Último cine español: entre el anarcofascismo y el artificio autobiográfico - por Joaquín Rábago
Último cine español: entre el anarcofascismo y el artificio autobiográfico
Joaquín Rábago
Siempre me interesó el arte cinematográfico, e incluso al comienzo de mi carrera periodística escribí sobre el cine español, el de Berlanga o Carlos Saura, entre otros creadores de entonces, para una revista especializada neerlandesa que se llamaba Skoop.
Debo confesar que mucho de lo que aprendí sobre ese arte se lo debía a dos grandes críticos que eran entonces mis compañeros en el semanario antifranquista “Triunfo”: César Santos Fontenla y Jesús García de Dueñas.
He visto desde entonces y sigo viendo todavía mucho cine, aunque nunca pensé dedicarme seriamente a la crítica. Lo dejé a otros mucho más expertos: citaré a otros dos que fueron también colegas míos en aquella revista: Fernando Lara y Diego Galán.
Me apasionaba mucho más la política y muy especialmente, la internacional, y a eso dediqué toda mi carrera periodística aunque con frecuentes escarceos en el terreno cultural.
Pero la visión de dos producciones españolas que acaban de estrenarse mientras me encuentro en Madrid me ha animado de pronto a volver a coger la pluma, o mejor dicho, encender el ordenador para dedicarles alguna reflexión personal.
De la primera, “Torrente Presidente”, ya hablé en este mismo medio hace unos días en un artículo en el que, en un intento de desahogo, expresaba la irritación que me produjo aquel bodrio infumable, que, con el pretexto de disparar alocadamente contra todos los partidos, desde Vox hasta los socialistas, dinamitaba en realidad el sistema democrático.
La segunda está en sus antípodas, pero si no profunda irritación, como aquélla, me ha producido un enorme aburrimiento. Me refiero a “Amarga Navidad”, de nuestro manchego internacional Pedro Almodóvar.
Reconozco que sus últimas cintas me habían ya decepcionado por su pretenciosidad pseudointelectual y una total falta de humor, que sí había, por el contrario, en las películas irreverentes, más gamberras de su primera etapa.
Lo que siempre más me gustó desde el punto de vista formal del cine de Almodóvar, aparte de la banda sonora de su colaborador Alberto Iglesias o las canciones, entre ellas las de la gran Chavela o las de Caetano Veloso, son sus vivos decorados, su atrevido cromatismo.
Pero sobre todo en las últimas películas y más aún en la que motiva esta crítica, hay algo que, por el contrario, siempre me ha repateado, y es la artificialidad de los diálogos: nadie habla en la calle, en el seno de la familia o donde sea con esa trascendencia con la que hablan siempre sus protagonistas.
En ese sentido echa uno de menos la espontaneidad, la frescura, la saludable ironía de tantos personajes de nuestro mejor cine, y me refiero por supuesto a los de películas tan inolvidables como las de Luis García Berlanga o Rafael Azcona.
Por el contrario, los diálogos de mucho del cine de Almodóvar, sobre todo el último, y más aún en el caso de “Amarga Navidad”, podrían estar creados por un programa de IA, tan artificiales resultan las palabras como los sentimientos que expresan los personajes, esas mujeres engañadas o víctimas de las peores depresiones o esos hombres maduros que atraviesan una crisis creativa.
Y esa artificiosidad, por trascendentes que pretendan ser a veces los diálogos de los protagonistas, muchas veces ellos mismos creadores -escritores o cineastas-, es decir otros tantos alter ego del propio Almodóvar , no le evitan a uno la impresión de estar frente a una especie de telenovela “high brow” (para intelectuales).
No entiendo sinceramente a todos esos críticos que en distintos medios hablan de “la mejor película de Almodóvar” y le dedican los más encendidos elogios, calificándola de “brillante” y “arriesgada”. Pero como dice el refrán, “Sobre gustos no hay nada escrito”.