad. Y a establecer unos procesos de promoción (real o virtual) que ayudan a que la gente acepte esta sujeción vital al capital. Es lo que el Nobel de Economía, George Akerlof, ejemplificó en su modelo de la «carrera de ratas». Por otra parte, la mercantilización de actividades de ocio, como el deporte o ciertas expresiones artísticas —y su configuración en una cultura del éxito, la competencia— han reforzado esta visión de carrera competitiva que coloniza muchas partes del tejido social. Especialmente el de las clases trabajadoras educadas, compelidas a aceptar con naturalidad y entusiasmo la idea de carrera profesional y éxito individual. A costa de perder la perspectiva de una vida más compleja y menos expuesta a la locura competitiva. Personal científico, universitario, cuadros medios y altos de las empresas, deportistas, artistas…, viven sumidos en esta carrera, son vulnerables al discurso del esfuerzo y a menudo tienen una relación ambigua con una jornada laboral estándar.

En el otro extremo está la proliferación de trabajos de servicios básicos, actividades que en muchos casos deben cubrirse en un amplio espacio temporal. En cierta medida, es una vuelta al pasado de los antiguos sirvientes y criadas en un contexto social y organizativo diferente. Es la variante mercantil de los trabajos de cuidados que encontramos en la limpieza, la hostelería, los servicios de seguridad, la atención al cliente. La división del trabajo orientada por el control capitalista promueve que sean empleos parcelados, con poca autonomía personal, repetitivos, duros, y casi siempre estigmatizados por las clases altas y la gente educada (imbuida de su valor personal). El reverso de la cultura del esfuerzo es la del fracaso. Y posiblemente es en estos empleos donde se exige mayor esfuerzo, que acaba pasando factura en términos de salud, e incluso de capacidad para desarrollar actividades más interesantes fuera del trabajo mercantil.

Entre estos dos polos extremos hay una variedad de situaciones que explican tanto la subjetividad de la gente respecto al trabajo como la misma variedad de jornadas laborales. No sólo en términos de duración sino también de su configuración horaria. No es lo mismo la gente que trabaja en una jornada laboral compacta de lunes a viernes (sobre la que se construye la propuesta de la jornada de cuatro días) que la que trabaja a turnos rotatorios, la que se emplea por temporada, la que trabaja en fines de semana o en empleos nocturnos. La debilidad de las propuestas de la izquierda sobre la jornada laboral, que se expresa en la escasez de movilizaciones, se debe fundamentalmente en que está pensada sobre una jornada laboral estándar que no cubre, por muchas razones, a una parte importante de la población asalariada.

Acierta el señor Garmendia al contraponer el modelo del esfuerzo al de la buena vida. Su modelo es el de la acumulación de capital sin sentido social, eludiendo cualquier valoración sobre el contenido de la actividad productiva y el sentido de la actividad laboral. Es la acumulación sin contar ni sus efectos sobre las personas y su impacto ambiental. La actividad mercantil y el éxito individual (que siempre afectará a una minoría social, pues es claramente un juego de suma cero) frente a la necesidad de repensar la actividad económica y el trabajo como un medio para garantizar una vida satisfactoria, donde la gente pueda mantener participación social. Hay una parte de trabajo duro, ineludible, y por eso es necesario construir estructuras que limiten y repartan su carga para que todo el mundo pueda ser, a su vez, partícipe de la vida social, política y cultural. En lugar de tomar sus palabras como lo que son, mera propaganda, hay que asumir el desafío de pensar otro mundo donde la carga laboral sea más equitativa, el reconocimiento de su desempeño, generalizado, y haya una relación más clara entre trabajos y necesidades.

Los problemas de las propuestas de jornada actuales es que ni tienen una perspectiva general ni escapan de una visión limitada del trabajo y el tiempo libre. Por eso, hace tiempo que la izquierda fracasa a la hora de movilizar por una reducción de jornada limitada. No está claro que, en el futuro, con menos despilfarro energético, menos recursos, y con un volumen de población mayor que requiere cuidados, sea posible reducir la jornada de laboral. Lo que sí es posible, en cambio, es una configuración diferente de la misma, un reparto más igualitario que pasa, entre otras cosas, por eliminar todas las actividades laborales innecesarias que genera una sociedad clasista y orientada a la acumulación.

