¿Cómo es posible? - por Joaquín Rábago
¿Cómo es posible?
Joaquín Rábago
Sí, ¿cómo es posible que la paz y el comercio mundiales dependan del capricho de alguien que se comporta como un tirano en su propio país y como un matón fuera de sus fronteras?
¿Cómo es posible al mismo tiempo que los dirigentes europeos acudan a besarle el anillo y pedirle que los ayude a combatir a Rusia en defensa de una Ucrania ultranacionalista que persigue a su minoría rusa y la lengua de Pushkin?
Que Rusia invadió ilegalmente Ucrania, nadie puede negarlo; pero tampoco que el “régimen” de Volodímir Zelenski atropella en su país libertades como la de expresión y reunión, que Europa dice, sin embargo, defender.
¿O es que no nos hemos aún enterado de que el Gobierno de Kiev ha prohibido todos aquellos partidos y medios de comunicación que abogaban por un entendimiento con Rusia? Y que ha hecho lo mismo con la iglesia ortodoxa rusa.
Denunciar todo eso, defender libertades que son la base de una democracia, es, sin embargo, exponerse en Occidente a la acusación de “putinófilo” por parte de quienes no admiten otras opiniones que diverjan de las directrices de Bruselas.
Si en algo hay que darle la razón al errático presidente de EEUU es en que la guerra de Ucrania nunca debió haberse producido.
Y debieron haberse encargado de evitarla precisamente los gobiernos europeos, pues amenazaba la paz en su propio continente.
Pero pudo más una rusofobia que se remonta no ya a la revolución bolchevique sino a la guerra de Crimea.
Rusofobia alimentada sobre todo por dos potencias marítimas como son Gran Bretaña y Estados Unidos, que siempre han temido el potencial de una asociación económica entre la euroasiática Rusia y el resto del continente europeo.
Alemania mientras tanto no parece haber superado su condición de satélite de Estados Unidos. La superpotencia mantiene allí todavía más de una veintena de instalaciones militares y cerca de 37.000 soldados como si la Guerra Fría no hubiese terminado.
Esta semana, los gobiernos europeos están de enhorabuena porque la cumbre de Trump con Vladimir Putin que habían acordado celebrar próximamente en Budapest no tendrá lugar, al menos de momento.
Y sobre todo porque por primera vez en su segundo mandato, el presidente de EEUU ha decidido sancionar a las dos petroleras rusas más importantes: Rosneft y Lukoil.
Esas y otras decisiones de EEUU como la de castigar con aranceles prohibitivos a los países que sigan comprando petróleo a Rusia como China o la India pueden tener cierto impacto para la población rusa en general, que verá subir los precios de la gasolina y otros productos, pero no afectará al curso de la guerra.
Trump desmintió, por otro lado, en su red social una noticia aparecida en The Wall Street Journal según la cual su Gobierno había aprobado el lanzamiento por Ucrania de misiles de largo alcance contra blancos en el interior de Rusia.
“Estados Unidos no tiene nada que ver con esos misiles, vengan de donde vengan, ni tampoco con lo que Ucrania decida hacer con ellos”, escribió Trump en relación con los Storm Shadow británicos, aunque sin mencionarlos expresamente.
El republicano da mientras tanto largas al eventual envío a Ucrania de los misiles estadounidenses Tomahawk que se han ofrecido a comprar para Kiev los europeos con el argumento de que la formación en su manejo de técnicos ucranianos tardaría entre seis meses y un año como mínimo.
Trump no quiere de ninguna manera que sean militares estadounidenses quienes operen esos misiles pues ello representaría una peligrosísima escalada, como ha advertido Moscú.
Mientras tanto, el rabiosamente rusófobo ministro de Exteriores polaco, Radoslaw Sikorski, animó al jefe de la unidad ucraniana de drones, Robert Brovdi, a destruir el oleoducto ruso Druzhba (Amistad) porque el sabotaje contra un invasor no es, según él, un crimen.
La irresponsabilidad de ciertos políticos europeos no tiene límites.