A vueltas con el arma nuclear de Irán. Sobre el objetivo real del sionismo y su aliado EEUU - por Joaquín Rábago
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A vueltas con el arma nuclear de Irán. Sobre el objetivo real del sionismo y su aliado EEUU
Joaquín Rábago
Como era totalmente de esperar, el bombardeo estadounidense de las tres principales instalaciones iraníes no ha servido para contentar a los neocons que rodean a Donald Trump.
Neocons como el propio director de la CIA, John Ratcliffe o la jefa del gabinete de la Casa Blanca, Susie Wiles, que parecen actuar como agentes del Mosad israelí.
Da igual que, como dice Trump, los espectaculares bombardeos norteamericanos hayan retrasado en años la posibilidad de que Irán fabrique una bomba nuclear.
Da además igual que la construcción de la bomba esté expresamente prohibida por una fetua del líder religioso de ese país.
Como da también igual que Teherán haya insistido una y otra vez en que, a diferencia por cierto de la potencia atómica que es ya Israel, sólo quiere el desarrollo pacífico de la energía nuclear.
Irán sólo miente, dicen los sionistas, que no hacen sino mentir descaradamente ante los ojos del mundo.
Como cuando niegan que sus Fuerzas Armadas disparen a mansalva contra los palestinos que se acercan desesperados a los centros de distribución de alimentos.
El argumento ahora, el que utilizarán una y otra vez sionistas y neocons, es que Teherán se niega a permitir nuevas inspecciones de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA).
¿Debería extrañarnos cuando esa agencia no ha condenado los bombardeos de EEUU ni los asesinatos por Israel de científicos iraníes?
Y cuando los iraníes sospechan que alguien dentro de la agencia que dirige el argentino Rafael Grossi los traicionó, proporcionó a los israelíes datos que posibilitaron esos asesinatos selectivos.
No es en cualquier caso la primera vez que Estados Unidos utiliza el falso pretexto de la existencia de armas de destrucción masiva para derribar los regímenes “molestos”.
Lo hicieron en Irak para deshacerse de Sadam Husein, que había sido antes su aliado frente a Irán, pero que se había envalentonado y ya no les servía.
Lo hicieron en Libia para acabar con Gadafi pese a que el coronel había renunciado previamente al arma nuclear.
Y también en Siria, con el argumento de que su Ejército había utilizado armas químicas contra su propia población en Duma.
Pero, como se descubrió después, se había manipulado un informe de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, algo de lo que apenas se hablaría.
Y ahora, la negativa de los dirigentes iraníes a seguir colaborando con la organización a la que acusan de haberlos traicionado sólo servirá para que se redoblen los llamamientos a acabar de una vez con el régimen de los ayatolas.
Pero, a diferencia de Irak y de Siria, países que son producto en buena medida artificial de decisiones coloniales tras la Primera Guerra Mundial, Irán es un viejísimo y orgulloso imperio.
¿Funcionará allí la misma fórmula que aplicó Estados Unidos en los otros casos? Hay al menos que dudarlo.