¿Cómo explicar el suicidio de Europa? - por Joaquín Rábago
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¿Cómo explicar el suicidio de Europa?
Joaquín Rábago
Resulta difícil explicar lo que el demógrafo y sociólogo francés Emmanuel Todd, entre otros, califica de “suicidio de Europa” en respuesta a la invasión rusa de Ucrania.
¿Cómo entender el pánico que parecen haber provocado desde el primer momento los intentos del presidente Donald Trump de poner fin a esa guerra o los esfuerzos de sabotearlos por parte de los europeos?
Desde el punto de vista de los intereses generales de los europeos, y no el exclusivo de sus elites políticas, nada sería mejor que un rápido final de ese sangriento conflicto.
Una guerra, que además de la destrucción parcial de un país, su despoblación y el sacrificio de al menos una generación de ucranianos, ha tenido consecuencias desastrosas para la economía europea, muy debilitada por las sanciones contra Rusia.
Desde un punto de vista estrictamente económico, Europa sólo podría ganar con un alto el fuego definitivo que no el provisional que buscan algunos con el nada disimulado objetivo de reanudar a la primera ocasión el conflicto en condiciones más favorables.
Si se hace abstracción de la propaganda con que se bombardea a los ciudadanos según la cual sólo con más guerra se logrará la paz, no puede caber duda de que todos los europeos, e incluyo entre ellos a los ucranianos, se beneficiarían de una paz definitiva.
De la normalización, esto es, de las relaciones diplomáticas y económicas con Rusia, un país que posee en abundancia los recursos naturales y energéticos que tanto necesita Europa.
Sin embargo, la situación es actualmente muy otra e indica una militarización de Europa en distintas esferas -política, económica, social y científica- que se verán subordinadas todas ellas al proclamado objetivo de la seguridad del continente.
Pero, como dice el periodista y escritor anglo italiano Thomas Fazi, encontrarse en un estado potencial de guerra con la mayor potencia nuclear del mundo no es precisamente tranquilizador.
Debería ser pues interés primordial de los europeos abrir una vía diplomática con Moscú como ha hecho últimamente desde Washington el propio Trump.
Y con independencia de la repugnancia que pueda producirnos por otras razones, entre ellas su descabellada política arancelaria, el republicano, los europeos deberíamos acoger positivamente su intento de resolver algo tan difícil como el conflicto ucraniano.
Pero ocurre justamente lo contrario, a juzgar por la reacción de la inmensa mayoría de los gobiernos europeos y de la propia Comisión de Ursula von der Leyen.
Nuestros dirigentes parecen interesados no en el fin del conflicto sino, por el contrario, en una escalada del mismo con el argumento de que allí se están defendiendo los valores europeos. ¿Qué hay mientras tanto de Gaza?
El hecho de que la Ucrania de Zelenski haya prohibido los partidos y todos los medios críticos, cerrado las iglesias ortodoxas dependientes del patriarcado de Moscú y haya declarado la guerra a la lengua y la cultura rusas no parece importar demasiado en Bruselas.
La única propuesta europea es el envío de más armas a Ucrania, incluidos los misiles Taurus, algo a lo que parece prestarse el próximo canciller federal alemán, Friedrich Merz, así como el de “tropas de paz” de la OTAN para vigilar un eventual alto el fuego. Y ello pese a que se trata de líneas rojas para el Kremlin.
En ningún caso podrán con esas propuestas darle la vuelta al conflicto los europeos, y lo único que provocarán será prolongar el conflicto y una peligro carrera de armamentos.
Las elites europeas dicen que está en juego no sólo la supervivencia de Ucrania como país sino también el propio futuro del continente, amenazado por una Rusia que lleva a cabo una guerra híbrida con desinformación en las redes e interferencias en los procesos electorales.
Los gobiernos europeos han invertido tanto en el relato de la supuesta debilidad de una Rusia a la que paradójicamente acusan al mismo tiempo de amenazar a toda Europa, que son ya incapaces de admitir sus propias equivocaciones.
Y ello a pesar de que el propio presidente Trump ha reconocido que la invasión de Ucrania fue sólo la respuesta a la provocación que supuso para el Kremlin la invitación al ingreso en la OTAN de ese país histórica y culturalmente tan vinculado a Rusia.
No importa: el complejo militar industrial, y no sólo el norteamericano, sino también el europeo están de enhorabuena.
No hay más que ver cómo se han disparado las acciones de las empresas de armamento después de que la Comisión Europea anunciara que se invertirían 800.000 millones de euros en la militarización del continente.
Lo cual supondrá un trasvase de la riqueza hacia ese sector en detrimento del gasto público en pensiones, sanidad, educación y otras prestaciones de un Estado de bienestar cada vez más precarizado en todas partes.
Sin olvidar el papel de los mayores fondos de inversión del mundo – Black Rock, Vanguard y State Street- que tienen un interés especial tanto en la militarización de Europa como en la futura reconstrucción de Ucrania.