El error suicida de Europa - por Joaquín Rábago
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El error suicida de Europa
Joaquín Rábago
El error suicida de Europa, y por Europa entiendo sólo sus líderes, es haber confiado siempre acríticamente en su país protector, Estados Unidos.
Me referiré tan sólo a dos decisiones que afectan profundamente al continente. La primera es el apoyo incondicional a un país que, antes de la invasión rusa, los propios medios estadounidenses describían como corrupto y con elementos neonazis en el poder.
Parece que ya se ha olvidado que destacados diplomáticos y profundos conocedores de Rusia advirtieron en su día de que el empeño de Washington en meter a Ucrania en la OTAN como ariete frente a Rusia era una decisión equivocada.
Lo pensaba desde el que había sido embajador de EEUU en Moscú antes de ser nombrado director de la CIA, William Burns, hasta la canciller federal alemana, Angela Merkel, o el presidente francés, Jacques Chirac.
Chirac avisó de que la rápida expansión de la OTAN a países que habían sido del Pacto de Varsovia, y no sólo la ex soviéticas Ucrania o Georgia, distorsionarían su proyecto inicial de “garantizar la seguridad colectiva”.
Aquellas advertencias no sirvieron de nada. Se produjo el golpe del Euromaidán contra el presidente Viktor Yanukóvich, que no quería romper los lazos con Rusia como le exigía la UE.
Como reacción, Rusia se anexionó Crimea, península de mayoría étnicamente rusa, a lo que siguió una sangrienta guerra civil entre los partidarios del nuevo Gobierno pro occidental de Kiev y los separatistas prorrusos del Donbás.
Tras ocho años de ese conflicto entre ucranianos, que causó más de 14.000 muertes, Rusia invadió Ucrania en apoyo de los separatistas y en un intento de provocar en Kiev un cambio de gobierno que revirtiese a la situación anterior al Euromaidán.
Y la OTAN, que había estado mientras preparando militarmente a las fuerzas de Kiev, decidió llegado el momento de hacer la guerra por procuración a Rusia, cumpliendo un viejo proyecto estadounidense de debilitar a un país que consideraba rival.
Proyecto estratégico que pasaba además por acabar con la dependencia europea del gas natural barato ruso mediante la voladura, todavía no aclarada, de los gasoductos del Báltico.
La renuncia europea a la energía rusa para evitar que Moscú siguiese financiando la guerra de Ucrania representó un golpe muy duro a la competitividad exportadora de la industria alemana, que tienen que pagar desde entonces mucho más por el gas natural licuado procedente de Estados Unidos, lo que ha creado además una nueva dependencia aunque de otro signo.
La segunda decisión de los europeos cuyas consecuencias podrían resultar también desastrosas para el continente es la de seguir también acríticamente y sin tomado la guerra económica de los EEUU de Trump contra el régimen iraní.
Durante su primer mandato, Trump tomó la decisión de abandonar unilateralmente el acuerdo nuclear con Irán con el argumento de que había estado tan “mal negociado” que Teherán podría “conseguir armas nucleares en un plazo muy breve”.
Aquello era una clara mentira. El acuerdo, firmado por Teherán con Alemania, China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia, establecía fuertes límites y controles al programa nuclear iraní, que era, como aseguraban los iraníes, exclusivamente civil.
El problema es que el acuerdo lo había negociado la Casa Blanca del demócrata Barack Obama, a quien Trump detesta, y que Israel se ha empeñado en destruir a su archienemigo Irán para lo que necesita a Estados Unidos.
Las sanciones contra Irán adoptadas por los europeos a imitación de las de EEUU en un momento además en que Trump amenaza a Teherán con un ataque militar a gran escala sobre el que Bruselas no tiene al parecer nada que decir no podían resultar más intempestivas.
Si Trump lleva a cabo su amenaza y provoca así una guerra regional en una región rica en petróleo, las consecuencias para los europeos pueden ser también desastrosas y no sólo por cuanto afecta al crudo, sino también por las inevitables oleadas migratorias.