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lunes, 22 de julio de 2024 10:25h.

Historia de un represaliado del franquismo – (VIII) Cumpliendo condena - por Ramón Armando León Rodríguez

Nos metieron en un autobús de la guardia civil rumbo a los centros penitenciarios de cumplimiento de condena, nuestros destinos eran Jaén, Palencia, Soria y Segovia, indudablemente entonces ninguno sabíamos nuestro destino, la primera parada fue la Prisión Provincial de Jaén, dónde nos quedamos seis. Era bastante antigua fue construida en tiempos de la república. 

Historia de un represaliado del franquismo – (VIII) Cumpliendo condena - por Ramón Armando León Rodríguez *

Nos metieron en un autobús de la guardia civil rumbo a los centros penitenciarios de cumplimiento de condena, nuestros destinos eran Jaén, Palencia, Soria y Segovia, indudablemente entonces ninguno sabíamos nuestro destino, la primera parada fue la Prisión Provincial de Jaén, dónde nos quedamos seis. Era bastante antigua fue construida en tiempos de la república.

Entramos por una galería  bastante ancha hacia el centro de mando, una vez allí y ante la mirada de varios presos, nos asignaron a una “brigada- dormitorio” que contaba, aproximadamente, con veinte camas. Un lugar que no me pareció desagradable, porque inmediatamente nos sentimos arropados por los demás presos políticos. El edificio era de dos plantas más sótano, los dormitorios estaban en la planta alta y las celdas de aislamiento en la baja; tenía dos patios, uno lo ocupaban los presos comunes, en su mayoría preventivos, el otro era para los presos políticos.

 

Cuando habían pasado dos o tres días, uno de los presos se dirige a nosotros y nos dice: soy un camarada del partido comunista y hemos constituido una comuna en la que van integrándose los camaradas que llegan a la prisión, en breve tendremos una asamblea para debatir la posibilidad de ir a una huelga de hambre con la intención de reclamar un estatuto de reconocimiento como presos políticos, estamos esperando por ustedes para que puedan participar y que no se queden al margen. Cuando este camarada se marchó, uno de mis compañeros nos dijo; ¡Cuidado! Puede ser un espía. Nos reímos, pero él no  cejaba en su empeño y tuvimos que someter la decisión a votación, perdió él y nos agregamos a la comuna.

Nuestra primera reunión con los demás camaradas fue sigilosa y a la defensiva, no sabíamos, no conocíamos cómo funcionaba el sistema comunitario que habían implantado los dirigentes del partido en la prisión. Pero el sistema era sencillísimo, consistía en que cada uno de los miembros aportara a la comuna el dinero, el tabaco y los paquetes de comida que se recibían desde el exterior, esto ocasionó que saliera a relucir el egoísmo, defecto innato en el ser humano, lo mío es mío. Pero afortunadamente, esta actitud, aunque se dio, era muy minoritaria.

En muy poco tiempo nos adaptamos a las normas establecidas por el partido en la prisión. En un principio, uno cree que la vida en la cárcel es pura rutina, y, aunque en muchos aspectos es cierto, no lo es tanto en otros. Nos levantábamos a la ocho de la mañana y nos acostamos a las nueve de la noche, previo recuentos de los internos. En en ese periodo de tiempo se hacen algunas tareas, para los compañeros que tenían redención por trabajo, el tiempo redimido era de un día por cada dos de trabajo. Este “privilegio” no era gratuito. El preso en cuestión tenía que demostrar un comportamiento extraordinario, nada fácil para los presos políticos que muy a menudo andábamos en trifulcas con las instituciones penitenciarias.

Un camarada me contó que a él y a su hermano un buen día, mal día para ellos, les proponen redimir un día por un día de trabajo, el asunto tenía miga, se trataba de que bajaran al sótano de madrugada provistos de estacas para matar a una colonia de ratas, aceptaron la propuesta, cogieron sendos palos, bajaron al sótano y los funcionarios cerraron la puerta de acceso. No tardaron más de cinco minutos en volver golpeando la puerta desesperadamente, venían desencajados, pálidos, asombrados y sin palos, los roedores eran tan grandes, que el miedo pudo más que el interés por la reducción de condena.

Estos organismos, pretendían de nosotros un sometimiento total, esta pretendida sumisión, no era posible, estábamos encerrados por luchar contra una dictadura y por las libertades, teníamos conciencia política y no íbamos a tirar por la borda nuestros principios, aunque, ocasionalmente, hicimos redenciones. Los que en ese momento no teníamos esa “suerte”, recibíamos clases, de historia, matemáticas filosofía, etc., por parte de camaradas que estaban mejor cualificados en estas materias. Después nos reuníamos para hablar de nuestra situación y de los pequeños problemas que surgen en toda convivencia. También nos dedicábamos a las tareas que cada uno tenía asignada, que no eran muchas, lavar la ropa y tenderla, hacer las camas y limpiar la nave dormitorio, esto lo hacíamos por turno.

