Buscar
lunes, 22 de julio de 2024 10:25h.

Un horizonte frente al colapso - por Yeray Hernández

 

FR YH

Anteriores recientes de Yeray en La casa de mi tía

 

Un horizonte frente al colapso - por Yeray Hernández *

‘Escribo mucho más sobre los problemas de nuestra sociedad que sobre las soluciones. Lo hago porque estamos tan lejos de poder aplicar soluciones reales que la mayoría de la gente ni siquiera sabe que los problemas existen’,

Caitlin Johnstone [1].

Captura de pantalla 2024-07-08 074346

Tenemos la tendencia a pensar que el colapso de la civilización es algo similar a lo que pudimos ver en la serie francesa El Colapso [2], donde se nos planteaba un escenario en el que, de un día para otro, las sociedades dejaban de tener combustible, existencias, servicios básicos, y las élites se iban a una isla blindada mientras las clases subalternas morían o vivían en la miseria. Nada más lejos de la realidad (espero). Los estudiosos del colapso afirman que, muy al contrario, el colapso es un proceso en el que, además, pueden existir diferentes niveles [3]. Como dice Joseph Tainter, autor del libro El Colapso de las Sociedades Complejas, las sociedades empiezan a colapsar cuando éstas pierden complejidad, concretamente su estructura y organización [4]. Según Tainter, las sociedades en expansión ganan complejidad pagando un alto precio en términos de energía consumida; hoy lo hacemos, fundamentalmente, con combustibles fósiles. Como ejemplo de complejidad podemos tomar el modelo económico de Canarias, que se basa en el turismo de masas como fuente de obtención de las rentas (consumiendo combustibles fósiles para traer turistas a las Islas) que necesitamos para pagar las importaciones de alimentos, ropa, materiales, etc. (consumiendo más combustibles fósiles).

JOSEPH TAINTER
JOSEPH TAINTER
Captura de pantalla 2024-07-08 074354

Hemos creado, por tanto, sociedades muy complejas gracias a unos combustibles fósiles abundantes que tienen una densidad energética inigualables (un litro de petróleo equivale al trabajo físico humano de unas 83 horas [6]). Pero esta abundancia comienza a no ser tal. En 1940, el petróleo estadounidense tenía una Tasa de Retorno Energético (TRE), es decir, la energía que se obtiene por unidad de energía invertida, de 100:1 [3, 5]. Esto es, por cada barril de petróleo invertido se obtenían 100 barriles adicionales. En 1990 esa TRE había caído a 35:1, y hoy en día está entre 11:1 y 15:1, siendo esta tendencia decreciente irreversible [5]. Del mismo modo, también en Estados Unidos, la TRE de las arenas bituminosas está entre 2:1 y 4:1 y la de los agrocarburantes entre 1:1 y 1,6:1 (10:1 en el caso del etanol fabricado a partir de caña de azúcar) [3].

En lo que respecta a la TRE de las energías renovables (llamadas a ser la salvación energética de la ideología del crecimiento infinito), la energía solar en Estados Unidos ofrecería 1,6:1, mientras que la energía fotovoltaica en España alrededor de 2,5:1. Los aerogeneradores, aunque a priori consiguen una TRE de unos 18:1, cuando se incluyen en el análisis su intermitencia y necesidad de almacenamiento o sistemas de apoyo, la TRE cae a 3,8:1. La hidroelectricidad es la única fuente renovable que ofrecería un rendimiento alto, entre 35:1 y 49:1, aunque con grandes niveles de saturación (muchos de los espacios disponibles ya han sido ocupados) e impactos ambientales destacables [3]. Además, como indica Antonio Turiel, ‘nadie ha conseguido montar un aerogenerador o un panel fotovoltaico sin que, en el proceso de extracción de materiales, fabricación de componentes, transporte, instalación o mantenimiento haya acabado interviniendo energía fósil’ [7]. Y por si fuera poco, Alicia Valero nos recuerda que ‘con las reservas actuales, es decir, con los yacimientos en marcha hoy, no se pueden sustituir los combustibles fósiles por renovables a escala planetaria’ [7]. Es por este motivo por el que Joseph Tainter no cree ‘que la energía renovable vaya a ser una especie de panacea o el paraíso humano definitivo’, entre otras cosas porque ‘lleva entre 40 y 60 años acometer una gran transición energética’ [5]. 

