Insultar, odiar y amenazar a una mujer sigue siendo gratis - por Antonella Aliotti
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Insultar, odiar y amenazar a una mujer sigue siendo gratis
Antonella Aliotti
Feminista Radical y Antirracista
Defensora de la Casa Común
Activista de DDHH y Sociales
En estos días hemos vuelto a comprobarlo: sigue siendo fácil, impune, hasta celebrado, odiar a una mujer. No importa desde qué ideología se haga, ni qué discurso lo envuelva. Da igual si es desde la derecha rancia o desde el activismo arcoíris. Si la destinataria es una mujer feminista, todo vale.
Lo demuestra la reciente portada del diario Público, donde aparece una bandera trans con el mensaje: “I pissin on TERF” —“Amo orinar sobre TERF”. TERF (Trans-Exclusionary Radical Feminist) es el insulto que se utiliza para deshumanizar a las mujeres feministas que defienden sus derechos basados en el sexo. Esa frase no es una consigna política: es una fantasía de humillación sexual, un acto de violencia simbólica. Y sin embargo, ahí estaba, en portada, sin crítica, sin pudor, sin conciencia.
Imaginemos por un momento que esa frase no iba dirigida a mujeres feministas, sino a otro colectivo. Imaginemos que dijera “I pissin on maricas”, o “sobre gitanos”, “judíos”, “musulmanes”. ¿Habría llegado a portada? ¿Habría sido tratada como parte legítima del debate político? Lo dudamos. Se habría denunciado inmediatamente como lo que es: un mensaje de odio intolerable.
Pero cuando el odio va contra mujeres feministas, todo cambia. Entonces se relativiza, se celebra, se aplaude. Se convierte en parte del folclore activista. El medio que lo difunde es considerado progresista. Los agresores, valientes. Las víctimas, culpables de “exclusión” o “intolerancia”.
¿Por qué? Porque las mujeres seguimos sin ser vistas como sujetos políticos completos. Porque seguimos siendo el blanco preferido de todos los odios. Porque cuando una mujer alza la voz, no como víctima, sino como sujeto de derechos, se vuelve peligrosa. Y el castigo es el escarnio, la difamación, la amenaza, la expulsión del espacio público.
Hoy las feministas radicales —las que defendemos que el sexo importa, que las mujeres tienen derecho a espacios propios, a nombrarse, a organizarse— estamos siendo objeto de una nueva ola de odio. Se nos insulta, se nos lincha en redes, se nos expulsa de nuestras organizaciones, se nos acosa, se nos caricaturiza, se nos
orina simbólicamente. Y lo peor: se nos silencia. Todo con el beneplácito de una izquierda que dice luchar por la igualdad, pero que ha abandonado a la mitad de la población cuando se ha vuelto incómoda.
Porque no lo olvidemos: las mujeres no somos un colectivo. No somos una minoría. No somos un nicho identitario. Somos el 52% de la población. Sin embargo, tenemos que suplicar por una mesa, un espacio, una palabra. Y cuando decimos que no, que ya basta, que queremos derechos materiales, no concesiones simbólicas, se nos llama “TERF” y se nos escupe.
El odio contra las mujeres sigue siendo estructural, transversal y profundamente naturalizado. Cambian los tiempos, cambian las formas, pero la misoginia se adapta, muta, sobrevive. Y mientras tanto, se nos exige silencio, sumisión o complicidad.
No. No vamos a callar. No vamos a aceptar que se normalice el desprecio hacia nosotras. No vamos a permitir que bajo el disfraz de lo “progresista” se difunda la misma violencia de siempre. Porque este odio, aunque venga con purpurina, sigue matando.