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jueves, 04 de junio de 2026 00:14h.

Insultar, odiar y amenazar a una mujer sigue siendo gratis  - por Antonella Aliotti

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Insultar, odiar y amenazar a una mujer sigue siendo gratis 

Antonella Aliotti

Feminista Radical y Antirracista  

Defensora de la Casa Común  

Activista de DDHH y Sociales  

En estos días hemos vuelto a comprobarlo: sigue siendo fácil, impune, hasta  celebrado, odiar a una mujer. No importa desde qué ideología se haga, ni qué  discurso lo envuelva. Da igual si es desde la derecha rancia o desde el activismo  arcoíris. Si la destinataria es una mujer feminista, todo vale. 

Lo demuestra la reciente portada del diario Público, donde aparece una bandera  trans con el mensaje: “I pissin on TERF” —“Amo orinar sobre TERF”. TERF (Trans-Exclusionary Radical Feminist) es el  insulto que se utiliza para deshumanizar a las mujeres feministas que defienden  sus derechos basados en el sexo. Esa frase no es una consigna política: es una  fantasía de humillación sexual, un acto de violencia simbólica. Y sin embargo, ahí  estaba, en portada, sin crítica, sin pudor, sin conciencia. 

TERF

Imaginemos por un momento que esa frase no iba dirigida a mujeres feministas,  sino a otro colectivo. Imaginemos que dijera “I pissin on maricas”, o “sobre  gitanos”, “judíos”, “musulmanes”. ¿Habría llegado a portada? ¿Habría sido tratada  como parte legítima del debate político? Lo dudamos. Se habría denunciado  inmediatamente como lo que es: un mensaje de odio intolerable. 

Pero cuando el odio va contra mujeres feministas, todo cambia. Entonces se  relativiza, se celebra, se aplaude. Se convierte en parte del folclore activista. El  medio que lo difunde es considerado progresista. Los agresores, valientes. Las  víctimas, culpables de “exclusión” o “intolerancia”. 

¿Por qué? Porque las mujeres seguimos sin ser vistas como sujetos políticos  completos. Porque seguimos siendo el blanco preferido de todos los odios.  Porque cuando una mujer alza la voz, no como víctima, sino como sujeto de  derechos, se vuelve peligrosa. Y el castigo es el escarnio, la difamación, la  amenaza, la expulsión del espacio público. 

Hoy las feministas radicales —las que defendemos que el sexo importa, que las  mujeres tienen derecho a espacios propios, a nombrarse, a organizarse— estamos  siendo objeto de una nueva ola de odio. Se nos insulta, se nos lincha en redes, se  nos expulsa de nuestras organizaciones, se nos acosa, se nos caricaturiza, se nos 

orina simbólicamente. Y lo peor: se nos silencia. Todo con el beneplácito de una  izquierda que dice luchar por la igualdad, pero que ha abandonado a la mitad de la  población cuando se ha vuelto incómoda. 

Porque no lo olvidemos: las mujeres no somos un colectivo. No somos una  minoría. No somos un nicho identitario. Somos el 52% de la población. Sin  embargo, tenemos que suplicar por una mesa, un espacio, una palabra. Y cuando  decimos que no, que ya basta, que queremos derechos materiales, no  concesiones simbólicas, se nos llama “TERF” y se nos escupe. 

El odio contra las mujeres sigue siendo estructural, transversal y profundamente  naturalizado. Cambian los tiempos, cambian las formas, pero la misoginia se  adapta, muta, sobrevive. Y mientras tanto, se nos exige silencio, sumisión o  complicidad. 

No. No vamos a callar. No vamos a aceptar que se normalice el desprecio hacia  nosotras. No vamos a permitir que bajo el disfraz de lo “progresista” se difunda la  misma violencia de siempre. Porque este odio, aunque venga con purpurina, sigue  matando. 

 

ANTONELLA ALIOTTI
ANTONELLA ALIOTTI
mancheta en 2025