Si tenemos en cuenta que para sostener la actual civilización es necesaria una TRE mínima de entre 12:1 y 13:1 [3], no es difícil prever que vamos a tener un problema grave en un periodo relativamente corto de tiempo y, desafortunadamente, la innovación no nos va a salvar como mucha gente cree. Creer en ello es, eso, un acto de fe [8].

Captura de pantalla 2024-07-08 074411

Aparte de la dimensión energética del colapso, Jared Diamond, en su libro Colapso, afirma que las sociedades pueden colapsar por cuatro motivos: (1) porque no consiguen prever el problema antes de que se produzca, (2) porque no perciben el problema cuando se está produciendo, (3) porque “decide” no resolver el problema, aunque sepan de su existencia y (4) porque cuando quieren actuar ya es demasiado tarde. Parece bastante claro que la sociedad actual se encuentra en el tipo 3, es decir, estamos mirando para otro lado respecto de los problemas ambientales, el descenso energético, la crisis social, etc. Miramos para otro lado porque resolver esos problemas implicaría entrar en conflicto con la ideología del crecimiento infinito, la ideología de la infinita disponibilidad de productos energéticos de alta densidad y alta TRE, y la ideología de que el queroseno que trae turistas a Canarias estará ahí para siempre. Por estos motivos, ‘digan lo que digan los optimistas, la época en la que vivimos está claramente marcada por el espectro de un colapso’ [3].

Captura de pantalla 2024-07-08 074423

Por ello, Jorge Riechmann propone comenzar a pensar en cómo vamos a ‘colapsar mejor’, en pilotar el aterrizaje [9], porque, como afirma Fernando Valladares, es posible que ya estemos colapsando [10]. Sin embargo, Federico Aguilera Klink nos recuerda que, sin caer en autoengaños, hay que mantener la esperanza [11]. Este es el principal objetivo de este artículo, plantear un horizonte frente, al que parece, un colapso inevitable. Para ello, mis reflexiones se sustentan en dos trabajos muy interesantes elaborados por Rebecca Solnit, en Un paraíso en el infierno, y Cal Flyn en Islas del abandono. Por un lado, Solnit estudió cuál es el comportamiento de las élites y de las clases subalternas ante casos de desastres de diferente tipo y, por otro lado, Flyn estudió cómo se comporta la naturaleza cuando, por los motivos que sean, el ser humano (que también es naturaleza, dicho sea de paso) desaparece del entorno como consecuencia de la guerra, de la enfermedad, del declive económico u otras catástrofes.

Dos son las conclusiones a las que llega Solnit en su análisis. La primera es que, en el caso de desastres, las élites tratan de sacar provecho a toda costa: ‘Es habitual que, en las crisis, los poderosos intenten acumular más poder (…) y los ricos acumular más riqueza’. Y la segunda es que las clases subalternas, ante los mismos escenarios, se organizan en comunidades de apoyo mutuo para resolver los problemas y salir adelante: ‘Miles de personas sobrevivieron al huracán Katrina en la costa del Golfo gracias a que nietos o tías o vecinos o completos desconocidos estuvieron dispuestos a ayudar a quienes estaban en apuros, y a que un ejército de personas con embarcaciones llegó desde todas las comunidades próximas a Nueva Orleans (…) para rescatar a la gente atrapada en casa tras las inundaciones’. Mientras, ‘cientos de hombres y mujeres murieron en los días posteriores al huracán porque otros –policía, patrullas urbanas, altos funcionarios del Gobierno y medios de comunicación incluidos– decidieron que los habitantes de Nueva Orleans eran peligrosos (…) negándose a sacarlos incluso de los hospitales’. De esta forma, continúa Solnit, ‘cuando se produce una catástrofe, la proximidad de la muerte genera nueva vida, una vida más urgente, menos preocupada por las pequeñas cosas y más comprometida con las grandes, implicada, por ejemplo, en la organización social y la contribución al bien común’. Queda claro que, en situaciones de desastres, las clases subalternas gestionan mejor que las élites.

