Para leer a Donald Trump - por Joaquín Rábago
Para leer a Donald Trump
Joaquín Rábago
Para “leer” a Donald Trump, algunos recurren a la conocida como la “teoría del loco” del también republicano Richard Nixon, quien trataba de convencer a sus adversarios de que sería capaz de cualquier cosa, aun la más extrema, en la persecución de sus objetivos.
He utilizado la frase del título, como habrán entendido los lectores más veteranos, en alusión al famoso ensayo de los años setenta “Para leer al Pato Donald”, donde Dorfman y Mattelart veían en la competencia más cruda uno de los móviles de los personajes del universo de Walt Disney (1).
El Pato Donald ha sido también caracterizado como un personaje de temperamento irascible y egoísta, lo cual le llevaba a actuar muchas veces en las historietas con un grado de “crueldad casi cómica”.
Pero “el Donald”, como conocen algunos al actual presidente de la Casa Blanca, no es por desgracia un simple personaje de “comic”,, sino un individuo bien real, un psicópata en grado sumo en un mundo de políticos psicópatas. ¿No lo es también, por ejemplo, el francés Emmanuel Macron?
La gran diferencia es el inmenso poderío militar del país que gobierna y sobre todo la temible condición de potencia nuclear de EEUU, lo que obliga a tomar a sus dirigentes muy en serio.
Uno de los rasgos que caracterizan al republicano es su incapacidad para concentrarse más de unos minutos en cualquier cosa, lo que los psicólogos llaman en inglés “attention span” (intervalo de atención).
Lo vimos una vez más el otro día cuando en medio de la reunión con los oligarcas del sector energético para tratar el reparto del petróleo venezolano, Trump se levantó de pronto como si todo aquello le aburriese y se dirigió a la ventana para ver cómo iban los trabajos para el salón de baile que ha mandado construir junto a la Casa Blanca.
O cómo volvió a quejarse de que el comité noruego del premio Nobel no le hubiese reconocido las tropecientas guerras que ha conseguido parar, más que nadie en la historia de la humanidad, y no le hubiesen dado ese galardón que se concedió, sin embargo, a alguien que ni siquiera lo merecía- y aquí hay que darle la razón- como el demócrata Barack Obama.
Trump no nombrará cónsul a su caballo como hizo el romano Calígula, pero es capaz de cosas mucho peores como ha demostrado una y otra vez tanto dentro como fuera de su país con el más absoluto desprecio de la Constitución de Estados Unidos, de la carta de la ONU y del derecho internacional.
Como el presentador de televisión que fue muchos años antes de dedicarse a la política, Trump sabe provechar el brevísimo “intervalo de atención” de sus compatriotas para pasar rápidamente de una cosa a otra y hacer olvidar lo anterior.
Trump es sobre todo un “maestro de la distracción”, es decir que trata de desviar continuamente la atención del público hacia nuevos estímulos para hacer olvidar los fracasos anteriores, y en ello los medios, sobre todo los de EEUU, le siguen el juego
Que lo de Venezuela no funciona porque las estructuras del régimen bolivariano siguen en pie y las petroleras no ven tampoco negocio en invertir en el petróleo pesado de ese país, da igual. Se pasa inmediatamente a Groenlandia.
Y ello sin que le importe, pues posiblemente sea esa su intención y la de muchos de quienes le rodean, la destrucción de la Alianza Atlántica que resultaría inevitablemente de un ataque al territorio de un país aliado como es Dinamarca.
Hay que entender además que, como todos los matones, Trump se ceba sólo con los débiles y que de nada sirve alimentar su vanidad como han hecho una y otra vez los dirigentes europeos, a los que tan claramente desprecia.
El republicano sólo entiende el lenguaje de la fuerza, como se ha visto en la reciente guerra de aranceles de EEUU con China, en la que no tuvo más remedio que ceder. Justo lo contrario de lo que pasó con Bruselas. Hay un arma poderosa que es la economía. ¿Aprenderán alguna vez nuestros políticos?
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“Para leer al pato Donald”, de Ariel Dorfman y Armand Mattelart. Siglo XXI Editores.