Trump y Putin: ¡Qué tiempos éstos en los que hablar con el otro parece un crimen! - por Joaquín Rábago
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Trump y Putin: ¡Qué tiempos éstos en los que hablar con el otro parece un crimen!
Joaquín Rábago
Sí, ¡qué tiempos estos en los que hablar con el otro parece ya una traición, un crimen!
Lo han hecho este fin de semana Donald Trump y Vladimir Putin en Alaska, el territorio, hoy parte de EEUU, que el zar ruso Alejandro II vendió en 1867 a ese país.
Hablaron durante aproximadamente tres horas y fue, según las escuetas declaraciones del presidente ruso una “reunión productiva”, en la que, según Trump, se “hicieron progresos”.
En los próximos días sabremos algo más de lo tratado gracias seguramente a los medios norteamericanos.
Lo importante de momento es que Trump no haya tenido ningún escrúpulo en conversar con su homólogo ruso, a quien el otro día alguien volvió a calificar de “criminal de guerra”.
¿Es que no lo fueron acaso a fortiori muchos presidentes de EEUU, como el mayor de ellos: el hombre que ordenó arrojar sendas bombas atómicas sobre dos ciudades japonesas cuando este país había prácticamente ya perdido la guerra?
¿No lo fue tampoco George W. Bush al atacar Irak para derribar a su “régimen” con un falso pretexto? ¿O el premio Nobel de la Paz Barack Obama, que ordenó más de 560 ataques con drones contra Pakistán, Somalia y el Yemen y en los que murieron cerca de 4.000 personas, muchas de ellas, civiles?
¿Tuvo, sin embargo, alguien reparo en la autoproclamada Europa de los derechos humanos no ya sólo en hablar con ellos, sino en recibirlos en nuestros países con todos los honores?
Donald Trump, el político más errático de la historia de EEUU, ha decidido romper el hielo creado en torno al Kremlin por su antecesor, Joe Biden, y los neocons que le rodeaban y que, hay que decirlo, siguen activos en Washington.
Intentaron a su vez impedirlo hasta el último momento los dirigentes europeos, que, dándose una importancia que a ojos de Washington no tienen, pusieron a Trump “líneas rojas”.
Sin escuchar a sus pueblos, cansados de las repercusiones económicas que tiene para todos los ciudadanos la guerra de Ucrania, nuestros gobernantes hacen todo lo posible por que el conflicto militar y las sanciones a Rusia y a sus socios comerciales continúen. Así, ¿hasta cuándo?
Los medios califican de “maximalistas” las posiciones del Kremlin, pero ¿no se muestra también inflexible el país que, engañado por Occidente, creyó un día poder derrotar a Rusia y que semana que pasa pierde para más hombres y más territorio y parece incapaz de reconocerlo?
Se habla siempre de que no se puede dividir a Ucrania porque no lo permite su Constitución, pero las constituciones también se modifican, como demostró el nuevo Gobierno de Kiev tras la llamada “revolución del Euromaidán” contra un presidente que, elegido democráticamente, no gustaba a Washington.
Se habla de lo que quieren los ucranianos como si se tratara de una nación étnica, cultural y religiosamente homogénea.
Yo volvería a preguntar a los habitantes de las regiones rusófonas si quieren volver a vivir en un país que ha decidido eliminar oficialmente la lengua, la cultura y la Iglesia ortodoxa rusas. ¿Son ésos acaso los valores europeos?
¿No fue ésa, junto a la invitación a entrar en la OTAN y convertirse en una posible amenaza militar para Rusia, una de las causas de la invasión ilegal?
El daño está ya hecho, y sólo mediante el diálogo podrá encontrarse una solución como la hubo en su día para el Sarre, antes francés y más tarde incorporado a Alemania, o para el Tirol del Sur, que perteneció al imperio austrohúngaro antes de convertirse en provincia autónoma de Italia.
Mas para ello también los europeos tendrán que hablar. Y cuanto antes lo hagan, mejor para todos, sobre todo para los ucranianos.