
“Los proletarios revolucionarios norteamericanos están llamados a desempeñar precisamente ahora un papel de singular importancia como enemigos inconciliables del imperialismo norteamericano, el más lozano, el más fuete, el último que se ha incorporado a la matanza mundial de los pueblos organizada por el reparto de los beneficios entre los capitalistas”. –Lenin, Carta a los obreros norteamericanos.

Está feo autocitarse, pero ya en un artículo de 2013, señalaba que “inevitablemente, cuando en el proceso por la liberación nacional la burguesía catalana vea comprometidos sus intereses frente al avance de las fuerzas anticapitalistas, antepondrá sus intereses de clase, pactará con la oligarquía española y se revolverá contra su propio pueblo. Y, por eso mismo, la clase obrera y los trabajadores catalanes deben mantener autónoma la organización de su propia fuerza en todo momento” (1).
Nunca será más actual la consigna leninista de que "la revolución no se hace, sino que se organiza". Pero la propia organización no crece en el vacío, sino en el desarrollo de la lucha de clases en un marco económico e histórico concreto, y por la irrupción de fuerzas teóricas de gran calado que irrumpen "desde fuera" en el movimiento obrero y popular.
En un inicio, los jóvenes Estados burgueses y sus instituciones se convirtieron en verdaderos campos de batalla, donde las distintas fracciones de la burguesía (industrial, financiera, comercial…) pugnaban por la supremacía.

En 1975 las fuerzas democráticas del Estado español –liquidadas, hasta físicamente, por la dictadura– no habían acumulado aún fuerzas suficientes para derrotar al régimen nazi-fascista por las bravas. Muerto Franco, la oligarquía imperialista española necesitaba cambiarlo todo para que nada cambiase. Y con mano de hierro dirigió la conocida como "transición".