Serbia no se calma - por Joaquín Rábago
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Serbia no se calma
Joaquín Rábago
Continúan las protestas multitudinarias en Serbia contra el gobernante Partido Progresista sin que éste pueda oponer algo más que la fuerza represora de su policía y de los “hooligans” encapuchados que protegen sus sedes.
Foto: Srdjan Stevanovic / Getty Images REAL INSTITUTO ELCANO
Su actual líder, el ex primer ministro Miloš Vučević, llamó a salir a la calle en distintas ciudades del país a los ciudadanos “que no quieren conflicto sino que desean por el contrario poder seguir sus vidas tranquilas”.
Pero sólo algo más de treinta mil siguieron el llamamiento pese a que el Partido Progresista Serbio cuenta con 800.000 afiliados, aproximadamente un diez por ciento de la población.
Son cada vez menos los militantes que se declaran abiertamente leales a una formación política que es sobre todo un trampolín para colocaciones en los organismos públicos.
No puede decirse, sin embargo, que no le queden aún recursos para aguantar las protestas contra la corrupción del Gobierno, al que muchos ciudadanos consideran responsable del derrumbe de la marquesina de la estación ferroviaria de Novi Sad.
En las manifestaciones participan sobre todo jóvenes en su mayoría estudiantes, pero también otros muchos serbios que se declaran hartos de la actual situación y exigen la celebración de nuevas elecciones.
Lo que parece unir a todos en cualquier caso es el rechazo al omnipresente presidente del país, Aleksandar Vučić , que es quien simboliza el poder del Partido del Progreso.
La prensa occidental le tacha de nacionalista y autócrata, pero, según los críticos internos, es más que nada un oportunista.
Producto de la política estadounidense en los Balcanes, como escribe el periodista alemán Roland Zchächner, Vučić garantiza la integración del país en Occidente por más que se profese amigo de Rusia y de China.
Vučić sabe como nadie nadar y guardar la ropa: colabora con la OTAN y con Frontex, la Agencia Europea de Guardia de Fronteras y Costas, mientras exporta armamento tanto a Israel como a Ucrania.
Y lo que es más importante, el año pasado Vučić permitió a empresas occidentales hacerse con las reservas de litio del país, metal imprescindible para las baterías de los nuevos coches eléctricos. Y desoyó a la mayoría de los ciudadanos, que se oponía a esa venta a precio casi de saldo.
La Comisión Europea ha dejado claro por qué, pese a toda su retórica sobre el Estado de derecho y la democracia, de momento parece tolerar a Vucic: le interesa el acceso . a las tierras raras que hay en suelo serbio.
Vučić ha continuado además las reformas neoliberales iniciadas por sus predecesores, incluidas las privatizaciones para atraer la inversión extranjera.
Y en política exterior trasladó la embajada serbia de Tel Aviv a Jerusalén como le pidió Washington y designó a Hezbolá como una organización terrorista. ¿Qué más queremos?