El gran garrote de Donald Trump - por Joaquín Rábago
El gran garrote de Donald Trump
Joaquín Rábago
El presidente de EEUU, Donald Trump, maneja un enorme garrote con el que amenaza lo mismo a enemigos que a amigos sin que nunca les quede claro a unos y a otros a cuál de las dos categorías pertenecen.
A un dirigente europeo le echa una bronca monumental y casi le expulsa de la Casa Blanca para volver a elogiarle más tarde; de otro se queja amargamente por no parar la guerra como le había pedido, pero luego acuerda con él una cumbre en Alaska.
Desde su palacio de oro de Mar-a-lago, el siempre imprevisible --¿es acaso su fórmula secreta?- líder republicano asegura que la que llama su Flota Dorada no va contra China, “un país, explicó, con el que nos entendemos muy bien”.
Hay ciertamente acuerdo entre los dos gobiernos tras las cesiones de uno y otro en temas tan potencialmente conflictivos como los aranceles, las tierras raras o la soja.
Y sus líderes, Trump y Xi Jinping, se proponen intercambiar visitas. Nada más deseable, habría que decir, desde el punto de vista de la paz mundial.
En Oriente Medio, Trump apoya con armas y dinero a un Estado genocida mientras viola brutalmente el derecho internacional en relación tanto con Irán como con Venezuela.
La suya es la ley del más fuerte, pese a que él mismo se proclama el presidente de la paz y aspira incluso al Nobel que otorga anualmente un comité nombrado por el Parlamento noruego, que parece desbarrar últimamente, a juzgar por sus decisiones.
La nueva doctrina estratégica de EEUU, que lleva el nombre del Presidente, representa una actualización intempestiva de la vieja doctrina Monroe: a las viejas cañoneras las sustituyen portaaviones, destructores y cazas de la última generación.
La Venezuela de Nicolás Maduro es, por obra sobre todo del secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional de Trump, el “halcón” de origen cubano Marco Rubio, su mayor obsesión.
Y la persigue con la misma obstinación con la que perseguía el capitán Ahab a la ballena blanca en la extraordinaria novela de Herman Melville.
Su jefa de gabinete, Susan Wiles, otra “halcona”, afirma que EEUU seguirá hundiendo barcos venezolanos – y asesinando de paso a sus ocupantes hasta la “capitulación de Maduro”.
Trump se dice dispuesto a enviar tropas no ya sólo a Venezuela sino también a cualquier otro país del que procedan las drogas que envenenan, según él, a generaciones de jóvenes estadounidenses.
Así ya advirtió al presidente de otro país suyo actual gobierno no es de su cuerda, el colombiano Gustavo Petro, de que “tenga cuidado”.
A Caracas no le queda más remedio que pedir una sesión urgente del Consejo de Seguridad. Mientras algunos gobiernos de aquel hemisferio, como México o Brasil, denuncian ese atropello de Trump.
¿Por cierto, qué hacen frente a todo ello los siempre tan moralistas gobiernos europeos, sobre todo los de España, Portugal e Italia, tan vinculados por las históricas migraciones de sus ciudadanos a Latinoamérica?
¿Dejarán, sin apenas tímidas protestas, que Trump siga blandiendo su garrote cómo le dé la gana, confiscando buques ajenos y robando el petróleo que transportan porque supuestamente le pertenece?