Otra tarea era subir a la biblioteca para recopilar las noticias de los periódicos, esto era muy complicado porque la censura era horrorosa, la prensa llegaba a nosotros con más agujeros que el queso gruyere, al principio a mi me resultaba muy difícil, por la cantidad de recortes, sacar noticias que tuvieran interés para los compañeros que las esperaban “como agua de mayo”, pero, a pesar de la censura, siempre se colaba alguna noticia atractiva.

Otra forma de recibir información era por medio de las cartas, pero había que tener muchísimo cuidado con lo que escribías, había un funcionario, con dedicación exclusiva, que se leía todas y cada una de la cartas que salían y entraban a la prisión, tenías que hilar muy fino para que las cartas no pasarán a dormir “el sueño de los justos”. Dicho funcionario me llamó un día a su despacho a raíz de una carta que le había enviado a una amiga. Me comentó que la misiva era irrespetuosa y soez y me la devolvió, no recuerdo totalmente su contenido, pero si retengo en la memoria parte del relato, “trataba de una pareja de enamorados en tiempos de la guerra civil que buscaban los lugares más insólitos para dar rienda suelta a sus pasiones”. La mentalidad de este individuo era prehistórica o medieval y arcaica.

La censura no evitaba que tuviera correspondencia con algunas amigas, entre ellas con una vecina de mi barrio, de la que me había “enamorado platónicamente” y a pesar de que su familia se oponía radical y frontalmente a que mantuviera una relación por escrito conmigo, ella continuó enviando cartas. Tengo que decir, que las cartas que llegan a una prisión son como un rayo de luz, es tu conexión con el exterior, tan importante es una carta, que había compañeros que llegaban a enfadarse muchísimo cuando estaban unos días sin recibir una misiva. Agradecí que esta chica mantuviera contra viento y marea nuestra relación,” platónica”, por escrito.

La mayor parte del tiempo lo pasábamos en el patio de la prisión, paseando, comentando el libro que habíamos leído recientemente y hablando de mil y una cosa. Un día estaba sentado en el patio contemplando, ensimismado, un castillo que se divisaba a lo lejos, la fortaleza por su arquitectura parecía de construcción árabe, en mi contemplación, imagine lo que pudo ocurrir en otros tiempos, vi las imágenes, en mi interior, de caballeros cristianos y musulmanes montados en sus corceles. En mi retraimiento no me di cuenta de que alguien me llamaba en voz alta, hasta que un compañero me tocó y me sacó de mí somnolencia, señaló para una ventana con rejas y vi tras los barrotes a una joven que me hacía señas, en un principio no daba crédito a lo que estaba ocurriendo, no me esperaba algo así dentro de la prisión, ella insistió diciéndome; acércate, acércate, me situé bajo la ventana pero la altura me impedía llegar a ella, un compañero, estudiante asturiano, se ofreció a ayudarme, me subí sobre sus hombros , pero apareció un funcionario y la chica se esfumó. La chica igual que llegó se fue, y yo me quedé con el recuerdo de aquellos bellos momentos que aún perduran en mi mente.

 

 

La comida, en este centro de reclusión, no era mala, pero un día nos pusieron de comer una especie de paella, arroz con carne, buscábamos y buscábamos la carne y por fin apareció en forma de gorgojo, había tantos insectos como granos de arroz, hicimos un plante y por supuesto, nos negamos a comer, el incidente no pasó a mayores consecuencias porque inmediatamente nos hicieron otra comida. El funcionario encargado del economato y responsable de compra de los comestibles, no le quedó otro remedio que robar menos y comprar los alimentos en mejor estado. El escamoteo continuaría, pero en menor medida.

Este antiguo edificio tenía muchos moradores, aparte de los animalitos ya descritos, había infinidad de murciélagos, los murciélagos tienen un gran parecido al ratón, en realidad parece un ratón con alas, son inofensivos pero de cerca dan asco, un compañero de Extremadura, perteneciente a un partido llamado la “Tercera República” y que, según contaba él, lo habían detenido en una zona de Cataluña cuando intentaba, con dos compañeros, dinamitar una vía férrea, era un hombre muy bromista y se dedicaba a cazar murciélagos para meterlos en las camas de los compañeros. A la hora de ir a dormir se formaba el gran escándalo, pues siempre aparecían algunos de estos animalitos en la cama de alguien y la algarabía duraba hasta que alguien mandara silencio. Esto servía como válvula de escape a la presión que se siente en situaciones, que por mucho que uno quiera, no son normales. Yo, en alguna ocasión, también me sumaba a este tipo de bromas, que no siempre era del agrado de algunos compañeros.

Capítulos anteriores:

Historia de un represaliado del franquismo – (I) Mi primera detención

Historia de un represaliado del franquismo – (II) Barranco Seco

Historia de un represaliado del franquismo – (III) Juicio y apelación

Historia de un represaliado del franquismo – (IV) Actividad política

Historia de un represaliado del franquismo – (V) La Caída de Sardina

Historia de un represaliado del franquismo – (VI) Consejo de Guerra sumarísimo

* En La casa de mi tía por gentileza de Ramón Armando León Rodríguez