Captura de pantalla 2024-07-08 074445

Quizás, este saber hacer de las clases subalternas ante contextos de desastres, pueda hacernos ver con claridad (como ocurrió durante la pandemia de COVID-19) que, si dejamos a la naturaleza respirar, ésta tiene una capacidad inmensa de recuperarse del saqueo a la que está siendo sometida por el sistema que padecemos. Así lo demuestra Flyn en su libro [12]. Uno de los ejemplos quizás más llamativos de los casos estudiados por Flyn, sea lo ocurrido en Chernóbil después de que el accidente nuclear hiciera imposible la vida humana en la zona de exclusión. ‘Lo cierto es que en la zona abunda la vida salvaje (…). Volvieron a aparecer animales como el lince, el jabalí, el ciervo, el alce, el castor, el búho real, etc. –muchas de estas especies eran poco comunes y su población cada vez menor en el resto de la Unión Soviética, pero hallaron refugio en el bosque y en las tierras de cultivo que conforman el grueso de la zona de exclusión–. Pasados diez años, todas las especies animales como mínimo habían duplicado su número en la zona. En 2010, la cifra de lobos se había multiplicado por siete. En 2014, por primera vez en un siglo se divisaron osos pardos en Chernóbil’. Es decir, la naturaleza tiene una capacidad extraordinaria de autoregenerarse cuando dejamos de saquearla.

Es posible que, ante lo que parece un colapso inevitable de la actual civilización crecentista, puede que surja la oportunidad, pero sólo en ese momento, de que comencemos a pensar de manera diferente. Pero mucho me temo que esa forma diferente de pensar sólo podrá surgir cuando el colapso sea muy evidente; probablemente tenga que ocurrir algo más grave que la pandemia de COVID-19. Quizás ahí, en ese momento límite, como dice Solnit, ‘igual que muchas máquinas se reinician a sí mismas tras una caída de corriente, los seres humanos nos [reiniciaremos] (…) para volver a un estado altruista, comunitario, imaginativo y lleno de recursos, que regresamos a algo que, en realidad, siempre supimos hacer’ [13]. Por ello, quizás ‘el colapso no [sea] el final, sino el principio de nuestro futuro’ [3].

Agradecimientos

Agradezco los comentarios constructivos a este artículo por parte de José Manuel Vázquez, Consultor en Transición Ecosocial.

Referencias

[1] 

C. Johnstone, “Our Propagandized Society Is Like A Sick Man Who Doesn’tKnow He’s Sick,” Caitlin Johnstone, 20 June 2024. 

[2] 

J. Bernard, G. Desjardins y B. Ughetto, Dirección, El colapso. [Película]. Francia: rtve play, 2019. 

[3] 

P. Servigne y R. Stevens, Colapsología, Barcelona: Arpa, 2020. 

[4] 

N. Hagens, «La Gran Simplificación: Hagens & Tainter, 1ª parte,» 15/15\15, 14 Enero 2023. 

[5] 

N. Hagens, «La Gran Simplificación: Hagens & Tainter, 2ª y última parte,» 15/15\15, 2023 Abril 2023. 

[6] 

A. Turiel, Petrocalipsis: Crisis energética global y cómo (no) la vamos a solucionar, Madrid: Alfabeto, 2020. 

[7] 

C. Álvarez, «El discurso del colapso divide a los ambientalistas,» El País, 9 Agosto 2022. 

[8] 

J. Diamond, Colapso: Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen, Barcelona: Debate, 2006. 

[9] 

S. Picazo, «Jorge Riechmann: "Lo ecológicamente necesario es hoy políticamente imposible",» Crític, 4 Marzo 2020. 

[10] 

A. Cerrillo, «Entrevista a Fernando Valladares: "Evitar un colapso más profundo es una oportunidad de prosperidad para todos",» La Vanguardia, 16 10 2023. 

[11] 

F. Aguilera Klink, «Sobre el colapsismo, el pesimismo, la esperanza y las mentiras,» La casa de mi tía, 21 Junio 2023. 

[12] 

C. Flyn, Islas del abandono: La vida en los paisajes posthumanos, Madrid: Capitán Swing, 2022. 

[13] 

R. Solnit, Un paraíso en el infierno: Las extraordinarias comunidades que surgen en el desastre, Madrid: Capitán Swing, 2020. 

* Gracias a Yeray Hernández

YERAY HERNÁNDEZ
YERAY HERNÁNDEZ

 

Yeray Hernández es Doctor en Economía, especializado en Economía Ecológica. Fue investigador científico del Centro Común de Investigación de la Comisión Europea entre 2014 y 2020. Desde entonces investiga en la Universidad de La Laguna.

 

 

 

mancheta j 24