El gran autohomenaje de Ciro (Trump) el Grande - por Joaquín Rábago
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El gran autohomenaje de Ciro (Trump) el Grande
Joaquín Rábago
Reconozcámoslo: en cuestión de espectáculos y relaciones públicas no hay quien supere a Estados Unidos.
Y Ciro (Trump) el Grande, como ya le llaman algunos allí, en referencia al famoso rey de Persia que acabó con el cautiverio de los judíos, no defraudó tampoco esta vez.
Con su habitual verborrea llena de superlativos, el presidente republicano se deshizo en elogios a los garantes de su “acuerdo de paz” para Gaza: el dictador perdón, presidente) egipcio, el-Sisi y el autócrata turco, Erdogan.
Mientras, en un segundo plano, una claque de presidentes y jefes de gobierno, entre ellos los europeos, escuchaba y aplaudía sus alabanzas a los actores del grandioso espectáculo, incluidas las que se prodigaba continuamente a sí mismo.
En la localidad egipcia de Sharm-el-Sheij, donde tuvo lugar la ceremonia, se trataba de poner fin al llamémoslo “conflicto israelo-palestino,” pero ni Netanyahu ni ningún representante de Hamás estaban allí.
Se dice que fue el propio Erdogan quien se negó a la presencia del genocida primer ministro israelí al amenazar con no asistir él mismo si se permitía su presencia.
Antes de llegar a “la Tierra de Paz”, como proclamaban los carteles de bienvenida egipcios en la que aparecían Trump y el anfitrión, Al Sisi, el republicano se había dirigido a los diputados del Knesset (Parlamento israelí).
Fue también aquél un espectáculo por todo lo alto en el que Trump elogió la fortuna de 60.000 millones de dólares que atribuyó a su generosa benefactora, la israelo-estadounidense Miriam Adelson, viuda del señor de los casinos.
Incluso contó la anécdota de que en cierta ocasión preguntó a Miriam a qué país amaba más, si a EEUU o a Israel, y ésa no quiso responderle, dando a entender que era Israel.
Algo que daba una vez más razón a quienes acusan a Israel y al lobby judío de ser quienes deciden la política exterior de Washington.
Pero no fue todo. Trump se permitió también sugerir al jefe del Estado israelí, Isaac Herzog, que indultase a Netanyahu, “uno de los más grandes presidentes (sic) en tiempos de guerra”.
Porque, como dijo entre risas, porque “a quién le importan unos cigarros y unas botellas de champán” (soborno por el que el político israelí tiene que responder ante la justicia de su país).
A todo esto, ¿qué ha conseguido realmente hasta ahora el plan de paz de Trump? Lo más importante de momento es que ha permitido la liberación de los rehenes israelíes vivos y de cerca de 2.000 palestinos presos por Israel.
Entre estos últimos no están, sin embargo, varios destacados médicos palestinos a los que Israel acusa sin pruebas de ser militantes de Hamás ni tampoco quien es sin duda el político más popular de Palestina y al que más teme Israel, Marwan Barghouti, que figuraba, sin embargo, en la lista de presos a los que Israel se había comprometido a soltar.
Se ha cumplido más o menos la primera fase del plan de paz de Trump, pero queda lo más difícil, que es el desarme de Hamás y el fin del bloqueo de Gaza.
En dos años de brutales bombardeos de la franja, con cerca de 70.000 muertos y 170.000 heridos entre los palestinos, Netanyahu no ha conseguido el que había proclamado su objetivo: derrotar a Hamás.
¿Y alguien piensa que es y demás grupos militantes van a aceptar desarmarse sin que vislumbren la posibilidad de un futuro Estado palestino? Algo que rechaza tajantemente Israel y a lo que Washington no parece tampoco dispuesto.
Israel puede utilizar en cualquier momento el mínimo pretexto, incluida una operación de las llamadas de “falsa bandera”, para reanudar su campaña genocida.
Y no olvidemos que los sionistas no han renunciado tampoco a atacar a Irán, el mayor enemigo que -aún le queda en la región, conflicto militar al que tratarían de arrastrar inmediatamente a EEUU.
Netanyahu necesita la guerra para no verse ante los tribunales. Es todavía muy prematuro hablar de paz.