GAZA: Faltan las palabras - por Joaquín Rábago
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GAZA: Faltan las palabras
Joaquín Rábago
Faltan las palabras para decir lo que uno siente, incluso desde la inevitable distancia geográfica, ante lo que sucede diariamente en Gaza.
No hay palabras en ningún diccionario para expresar el horror ante el espectáculo de aquel genocidio sin parangón ya que sucede, a diferencia de otros anteriores, Holocausto incluido, ante los ojos del mundo.
No hay palabras en ninguna lengua de la humanidad para calificar la criminal complicidad de unos gobiernos, árabes incluidos, y la cobardía de otros que permiten entre todos con su atronador silencio que la barbarie continúe.
No las hay para condenar como correspondería el galopante racismo de unos políticos que han deshumanizado a sus víctimas hasta el punto de considerarlas totalmente indignas de seguir viviendo.
Ni siquiera el florentino Dante Alighieri imaginó en su Divina Comedia tanto horror.
No hay maldiciones suficientes en el Deuteronomio para maldecir a los responsables directos de esos crímenes, desde el primer ministro, Benjamín Netanyahu, hasta el último de su gabinete de fanáticos religiosos.
Un político al parecer incombustible, Netanyahu, acusado por los tribunales de su país de corrupción y capaz de hundirlo junto a sus ciudadanos con tal de salvar el propio pellejo.
¿Cómo explicar que los descendientes de quienes fueron durante siglos perseguidos por los cristianos se hayan convertido, una vez logrado el soñado Estado refugio, en los más sádicos perseguidores de quienes nada, absolutamente nada, tuvieron que ver con aquel trágico pasado?
¿Cómo explicar la perversión moral de unos dirigentes capaces de bombardear sin piedad ciudades y campamentos de refugiados, destruir viviendas, escuelas y hospitales, torturar a sus víctimas y acabar así con la vida de decenas de miles de otros seres humanos?
No contento con tanta destrucción, tanta masacre, el Estado judío amenaza ahora a los gazatíes con otra Nakba, sólo que aún peor: una nueva expulsión masiva y de la población como la que llevó a cabo Israel nada más nacer contra quienes llevaban desde generaciones viviendo en Palestina.
Un pueblo árabe, es decir tan semita como el judío, al que los dirigentes del nuevo Estado sionista prohibieron volver a los lugares de donde fue salvajemente expulsado.
Los descendientes de algunos de aquellos palestinos ocupan hoy la enorme prisión a cielo abierto que es Gaza y que, una vez destruida, Israel se propone “limpiar” manu militari de quienes, por suerte o por desgracia, han logrado de momento sobrevivir a los bombardeos, las enfermedades y la hambruna.
Y ello con el único y perverso objetivo de convertirla, una vez expulsados sus actuales moradores, en un resort de lujo, como sugirió Donald Trump en un vergonzoso vídeo capaz de figurar en la historia universal de la infamia.