¿A qué huele el fascismo? - por Pedro Luis Angosto
¿A qué huele el fascismo?
Pedro Luis Angosto
NUEVA TRIBUNA
El actual movimiento fascista que recorre el mundo, está en la cacería que ciudadanos libres de toda sospecha, como los de la célebre película Furia de Fritz Lang, montaron este fin de semana en Torre Pacheco contra los inmigrantes.
Cuando las clases más preparadas de un país, de un continente, de un planeta guardan silencio, cuando además de callar participan de la cultura del odio con su mirada perdida, con su mantel bien puesto, con su horizonte libre de sospecha, el fascismo comienza a colarse por las rendijas que antes estaban cerradas. No podemos pensar que el actual movimiento fascista que recorre el mundo desde Estados Unidos a Holanda surge únicamente del descontento de los proletarios que dejaron de serlo y no saben lo que son, también, y muy especialmente, de esa pequeña burguesía que abrazó en tiempos soluciones democráticas y beneficiosas para la mayoría de la población pero que hoy temerosa de fantasmas inexistentes se ha refugiado en la covacha del egoísmo esperando que escampe sin sufrir un solo rasguño; está en la cacería que ciudadanos libres de toda sospecha, como los de la célebre película Furia de Fritz Lang, montaron este fin de semana en Torre Pacheco contra los inmigrantes, si esos que cultivan la tierra, recogen las cosechas y cuidan a los viejos que nosotros no queremos cuidar, está en los comentarios de su alcalde al relacionar delincuencia y emigración, está en una sociedad que sería incapaz de subsistir sin la mano de obra que viene de fuera y carga sobre sus lomos con los trabajos más penosos, desagradables y, al mismo tiempo, necesarios.
El fascismo no perdona, arrasa con todo lo que encuentra a su paso y sus huellas tardan décadas en desaparecer
Dicen algunos analistas que no es fascismo lo que ahora recorre y amenaza al mundo desde Estados Unidos a Holanda, que son formas de desafección democrática que tienen su origen en una globalización mal conducida y en la quiebra de los medios de socialización del pasado. Parece como si el fascismo tuviese que presentarse de nuevo con los vestidos de los años veinte, cuando comenzaron a eclosionar los huevos de las serpientes sembrados por toda Europa. No es necesario ver a camisas pardas o negras desfilar por las principales avenidas, ni siquiera golpes de estado al antiguo estilo, hoy tenemos internet, tenemos al dinero moviéndose a la velocidad de la luz y tenemos la indiferencia de millones de ciudadanos decepcionados de una democracia que creen les ha dejado fuera cuando son ellos mismos quienes con su actitud han renunciado a la categoría de ciudadanos para abrazar, con orgullo, la de súbditos.
El fascismo hiede y está en la barra del bar que dejó de existir, en la grada del fútbol, en los comentarios de la pescadería, en la actitud de quienes prefieren navegar en la ignorancia aconsejada por el predicador de turno que sale en cualquier red social, pero también está en un sistema económico que ha dejado de respetar los elementos más sagrados de la vida como el derecho a tener una vivienda, sí una casa, no un palacio, cincuenta metros cuadrados, un sofá, una cocina, un retrete, una cama y un par de ventanas al exterior, un lujo tan extraordinario que se ha convertido en uno de los bienes más codiciados para la especulación, dando preferencia al visitante, al turista, al ocasional que a quien busca hacer su vida y comenzar a intentar hacer realidad sus sueños. El fascismo hiede, apesta, espanta cuando desde la capital de imperio un hombre sin ninguna preparación rodeado de otros que ignoran el significado de la palabra ética, se disponen a que a todos los países de Europa le regalen el 5% de su PIB a cambio de nada, es decir, quieren hacer lo mismo que hizo ETA en España durante más de treinta años: Imponer un impuesto revolucionario para financiar sus demencias, sus disparates, su odio inconmensurable.
Quieren hacer lo mismo que hizo ETA en España durante más de treinta años: Imponer un impuesto revolucionario para financiar sus demencias
El capitalismo nunca quiso la democracia, le fue arrancada a golpe de huelga, de asamblea, de movimiento revolucionario, progresivamente, mientras él puso de la historia siguió vivo, pero suyo nunca fue el sufragio universal, ni las vacaciones pagadas, ni el mes de vacaciones, ni las bajas por enfermedad, ni los impuestos progresivos. Lo suyo fue la explotación, la ley del más fuerte, del más poderoso, del más canalla, de aquel que carece de escrúpulos y es capaz de comerse cinco bocadillos para que sus cuatro compañeros pasen hambre, sin el menor remordimiento, sin el más mínimo reconcomio. Cuando los movimientos organizados por los ciudadanos para defenderse del capitalismo menguan, se diluyen, aminoran su presencia y su poder social, el capitalismo no tiene razón alguna para mantener un sistema que le fue impuesto, arrebatado en las luchas sociales de siglos anteriores. El camino está despejado, no hay amenaza, podemos ganar cien donde ahora sólo ganamos diez, es la hora de llamar al fascismo, y el fascismo es el jardinero fiel, siempre obediente, siempre disciplinado, dispuesto a llevar las cosas a las últimas consecuencias, a que corra la sangre hasta donde tenga que correr, siguiendo las huecos que le ha ido cediendo la democracia del apaciguamiento, la que habla de rearme bélico contra un enemigo que no existe, la que pretende que gastemos más en cañones que escuelas y hospitales, la que nos dice a la cara con la mayor de las sonrisas ¡qué cojones os habíais creído!
El fascismo está aquí, delante de nuestros ojos, nos aturde con series cada vez más insoportables, con concursos y prédicas de miserables, con discursos para niños que cautivan a jóvenes y mayores. Pero el fascismo no perdona, arrasa con todo lo que encuentra a su paso y sus huellas tardan décadas en desaparecer. Erradicarlo con la ley en la mano, pero con toda dureza, sin ningún tipo de renuncia, debiera ser obligación primera de las democracias europeas, marcando además el límite a Estados Unidos, de donde parte hoy, como antes lo fue de Alemania, la mayor amenaza a la paz y la libertad del mundo.
Gracias a Pedro Luis Angosto y NUEVA TRIBUNA y a la colaboración de Antonio Aguado