Clases frente a cohortes

Proliferan las apariciones en los medios de gente que presenta a los jóvenes como un grupo enfrentado a la gente mayor. Es difícil discernir si se trata simplemente de personas jóvenes agobiadas por la situación de la vivienda y la precariedad laboral o por una verdadera estrategia de diversión para justificar otras políticas. En concreto, la del recorte de las pensiones que se presenta como una «carga insostenible» para la gente joven.

Lo de la «carga insoportable» viene de lejos. Llevamos más de treinta años de ataques al modelo de reparto por parte de los economistas neoliberales. Durante muchos años han pronosticado la quiebra del sistema por razones demográficas. Algo que no se ha producido porque simplemente ha ocurrido lo esperable: cuando se jubilaran cohortes amplias de trabajadores, el país se convertiría en un gran atractor de mano de obra. Por ello, entre otras cosas, hemos llegado a una situación donde el volumen de empleo es el mayor de la historia y la tasa de desempleo menor que en muchos años. Es posible que el enfrentamiento jóvenes-jubilados forme parte de una nueva estrategia de ataque a las pensiones. Pensiones que, además, no son homogéneas; las hay que permiten una vida bastante consumista (al menos en la primera fase de la jubilación), que se corresponden con la gente que tenía empleos de salarios medios-altos durante la mayor parte de la vida laboral. Pero esta situación no se corresponde en absoluto con la de otra mucha gente, con pensiones muy modestas (mi renta de pensionista es tres veces la renta media de mi barrio, un barrio de clase obrera con un porcentaje importante de jubilados, la mayoría lejos de poder sostener una vida de viajes, restaurantes y consumo cultural). Tomar a los jubilados como un todo es la primera parte de la manipulación.

La otra es tomar a los jóvenes como un todo. También la evidencia empírica indica que el origen social marca las trayectorias vitales, educativas, y laborales. Sin contar con el hecho de que una parte importante de la juventud española actual está formada por personas procedentes de otros países, muchos de ellos con problemas legales y sujetos a un entorno marcado por un racismo insoportable. De hecho, cuando se analizan «brechas salariales» (diferencias de salarios relacionadas con características personales), se observa que la brecha entre nacionales y no nacionales es muy superior a la de género, aunque las mujeres inmigrantes combinan los dos factores discriminatorios. Es cierto que, en los últimos años, han proliferado los empleos precarios ocupados por jóvenes, y esta precariedad se ha extendido a sectores donde antes predominaban condiciones más estables (por ejemplo, en la universidad), pero esto poco tiene que ver con los jubilados. Es una cuestión de políticas y gestión empresarial. También el otro gran tema juvenil, el de la vivienda, puede leerse en clave generacional al constatar que una gran parte de la gente mayor goza de vivienda en propiedad. Pero esto pierde de vista que los problemas de vivienda tienen más que ver con la renuncia a una política de vivienda eficaz y al modelo especulativo de las élites, que se traduce en la concentración de una parte del parque de vivienda y su conversión en modelos de explotación predatoria. Los turistas y los expats, que expulsan a la gente de los barrios, no son los jubilados.

Ciertamente, los jóvenes experimentan la dureza de los tiempos. La que ha generado casi medio siglo de neoliberalismo. Pero sus demandas deben canalizarse en otra dirección, aunque una política de reconversión social debe contemplar también el tema de las pensiones, tanto las que pueden ser excesivas y las que son insuficientes. Por eso, hay que coger este debate con seriedad, combatir sus aspectos demagógicos, y reconducirlo hacía la elaboración de políticas realmente inclusivas.

No se trata, en ambos casos, de despreciar los pseudo discursos de derechas. Muchos se sostienen porque conectan con experiencias vitales de muchas personas. Y los hace creíbles. No se pueden combatir sólo con datos. Hace falta construir una visión del mundo en el que se sitúen las cuestiones, y en la que se ofrezca una propuesta alternativa de vida y trabajo. Ni las visiones simplistas de la sociedad como dos clases enfrentadas ni la mística del trabajo (o su inversa, la defensa de la pereza) ayudan mucho. No hay vías rápidas al cambio social en un mundo donde el capital ha invertido enormes sumas de dinero y de expertos en colonizar los cerebros.

 

 

Gracias a  Albert Recio Andreu y MIENTRAS TANTO y a la colaboración de Federico Aguilera Klink

 

ALBERT RECIO
ALBERT RECIO

 

https://mientrastanto.org/249/notas/economia-y-propaganda-de-esfuerzo-y-crisis-generacional/

MIENTRAS TANTO La casa de mi tía republica por el alto interés del contenido, según los principios de uso Justo de la UE
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