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15:56h. Jueves, 25 de Abril de 2019

Historia de un represaliado del franquismo – (IX) La huelga de hambre - por Ramón Armando León Rodríguez

La huelga de hambre era inevitable, se decía que los presos políticos de todas las cárceles la secundarian.

Historia de un represaliado del franquismo – (IX) La huelga de hambre - por Ramón Armando León Rodríguez

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta llegar a la huelga de hambre, el tiempo en la cárcel te parece más lento, más cansino, como si no tuviera prisa, es un tiempo distinto más gris, como si estuviera siempre nublado. Este es un sitio en el que no te importa cumplir años, quieres que pase lo más rápido posible y por eso te lleva la contraria, tu lo desafías y el te fastidia, lo mejor es dejarse llevar, hacerse amigo, no discutir con él y, un buen día, dejará de importunar. Alguien dijo: “aunque las cosas sean oscuras lo que no puede perderse es la pasión por la luz”.

La huelga de hambre era inevitable, se decía que los presos políticos de todas las cárceles la secundarian.

 

El primer día de huelga es el más significativo, es cuando se pone en marcha todas las medidas represivas y esto origina un gran cambio en los comportamientos de los funcionarios, pierden la poca amabilidad que les caracteriza, aunque dentro de estos guardianes de hombres, había alguna excepción. Esta irregularidad la aprovechamos para hacer algo de proselitismo a favor de nuestra causa. Sabíamos que íbamos a perder todas las pequeñas conquistas que hasta ese momento habíamos logrado, ya nada sería igual, se acabaron los paseos por el patio, las tertulias, los juegos de mesa y el almuerzo a media mañana, esta comida la echaremos de menos durante largo tiempo y soñamos a menudo con el chorizo, el queso y las morcillas que nos mandaban desde el exterior.

La situación requería temple y equilibrio y no era nada fácil conseguirlo, no todos gozamos de buena salud. Nos encerraron en celdas de aislamiento de dos en dos, a mí me alojaron con un compañero de Sevilla, era gordito de tez colorada y con mucha simpatía. Pensé, a pesar de las vicisitudes, por lo menos me ha tocado un buen compañero. Era muy ocurrente, se las había ingeniado, con el fin de aguantar el mayor tiempo posible de huelga, para introducir unas golosinas en la celda, para ello se agenció una escoba con el mango de caña y fue rompiendo los nódulos interiores hasta dejarla totalmente hueca, introdujo por el orificio trocitos de caramelos hasta llenarla del todo, la tapó con un nódulo de caña que previamente había preparado con el fin de que los funcionarios no detectarán que se había manipulado la escoba.

Cada día nos chupamos un cachito de caramelo hasta el tercer día, que fue el tiempo que duraron las existencias.

 

De los dos el primero que claudicó fui yo, probablemente porque estaba más débil y porque hay que tener en cuenta que yo ya había participado en dos huelgas de hambre en la prisión de Gran Canaria. Esto conllevó el cambio de celda, rápidamente me trasladaron con otro compañero que también había abandonado la huelga.

Este nuevo compañero, era un asturiano bastante alto y aparentemente muy fuerte y digo aparentemente, porque fue el primero que dejó la huelga, había estado trabajando en Suiza de marmolista haciendo lapidas para los cementerios, era un caso raro, porque la mayoría de los presos asturianos eran mineros, buena gente, amables y solidarios, siempre hay excepciones, este hombretón, tan singular, sería mi compañero de celda durante algún tiempo.

 

Capítulos anteriores:

Historia de un represaliado del franquismo – (I) Mi primera detención

Historia de un represaliado del franquismo – (II) Barranco Seco

Historia de un represaliado del franquismo – (III) Juicio y apelación

Historia de un represaliado del franquismo – (IV) Actividad política

Historia de un represaliado del franquismo – (V) La Caída de Sardina

Historia de un represaliado del franquismo – (VI) Consejo de Guerra sumarísimo

* En La casa de mi tía por gentileza de Ramón Armando León Rodríguez