Reflexiones sobre la salud mental de los grandes mandatarios, y el conflicto vivencial de los humanos - por Erasmo Quintana
Reflexiones sobre la salud mental de los grandes mandatarios, y el conflicto vivencial de los humanos
Erasmo Quintana
En nuestra más que frágil constitución humana, es una suprema dicha que nada sepamos del destino que tenemos reservado. Sabemos de dónde hemos venido, de la Nada eterna, y que a ella volveremos. Nadie nos preguntó si queríamos entrar en esta vida efímera o no; por tanto, como tampoco el momento de morir, desapareciendo de todo lo creado. A nivel personal decir que este mundo, tal como es, poco o más bien nada nos gusta. El mismo, actualmente está en manos de auténticos psicópatas. En tal sentido, nada más que percatarnos en las más altas magistraturas de los grandes países EEUU, China, Rusia. Salvo el asiático, Trump y Putin son dos enfermos, para los cuales la vida humana no tiene valor alguno, salvo la de ellos y sus parientes cercanos. Ambos son dos reconocidos criminales genocidas que se adueñan de las vidas humanas -como de su propiedad-con una facilidad pasmosa, como quien mata cucarachas. Ahí tenemos al judío asesino Netanyahu que ha masacrado a miles y miles de ciudadanos tal cual, por lo que lo de Gaza es: crímenes contra la Humanidad.
Sienten de forma enfermiza, que hacen una cosa grande y heroica eliminando las vidas de gente inocente de la forma más cruel e inhumana que cabe hacerse. Tienen que estar estas fieras de la sabana africana muy mal de la testa, para acostarse después de una jornada en la que asesinaron a miles de personas de todas las edades -nunca a soldados, porque no es una guerra- y pueden tumbarse en la cama a pierna suelta, y que les venga el sueño “reparador”, como a un ser humano de lo más corriente, después de una jornada edificante y agotadora. Comparemos a un animal devorando a otro, cumpliendo así la ley de la selva y como equilibrio natural de todo ser viviente en la jungla. Éste mata por ley de vida y lo hace como una necesidad vital, mientras que los hombres lo hacen por el simple placer de matar.
En esta nuestra vida de los pueblos, la historia hasta aquí nos muestra nada más que guerras, lo que en mi caso, que ya peino a mi pesar demasiadas canas, aseguro que en ninguno de los días de mi vida ha habido uno solo en que reinara la paz. Acabado un conflicto en alguna parte del mundo, surge otro, y así hasta el infinito.
En esta vida de la humanidad, la historia no nos muestra más que guerras, mientras que los años de paz nunca suceden, momentos consuetudinarios que no admiten la paz. De este modo se llega a la conclusión de que la vida de los humanos es un combate perpetuo, no solamente contra males abstractos, como por ejemplo la miseria, el abrumador aburrimiento o la misma muerte, sino también contra nuestros semejantes. Pareciera que en todos lados tenemos a un adversario, que la vida misma es una guerra perpetua, y morimos empuñando un arma destructiva. Con todo, la conclusión a la que se llega es que la vida es una gran puñeta.
Todo esto, que es miseria del mundo en que vivimos, pudiera ser una necesidad amarga la acusación al Creador, ése que un minúsculo entendimiento humano hace que necesitemos creer, nos da motivos para culparlo de nuestra misérrima existencia, además de permitir el execrable crimen de niños inocentes que se perpetra en Gaza, a esa que llaman guerra, cuando no lo es, ya que enfrente el genocida no tiene a soldados que matar. La verdad metafísica que nos planteamos no se concilia con la historia del pecado original, una de las alegorías principales de la creencia religiosa. Nada de esto puede ser cierto, pues me fío más del empirismo en nuestra existencia, así como que siempre tenemos la oportunidad de hacer de este mundo algo mejor.
En este perdido y minúsculo planeta visto por un octogenario, aquella fuerza de las pasiones y objetos de deseo se han vuelto indiferentes. La sensibilidad y fuerza se enmohecen, y los días corren más de la cuenta. Estamos convertidos en una sombra del pasado, en una fantasma de lo que fuimos. La muerte la tenemos cada vez más cerca, maldita sea, pero no será algo dramático, y cuando venga, no nos daremos cuenta de nada. Vendrá como ese sueño tan familiar que nos ha acompañado toda la vida, pero si ya no despertamos, es que hemos muerto, y se da el mismo fenómeno que cuando habíamos nacido: inconsciencia total. Hay quienes teorizan sobre cosas extrañas que suceden en esos momentos del tránsito de la vida a la muerte, dándole rigor científico. Por favor, no elucubremos. Todos esos fenómenos no son otra cosa que el producto de algo que ocurre en nuestro organismo, tan natural como el nacimiento. Hay quien ha visto una luz al final de un túnel cuando ha estado cercano a la muerte. Lo único cierto es que nadie sabe a ciencia cierta nada de nuestra vida. Nadie, después de miles de millones de años transcurridos de la existencia humana, ha resucitado para decirnos lo que hay en el más allá, si es que hay algo. Ninguno. Esta certidumbre es la que nos sume todavía más en el gran misterio de la existencia.
De todos los defectos humanos, para nosotros el egoísmo en el más impresentable y horroroso. Hay una notable metáfora que dice: “Muchas personas serán capaces de matar a un hombre para suavizar la piel de sus zapatos con la grasa del muerto”. Esta canallada en cuanto al egoísmo, pero también interesa decir que el dolor no es exclusivo de los humanos, lo sufre también los demás seres de la Creación, a los que nos parecemos. Sin embargo, en algo nos distinguimos porque al dolor físico o patológico de la humanidad se une el dolor psicológico o dolor del alma. A veces es imposible delimitar cual de ambos -físico y psicológico- es más doloroso. Lo contrario del dolor es la felicidad plena, esto es, bienestar del alma, el placer de los sentidos, aunque ciertos placeres pueden producir dolor. La vida tranquila, apacible y sin sobresaltos es el remansado estado de la plena felicidad.
Erasmo Quintana