¿Por qué no estará Europa en la reunión de Alaska? - por Joaquín Rábago
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¿Por qué no estará Europa en la reunión de Alaska?
Joaquín Rábago
A propósito de la ausencia europea de la reunión de Alaska.
Escribía el otro día este columnista que los europeos lo tenían merecido si no se los invitaba a la próxima reunión de Alaska entre Trump y Putin para hablar de cómo poner fin a la guerra de Ucrania.
Espero que no se me haya malentendido, que nadie haya pensado que sentía por tal ausencia lo que los alemanes llaman “Schadenfreude” (alegría por la desgracia ajena).
Soy y me siento europeo Por cierto nunca me he sentido más europeo que los cuatro años que trabajé de corresponsal en Estados Unidos.
Pero la pregunta que hay que hacerse es por qué exigen ser ahora invitados quienes siempre se han negado a hablar con Putin a la vez que ponían palos en las ruedas de cualquier intento de aproximación a Rusia. .
Y por qué también el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, que emitió en su día un decreto prohibiendo todo diálogo con su homólogo de la Federación Rusa está ahora también enrabietado por quedarse fuera.
Afirma el ucraniano que su país jamás aceptará la pérdida de un solo metro cuadrado de territorio y argumenta que se lo prohíbe la Constitución, lo que puede entenderse.
Pero también exigía la Constitución original de Ucrania la neutralidad del país hasta que la cambió el Gobierno pro occidental salido de la revolución popular/golpe de Estado del Euromaidán.
Y lo hizo para que Ucrania pudiera ingresar cuanto antes tanto en la Unión Europea como en la Alianza Atlántica, que cada día que pasa parecen por cierto la misma cosa.
La guerra de Ucrania es ciertamente un problema que afecta muy directamente a Europa, mucho más que a Estados Unidos, como parece reconocer el propio Donald Trump.
Por más que lo disfrace de preocupación humanitaria, a éste sólo le interesa el negocio que pueda hacer en el futuro con Rusia desde el Ártico hasta la parte ocupada de Ucrania, la más rica en minerales y tierra raras y al mismo tiempo la más industrializada.
Ocurre, sin embargo, que al presidente ucraniano le pasa como al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y es que tiene interés también personal en que continúe la guerra.
En caso contrario no sólo perderá el cargo sino que, a menos de exiliarse con sus millones en Estados Unidos o donde sea, puede ser objeto de venganza por parte de las fuerzas más ultras del propio país.
Y para complicar cualquier salida al conflicto, la OTAN tampoco parece estar dispuesta a reconocer su propia derrota. Es demasiado el prestigio invertido en esa aventura.
Pero ¿qué quieren los gobiernos europeos, que no sus ciudadanos, de los que los primeros parecen cada vez estar más alejados?
¿Piensan acaso que Rusia va a aceptar algo que no sea la congelación del conflicto y el reconocimiento por Kiev y sus aliados, aunque sea sólo de facto, de la nueva realidad sobre el terreno?
En su conferencia de prensa del lunes para hablar de su plan para “limpiar” Washington Dc de delincuentes y gente sin techo, Washington habló de un posible canje de territorio entre Kiev y Moscú. Pero ¿qué significa eso?
Ucrania podría haber limitado sus pérdidas a la de península de Crimea de haber aceptado las condiciones negociadas inicialmente con el Kremlin: entre ellas su desmilitarización y la autonomía de las regiones étnica y lingüísticamente rusas.
Cegados, sin embargo, por el nuevo etnonacionalismo, decididos a borrar del país toda la herencia rusa, los ucranianos optaron por seguir los consejos de Londres y de Washington. Y ahora con razón se sienten engañados.