Una historia del conflicto entre EEUU, Israel e Irán ¿Podrán volver a fiarse alguna vez los otros de las promesas de Occidente? - por Joaquín Rábago
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Una historia del conflicto entre EEUU, Israel e Irán ¿Podrán volver a fiarse alguna vez los otros de las promesas de Occidente?
Joaquín Rábago
Llueve sobre mojado: La UE engañó a Rusia con los acuerdos de Minsk, que, según reconocieron los propios europeos, fueron sólo una treta para dar tiempo a Ucrania a armarse mejor frente a Rusia.
Y ahora, después de que Israel sabotease con un ataque no provocado a Irán las negociaciones con EEUU de Omán sobre el programa nuclear iraní, el presidente Donald Trump exige a Irán la capitulación inmediata.
¿Podrán volver a fiarse alguna vez los otros de las promesas de Occidente?
El derecho internacional jamás cuenta en el caso de Israel, como se ha visto con el genocidio de Gaza, los ataques a Siria y el Líbano y los asesinatos de políticos, militares y negociadores extranjeros.
Y hasta el jefe de un gobierno democrático, que dice respetar el orden internacional basado en reglas como el cristianodemócrata alemán Friedrich Merz parece ver bien que se decapite a un país que no le ha atacado cuando dice “hay que poner fin a ese régimen”.
Desde 2002, Irán figura en la lista de los que el presidente George W. Bush llamó “rogue states” (Estados canallas) aunque la República Islámica, como tampoco el Irak del derrocado con un falso pretexto y luego ejecutado Sadam Husein, nada tuvieron que ver con los ataques terroristas del 11 de septiembre contra EEUU.
También figura Cuba en esa lista aunque a uno le gustaría que le explicaran qué tiene que ver con el terrorismo la pequeña república caribeña, sometida a su vez a un cruel bloqueo desde hace más de seis décadas por EEUU.
La suerte, a la vez que la desgracia de la República Islámica, es que dispone de las mayores reservas de gas natural del planeta y de las cuartas reservas mundiales de petróleo.
Con una extensión de algo más de 1.6 millones de kilómetros y una población de más de 90 millones, ocupa una posición geoestratégica clave, en el estrecho de Ormuz, entre los golfos Pérsico y de Omán, por donde pasa un tercio del petróleo del mundo.
La República Islámica existe como tal desde la revolución de 1979, que acabó con el régimen aliado de Occidente y corrupto del sha de Persia, a quien Gran Bretaña y Estados Unidos habían aupado al poder en 1953.
Colocando a Reza Pahleví en el trono del Pavo Real, los anglosajones trataban de defender los intereses petroleros, amenazados por la nacionalización del sector que llevó a cabo el democrático primer ministro Mohammad Mosaddeq, derrocado ese año en un golpe de Estado orquestado por los servicios secretos de Londres y Washington.
Las políticas derrochadoras y antisociales del Sha acabaron provocando su caída sin que sus patrocinadores occidentales decidieran acudir en su auxilio. Como escribió el secretario de Estado norteamericano Cyrus Vance, “para nosotros era indiferente que se tratase de una monarquía o de una República islámica”.
El ayatolá Jomeini, regresado al país desde su exilio parisino, dio al Irán un giro fundamental que no esperaba EEUU : la nueva orientación del país iba a ser anti-occidental, contraria a la explotación de las riquezas del país por potencias extranjeras, y la forma de gobierno, un régimen fundamentalista de carácter teocrático.
En un claro intento de recuperar al aliado estratégico que había sido la Persia de Reza Pahlevi, Estados Unidos ayudó militarmente al Irak de Sadam Husein cuando lanzó una guerra contra su viejo enemigo Irán, sin conseguir empero su propósito.
A partir de 2002, EEUU presionó a Teherán para que suspendiera el programa nuclear en que se había embarcado y que, paradojas de la historia, se remontaba por cierto a los años en que Israel incluso colaboraba con la Persia del Sha.
Los iraníes siempre justificaron ese programa con el argumento de que, para el desarrollo económico del país, necesitaban exportar petróleo, que cubría entonces hasta un 40 por cierto sus necesidades, por lo que les convenía tener también el átomo como fuente alternativa de energía.
Ni Estados Unidos, ni por supuesto Israel, aceptaron esos argumentos y acusaron a Irán de querer desarrollar su industria nuclear con fines militares, y Washington amenazó a Teherán con sanciones económicas.
Bajo el Gobierno del demócrata Barack Obama se llegó, sin embargo, con la mediación de la Unión Europea a un acuerdo con Irán que sometía el programa nuclear al control de la Agencia Internacional de la Energía para garantizar su uso exclusivamente civil, acuerdo del que se descolgó Trump en 2019 durante su primer mandato.
Estados Unidos intensificó entonces sus sanciones económicas contra Teherán y amenazó también con ellas a todos los países que compraban su petróleo, entre los que estaban China, India, Japón, Corea del Sur y Turquía.
En enero de 2020, Trump dio un paso más en su estrategia de enfrentamiento con Teherán y mandó asesinar al general iraní Qasem Soleimani, mano derecha del líder supremo del país, mientras se encontraba en Bagdad.
Nada de eso impidió al Irán chií aumentar su influencia en la región del Golfo, aprovechando las desastrosas intervenciones de EEUU, entre ellas su invasión de Irak para deshacerse de su viejo aliado, Sadam Husein, que apartó del poder a los sunitas.
En Siria, las milicias pro iraníes apoyaron a su vez al presidente Bashar Al-Ásad frente a los integristas sunitas a los que ayudaban y financiaban tanto Arabia Saudí como los occidentales.
La República islámica mantiene estrechos vínculos con las principales organizaciones de la resistencia anti israelí como Hamás en Gaza, Hezbolá en el Líbano y Ansarolá (los huties) del Yemen, algo que no le perdonan Israel ni Occidente.
Con el pretexto de un programa nuclear militar nunca demostrado, se trata de acabar con un régimen que se opone a la construcción del Gran Israel y al control por Occidente de los enormes recursos energéticos de la región.
Y para ello, Israel necesita la ayuda inestimable de la superpotencia humillada por Irán cuando, en noviembre de 1979, un grupo de estudiantes leales al ayatolá Jomeini, que había liderado desde su exilio parisino la revolución contra el Sha, tomó la embajada de EEUU en Teherán.
Los estudiantes, que exigían a Washington la entrega del odiado Shah, que había viajado a EEUU para curarse de un cáncer, retuvieron en la sede diplomática como rehenes durante 444 días a cincuenta y dos ciudadanos norteamericanos. Aquella humillación supuso el fin político del demócrata Jimmy Carter.
En el actual conflicto con Teherán, Estados Unidos parece haber abusado de la confianza de los dirigentes iraníes, a los que engañó con un simulacro de negociaciones, aprovechado por Israel para atacar por sorpresa a su archienemigo.
Es un terrible precedente que hará desconfiar a otros Estados del llamado Sur global, a los que convencerá de que no tiene sentido negociar con un Occidente que incumple sus promesas cuando le interesa, por lo que lo mejor será armarse, incluso dotarse de la bomba nuclear como Corea del Norte.